José Valdizán Ayala

La democracia del mal menor

Las elecciones se han convertido en una permanente evaluación de riesgos

La democracia del mal menor
José Valdizán Ayala
13 de marzo del 2026

 

Hace unos días Enrique caminaba por el centro histórico de Lima pensando en las próximas elecciones. Había visto algunos debates televisivos, escuchado opiniones en la radio del taxi y comentado con familiares y amigos. Tenía varios candidatos en mente. Ninguno le parecía completamente convincente, pero alguno debía ser suficiente para tomar una decisión. Sin embargo, cada vez que intentaba inclinarse por uno, le surgía la misma pregunta: ¿Y si me equivoco?

Esta duda no es simplemente una inseguridad personal. Es una expresión de la psicología colectiva de la democracia peruana. En las últimas elecciones presidenciales —2011, 2016 y 2021— millones de ciudadanos han vivido el mismo dilema: elegir entre opciones que no terminan de representar sus expectativas. 

En la primera vuelta, el sistema electoral se abre como un gran mercado de ideas donde conviven proyectos de derecha, centro e izquierda. En ese momento, el elector indeciso se mueve entre esas tres grandes tradiciones ideológicas.

Puede sentirse atraído por propuestas de derecha, que prometen estabilidad económica, defensa del mercado y orden institucional. Puede inclinarse por opciones de centro, que ofrecen moderación, reformas graduales y acuerdos políticos. O puede escuchar con atención las propuestas de izquierda, que apelan a la justicia social, la redistribución y la transformación del modelo económico.

Sin embargo, para comprender completamente este fenómeno es necesario observar una característica estructural del país: el Perú es una sociedad profundamente informal.

Diversos estudios económicos coinciden en que cerca del 80% de la población trabaja o genera ingresos fuera de la economía formal. Esto significa que millones de ciudadanos viven al margen de instituciones laborales, sistemas tributarios o redes de seguridad social. Pero la informalidad no es solo urbana. También es profundamente rural.

En Lima y en las grandes ciudades, la informalidad se expresa en vendedores ambulantes, pequeños comerciantes, transportistas independientes o trabajadores sin contrato. En los Andes, la informalidad adopta otra forma: la economía campesina.

En gran parte de la sierra sur —Cusco, Puno, Apurímac, Ayacucho y parte de Arequipa—, millones de familias viven de pequeñas parcelas agrícolas, ganadería de subsistencia o actividades comunitarias. Su relación con el Estado es limitada. Muchas veces el Estado aparece solo a través de programas sociales, elecciones periódicas o conflictos por recursos.

Para estos ciudadanos, la política suele percibirse como algo distante. Sin embargo, cuando llega el momento de votar, su decisión puede resultar decisiva. En estos territorios, el voto no se estructura necesariamente alrededor de programas ideológicos. Más bien se articula alrededor de experiencias históricas, identidades sociales y expectativas de reconocimiento que incluye siglos de marginación política, desigualdades económicas persistentes y una relación ambivalente con el poder central. Por eso el voto campesino no siempre responde a la lógica clásica de derecha, centro e izquierda. Con frecuencia responde a una pregunta más fundamental: ¿Quién representa, aunque sea simbólicamente, a los que siempre han estado fuera del poder? 

Durante la primera vuelta, el ciudadano puede permitirse experimentar con esas identidades. No necesita resolver todavía un dilema dramático. Puede votar por convicción, por esperanza o incluso por protesta. Por eso las primeras vueltas en el Perú suelen ser profundamente fragmentadas. Cada grupo intenta expresar su propio proyecto de país.

Sin embargo, ese momento de libertad política dura poco. La segunda vuelta introduce una transformación radical. El escenario político se simplifica: de muchas opciones solo quedan dos. Y es entonces cuando el elector indeciso entra en un terreno psicológico completamente distinto.

En las tres últimas elecciones, millones de votantes llegaron a la misma conclusión: no estaban votando por un proyecto ideal, sino tratando de evitar un escenario que consideraban peor. Este comportamiento es el resultado de un aprendizaje histórico acumulado. Las sociedades, como los individuos, aprenden de sus experiencias traumáticas, y esas experiencias terminan moldeando sus decisiones futuras. 

En el caso del Perú, la memoria política colectiva está marcada por una sucesión de episodios que han erosionado la confianza en el poder: la violencia política de los años ochenta, las crisis económicas recurrentes, el autoritarismo de los años noventa, la corrupción extendida en distintos niveles del Estado, la ineptitud o incapacidad de varios gobernantes elegidos para conducir el país, y las múltiples crisis institucionales de las últimas décadas. 

Por eso las primeras vueltas en el Perú suelen ser fragmentadas. Cada región, cada grupo social y cada sector económico intenta proyectar su propia visión del país. Cuando llega la segunda vuelta, el panorama cambia radicalmente. En ese momento, tanto el vendedor ambulante de Lima como el campesino de la sierra enfrentan el mismo dilema.

La política deja de ser una elección ideal y se convierte en una evaluación de riesgos. El trabajador informal teme regulaciones que afecten su sustento. El pequeño comerciante teme la inestabilidad económica. El campesino teme que el Estado vuelva a ignorar sus necesidades o amenace sus formas de vida. En la sierra sur, a estos episodios se suma una memoria aún más larga: la exclusión histórica del mundo campesino en la construcción del Estado republicano.

Estas experiencias han enseñado al elector —urbano o rural— a mirar la política con cautela. El voto se convierte entonces en una decisión donde conviven esperanza, desconfianza y cálculo. La democracia peruana funciona muchas veces como una elección entre incertidumbres. En ese contexto, el ciudadano ya no pregunta quién representa su ideal político. Pregunta quién representa el menor peligro. Es la lógica del mal menor.

Por eso, frente a la cédula electoral, Enrique como millones de votantes repiten en silencio la misma reflexión: “No es el candidato que soñé. No representa exactamente lo que pienso.
Pero votaré por el mal menor… aunque después me arrepienta”.

José Valdizán Ayala
13 de marzo del 2026

NOTICIAS RELACIONADAS >

La república de las firmas falsas

Columnas

La república de las firmas falsas

  En el Perú el arte centenario de falsificar firmas no e...

15 de mayo
Un papa con alma peruana

Columnas

Un papa con alma peruana

Cuando el cardenal Robert Francis Prevost apareció en el balc&o...

09 de mayo
Grandes obras, grandes fracasos

Columnas

Grandes obras, grandes fracasos

Siempre ha sido una fascinación nacional concebir obras colosal...

24 de febrero

COMENTARIOS