Silvana Pareja
La democracia en piloto automático
En estas elecciones la visibilidad mediática ha reemplazado al pensamiento político
En la antigua Atenas, Sócrates recorría las plazas haciendo preguntas. No lo hacía por simple curiosidad, sino para obligar a pensar, para desnudar contradicciones y para exigir claridad a quienes afirmaban tener respuestas. La democracia, en su sentido más profundo, nace precisamente de ese ejercicio: ciudadanos que preguntan y dirigentes capaces de responder con ideas.
Hoy, cuando el Perú se aproxima a un nuevo proceso electoral rumbo al 2026, esa escena parece cada vez más distante. La política se mueve con rapidez, saturada de mensajes, videos y consignas, pero sorprendentemente escasa de preguntas fundamentales. En ese vacío se encuentra, quizá, una de las claves para entender por qué el país atraviesa una persistente inestabilidad política.
Durante las últimas décadas, el sistema político peruano se ha fragmentado profundamente. Los partidos tradicionales se debilitaron y muchos de los que hoy compiten funcionan más como plataformas electorales temporales que como verdaderas comunidades de ideas. En lugar de proyectos políticos de largo plazo, aparecen candidaturas que se construyen alrededor de figuras individuales, con escasa estructura institucional detrás.
Esta fragmentación tiene consecuencias directas. Sin partidos sólidos que organicen el debate público, las elecciones se convierten en competencias personalistas donde la visibilidad mediática suele reemplazar al pensamiento político. Las campañas se desarrollan entre eslóganes, promesas rápidas y confrontaciones emocionales, mientras los planes de gobierno permanecen en un segundo plano.
A este fenómeno se suma la transformación del ecosistema comunicacional. Las redes sociales y los algoritmos premian la reacción inmediata, la frase breve y el contenido que genera impacto rápido. Explicar políticas públicas complejas en ese entorno resulta difícil. El incentivo ya no es persuadir mediante argumentos, sino captar atención.
Cuando la política se adapta a esa lógica, el resultado es una deliberación pública cada vez más superficial. Los ciudadanos reciben un flujo constante de mensajes, pero pocas veces tienen acceso a discusiones profundas sobre cómo resolver los problemas estructurales del país: la informalidad económica, la debilidad institucional, la desigualdad territorial o la crisis de representación.
Por eso, comprender la inestabilidad política del Perú no implica únicamente analizar a los gobiernos que caen o los conflictos entre poderes del Estado. También requiere observar cómo se toman las decisiones electorales. En muchos casos, los votantes deben elegir entre candidaturas poco conocidas, propuestas poco debatidas y con partidos que carecen de trayectoria.
La historia política del país ofrece ejemplos de épocas en las que el debate de ideas ocupaba un lugar central. Líderes como Víctor Raúl Haya de la Torre, Fernando Belaúnde Terry o Luis Bedoya Reyes representaban tradiciones políticas donde la discusión doctrinaria y el intercambio intelectual formaban parte natural de la competencia democrática.
Quizá la tarea más importante de esta nueva generación de votantes sea recuperar precisamente ese espíritu socrático: el de ciudadanos que no se conforman con escuchar promesas, sino que exigen respuestas claras. Porque, al final, la estabilidad política de un país no depende únicamente de sus gobernantes, sino también de la capacidad de sus ciudadanos para elegir con reflexión, criterio y responsabilidad.
















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