José Valdizán Ayala

La elección antes de las urnas

El poder invisible que decide el voto

La elección antes de las urnas
José Valdizán Ayala
30 de marzo del 2026

 

Si el siglo XX fue la era de las instituciones, el Perú del siglo XXI parece moverse en otra lógica. No porque el Estado haya desaparecido, sino porque para millones de ciudadanos —especialmente los más jóvenes— ha dejado de ser el eje que organiza su vida cotidiana.

En una sociedad en la que cerca del 80% de la economía es informal, el Quinto Poder —las redes sociales, la ciudadanía conectada— no es solo un canal de comunicación; es una infraestructura invisible que sostiene la realidad diaria. Allí donde el Estado no llega, llega la red. Allí donde la ley no protege, emerge la comunidad digital.

Ante la ausencia de sistemas eficaces de protección social, los ciudadanos han comenzado a construir sus propias mallas de supervivencia: colectas electrónicas para tratamientos médicos, grupos de alerta vecinal, cadenas de ayuda en emergencias. La solidaridad ya no se organiza desde arriba, sino en tiempo real, desde abajo.

Durante décadas, la verdad pública fue mediada por instituciones: medios de comunicación, universidades, organismos oficiales. Sin embargo, para amplios sectores de la población, los medios tradicionales han dejado de ser árbitros confiables y son percibidos como portavoces de una élite distante.

Hoy, la reputación —y con ella la “verdad”— circula en videos, comentarios y publicaciones compartidas. Lo que antes se discutía en la esquina del barrio, el centro de trabajo, la universidad, ahora se amplifica en redes, alcanzando audiencias masivas en cuestión de minutos. La información que proviene de un vecino, de un trabajador, de alguien “como uno”, adquiere una legitimidad más profunda. Así, un video de denuncia en TikTok puede generar más indignación que un reportaje televisivo. No porque sea más riguroso, sino porque es más cercano.

Este nuevo orden informativo ha alterado también la lógica de la política. Cuando una propuesta electoral amenaza los frágiles equilibrios de la economía informal —el comercio ambulatorio, el transporte no regulado o incluso actividades ilícitas— la respuesta no se canaliza a través de instituciones. Se organiza en la red. En cuestión de horas, surgen campañas online, convocatorias a protestas, tendencias que modifican el clima electoral. Es un poder veloz, flexible y, sobre todo, impredecible.

En este contexto, también cambia la naturaleza del liderazgo. En las sociedades institucionales, los líderes emergen de partidos, universidades o gremios. En la sociedad digital, emergen de la visibilidad: figuras sin trayectoria política ni respaldo institucional logran, sin embargo, construir audiencias masivas mediante mensajes directos, emocionales y sin filtros.

No necesitan convencer a todos. Les basta con conectar intensamente con algunos. Este liderazgo no se basa en programas, sino en identificación. En un país donde muchos ciudadanos se sienten excluidos del sistema, el candidato que “habla como ellos” resulta más creíble que aquel que “habla como un político”.

Pero esta dinámica tiene un costo. Las mismas tramas online que amplifican nuevas voces también propagan teorías conspirativas, promesas inviables y discursos polarizantes. Sin instituciones que filtren la información, la frontera entre lo posible y lo ilusorio se diluye.

Se está observando que las redes más que promover candidaturas, ha convertido la política en un mecanismo de veto. Es el reino del antivoto. Un candidato o candidata puede construir prestigio o perderlo en horas. En cuestión de minutos, miles de usuarios pueden desenterrar información que antes requería semanas de investigación periodística: antecedentes, contradicciones, plagios. La verdad deja de ser un proceso lento para convertirse en una avalancha de certidumbre.

El lenguaje también ha cambiado. Los memes, los videos breves y los fragmentos virales han sustituido al editorial como instrumento de juicio político. Donde antes había argumentos, ahora hay símbolos y procacidad. Donde antes había análisis, ahora hay emociones e insultos generados en segundos.

A primera vista, este proceso parece profundamente democrático: más voces, más vigilancia, más participación. Pero esta democratización encierra una paradoja.

Las redes no organizan la información en función de su veracidad, sino de su capacidad de captar la atención. Así emergen las burbujas informativas, donde cada individuo consume únicamente aquello que confirma sus creencias. El resultado no es una sociedad mejor informada, sino una sociedad más segura de sus prejuicios.

El impacto del Quinto Poder logra su punto máximo en los momentos finales del proceso electoral. En el Perú, la prohibición de publicar encuestas en los días previos a la votación crea un vacío informativo. Y todo vacío, en la era electrónica, es rápidamente ocupado.

En las últimas 48 horas previas al domingo 12 de abril, WhatsApp y Telegram se transformarán en auténticos centros de gravedad de la decisión electoral. Por ellas circularán encuestas no verificadas, filtraciones y supuestos “trackings” que, aunque carezcan de rigor, moldearán con fuerza el voto estratégico de los indecisos. 

En ese escenario, la elección ya no se definirá únicamente en el acto de marcar la cédula, sino en la secuencia final de estímulos digitales que atraviesan la pantalla del votante. Más que en las urnas, ese día su decisión comenzará —y muchas veces se consumará— en el último contenido que capte su atención en el teléfono móvil.

José Valdizán Ayala
30 de marzo del 2026

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