César Félix Sánchez
Un filósofo oculto en Arequipa
Un vistazo a Gustavo Quintanilla Paulet (1928-1999)
Hace algunos meses, en un cóctel de uno de esos eventos intelectuales que, como la temporada de lluvias, remueven cada año un poco el polvo y la sequedad de una Arequipa en que casi nunca pasa nada, tuve el gran gusto de hablar con don Juan Carlos Valdivia Cano, maestro universitario, ensayista y cultor eximio del arte de la conversación, amén de colaborador de El Montonero.
Allí, Juan Carlos recordaba –para sorpresa de sus contertulios más jóvenes, acostumbrados a vivir, para parafrasear el título de una obra del peligrosísimo Evola, como hombres-entre-ruinas en lo que al ambiente académico local se refiere–, el altísimo nivel y la atmósfera casi mágica de los viejos estudios generales de letras de la Universidad Católica de Santa María, cuando, allá por los últimos años de los 60, quedaba en la última cuadra de la calle Santa Catalina, en el centro de Arequipa. Pasaron vívidamente por nuestros ojos figuras como Enrique Ballón Aguirre, Samuel Lozada Tamayo, entre otros. Y ante una pregunta mía, evocó también un curso de filosofía de Gustavo Quintanilla Paulet: «Él era católico y conservador, pero era un profesor excelente. Nos dictó un curso de filosofía solo tratando los tres primeros principios de Aristóteles. Solo eso. Y fue muy bueno».
Aunque parezca ahora inverosímil, hubo un tiempo cuando la vida académica en los campos filosóficos en el Perú era comparable, como apunta David Sobrevilla, a la de México y Argentina. Podríamos decir que ocupábamos el tercer puesto en ese campo, detrás de esos dos países, que ya eran potencias editoriales y tenían universidades de prestigio internacional. Pero, como en casi todos los ámbitos de nuestro país, la agitación y la demagogia comenzaron su labor de devastación en las universidades a mediados de la década de 1960 y, en poquísimo tiempo, la «revolución militar», el desborde popular, la crisis del Estado y toda la seguidilla de desgracias que afligieron a nuestro país, nos convirtieron en una suerte no-lugar kafkiano en todo lo que respecta a la vida del espíritu. A pesar de los años de paz y de crecimiento económico, el Perú no se ha podido recuperar de esos golpes: la obsesión tecnocrática, el relativismo y la ausencia de una élite académica nos juegan en contra.
Gustavo Quintanilla Paulet (1928-1999) vivió en medio de este proceso. En 1954, con solo 26 años, había publicado ya tres libros y en sus tesis de bachillerato y doctorado había esbozado ideas originales y profundas. En su obra temprana se revela un uso de fuentes clásicas latinas y griegas y una búsqueda de originalidad filosófica. Así como Wagner de Reyna hacía dialogar a Heidegger con Aristóteles y, en menor grado, con Tomás de Aquino, Quintanilla Paulet confronta al pensador alemán con Platón y Agustín de Hipona. Sus intereses, en esta primera etapa de su pensamiento, son la creación de una estética y la de una nueva disciplina filosófica que convierta a la analogía en un instrumento científico seguro.
Sin embargo, como una señal bastante elocuente de las urgencias de los tiempos precarios que vendrían, Quintanilla Paulet acabó dejando sus preocupaciones fenomenológicas, estéticas y metafísicas. Sus siguientes libros versaron sobre temas urgentes como la reforma de la universidad, el asesoramiento vocacional a los jóvenes y la lucha contra el aborto, siempre con una profundidad y una corrección idiomática pocas veces vista en nuestro medio arequipeño. ¿Lo habría devorado, quizás, la urgencia de una sociedad peruana y un mundo académico que se descomponían a pasos agigantados? De todas formas, Quintanilla Paulet acabó convertido en una suerte de filósofo oculto, compaginando sus labores como animador cultural y funcionario universitario, con el diálogo profundo, origen socrático de toda reflexión filosófica, con amigos suyos como Dante Zegarra, su sobrino Pablo, también filósofo, entre otros.
A dos años de su centenario, es necesario rescatar su vida y obra. Las instituciones como la Universidad de San Agustín y la Universidad Católica Santa María, a las que dedicó muchos años de su vida, deberían promover reediciones de sus obras publicadas y ediciones críticas de sus textos inéditos, particularmente de sus tesis.
A manera de conclusión, compartiremos un fragmento de su conferencia El puesto de América en el arte, que dictó en Buenos Aries en 1952 y que, dos años después y junto con otro estudio, publicó en su libro Filosofía del arte. Allí reflexionaba sobre las diferencias entre homo contemplativus y homo pragmaticus. Esta reflexión que, en otros lugares es vista como absolutamente legítima, implica un riesgo en nuestro país. Nuestros medios académicos están tomados por los herederos variopintos del FER pekinés maoísta travestidos en utilitaristas tecnocráticos “neoliberales”: individuos no solo obsesionados con la praxis, sino verdaderamente incapaces de comprender la contemplación. Para ellos Fuera del poder -o del dinero–, todo es ilusión. Pero Quintanilla Paulet pensaba de otra manera:
«El homo contemplativus es diferente», nos dice, «No le gusta limitar su propio horizonte. Tiende a alejarlo, a ver qué hay más allá. Es un Colón de los mares infinitos del ser. El hombre contemplativo no comprende exclusivamente el lenguaje de lo útil. Despreciará un puñado de monedas si con ello se le encadena el espíritu. El hombre práctico, en cambio, todo lo vende por un puñado de monedas. Judas El Iscariote fue un hombre terriblemente práctico; posiblemente el hombre más práctico de la humanidad. Por un puñado de monedas vendió al Hombre que ofrecía las máximas bellezas del amor, al Hombre que había ampliado las fronteras del mundo hasta iniciar la Era presente que llamamos cristiana y que había realizado el nunca bien comprendido misterio de la Redención. Pero no solo vendió a Cristo; vendió su beso. Para Judas, como para los hombres prácticos, el beso es útil y cuesta treinta monedas de plata. Para el hombre contemplativo, el beso es la sublimación del yo, es la entrega total –aún en su acepción espiritual – del ser, saliéndose del mundo de las cosas que le rodean, del tiempo y del espacio, con los ojos cerrados, para hacerse uno con el ser amado y elevarse, sin peso, sin trabas, hasta lugares que casi no recordará al volver».
















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