Si alguien cree que puede convivir con la minería ilegal desarr...
En recientes artículos de este portal se han explicado algunas características del modelo de sustitución de importaciones que hundió a Hispanoamérica y al Perú en el atraso, en el aumento de la pobreza y la inviabilidad en general. Entre otras, los aranceles elevados, para proteger a una industria nacional artificial orientada al mercado interno; el subsidio a las industrias en desarrollo, sobre todo con un dólar controlado; y la expansión de las empresas estatales mediante la regulación de precios y mercados en general.
Antes de aplicarse el modelo de sustitución de importaciones, América Latina tenía un ingreso per cápita que, en términos generales, duplica al de los llamados Tigres de Asia. Luego de décadas de aplicarse este modelo en la región, América Latina simplemente se empantanó en un ingreso per cápita mediano, en el subdesarrollo; mientras que Singapur, Corea del Sur y Taiwán alcanzaron el desarrollo (ingreso per cápita superior a los US$ 30,000).
¿Cuál es la explicación? En los países llamados Tigres de Asia se aplicó un modelo que combinaba la participación del Estado y los mercados con el objeto de orientar la producción a las exportaciones para, sobre esa base, industrializar al país en ese camino. En otras palabras, mercados libres, desregulación de precios y mercados, y estímulos promocionales para desarrollar una industria que compitiera en los mercados mundiales. Al lado de esa orientación general una audaz reforma de la educación e inversión sistemática en ciencia y tecnología. El resultado: el desarrollo en cuatro décadas.
¿A qué viene todo esto? El único sector de la economía nacional que emula el modelo de los Tigres de Asia es el régimen promocional del agro. En otras palabras, ciertos estímulos estatales para desarrollar una industria que compita abiertamente en los mercados mundiales. Antes de la derogatoria de la Ley de Promoción Agraria por el progresismo y las izquierdas (régimen tributario y laboral especiales) las agroexportaciones crecían a tasas superiores a la de China en su mejor momento (sobre los dos dígitos) y desarrollaban una gran productividad –que todavía no ha sido estudiada– en apenas el 5% de las tierras nacionales dedicadas a la agricultura, sobre todo las ganadas al desierto. Se invirtieron más de US$ 20,000 millones y las agroexportaciones crecieron de US$ 651 millones a cerca de US$ 15,000 millones en la actualidad, mientras el empleo formal aumentaba de 460,000 entre directos e indirectos en el 2004 a más de 1.5 millones de la actualidad.
El Estado desarrolló los proyectos hídricos que permitieron ganar tierras al desierto a través del abastecimiento del agua represada de los ríos de la sierra, mientras se aplicaba un régimen tributario promocional y un sistema laboral basado en la flexibilidad. Los resultados son incuestionables. Pese a la poca cantidad de tierras comprometidas para las inversiones en la agricultura moderna, el Perú es el octavo exportador de frutas y legumbres del planeta, ya superó a Chile, y tiene una potencialidad que puede multiplicar por cuatro las actuales agroexportaciones.
Por todas estas consideraciones es inaceptable que hasta hoy no exista una política de Estado para la agricultura nacional que trascienda las coyunturas y los gobiernos de turno. Es inaceptable que los peruanos de buena voluntad permitamos que las izquierdas sigan desarrollando sus estrategias en contra de la capitalización del agro nacional.
Es hora de entender que la agricultura moderna es una columna social y de desarrollo impostergable para el Perú.
















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