César Félix Sánchez
Tradición, virtud y política
Para vencer la miseria del corazón humano

A veces no se repara lo suficiente en que la causa que impulsa a Platón a reflexionar sobre el gobierno de la ciudad en La República es un asunto mucho más urgente y a la vez elevado que un simple apriorismo ideológico o una mera veleidad filosófica. Sócrates, luego de asistir a una procesión y rezar, debate con sus amigos el gran tema humano: la justicia, entendida como virtud del alma, como virtud de las virtudes. El problema estriba en la aparente dificultad de defender la justicia en sí misma, sin tener que subordinarla a bienes inferiores. Y la aun mayor dificultad de vivirla; es ahí donde Glaucón, uno de los participantes del diálogo, profetiza casi inconscientemente el destino del perfecto justo: ser difamado y crucificado. Es entonces que Sócrates esboza su modelo hipotético de ciudad perfecta, donde el justo pueda florecer. Sus propuestas para vencer la miseria del corazón humano nos pueden parecer extravagantes (y a algunos como Popper, en error algo comprensible, totalitarias); pero hay que tener en cuenta que nunca deja de estar claro en el diálogo el elemento hipotético, elaborado como intento discursivo –no exento de humor en ocasiones – de superar miserias muy reales de la vida personal y social del hombre: nada más lejos del implacable apriorismo de las ideologías utópicas que, en su materialismo, acaban siempre en un frenesí activista por transformar el mundo de acuerdo a constructos ideológicos sin fundamentos claros en ningún orden real.
Lo que le faltaba a Platón era un impulso externo, una intervención que pudiese tanto impulsar como relativizar el mundo natural (e impedir así esa soledad metafísica, expresada por Dostoievski en Los Hermanos Karamazov: “Si Dios no existe, todo está permitido”, y que, quiéranlo o no los neoateos y demás antirreligiosos contemporáneos, es el suelo fértil donde brota el totalitarismo). Como lo demostraron hace más de sesenta años pensadores como Charles Norris Cochrane y Eric Voegelin, el traslado del arjé del mundo a una realidad radicalmente distinta del mundo pero también radicalmente subsistente, operado por el cristianismo, significó una renovación absoluta en la metafísica, que acabaría por brindar una superioridad teórica al cristianismo, causante, al fin y al cabo, de su prevalencia sobre las cosmogonías naturalistas paganas; pero no solo eso, sino terminó con la divinización del mundo, esencial a la theologia civilis del Imperio.
Que la política es un arte prudencial, es decir, una praxis –en el sentido más noble del término–, no significa que esté divorciada de una inmediata fundamentación filosófica: la de la ética, como todo acto humano, y de una mediata fundamentación metafísica y teológica: un Dios creador, distinto al mundo, autor de un ordenamiento racional de las cosas, que no se agotan en el orden temporal, sino que se proyectan en un orden sobrenatural, que supera y a la vez engloba al temporal, desabsolutizándolo y a la vez impulsándolo.
Si a esta fundamentación se añade la constatación de la insuficiencia del hombre y su radical incapacidad para remontarla con medios temporales, tenemos entonces un legado, que junto con el legado clásico ya mencionado, se convierte en el acervo humano y divino que debemos conservar. Si se ha de ser conservador, no lo seremos de un falso orden de iniquidad, sino del peso de siglos de verdades, custodiadas en aquella democracia de los muertos que es, según G. K. Chesterton, la tradición. De ahí la conveniencia de ser tradicionalistas, lo que implica, según la famosa frase de san Pío X en Notre Charge apostolique (2011), ser el mejor amigo del pueblo. Quizás por ahí se encuentra el secreto para que la derecha en el Perú (muchas veces obsesionada con una «modernidad» que ni siquiera sabe definir y entregada en cuerpo y alma al «reino de la cantidad» denunciado por René Guénon) pueda ser competitiva en el sur del Perú, región tradicionalista por excelencia en sus tendencias culturales.
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