Cecilia Bákula

Tiempo para reflexionar

Tomar conciencia de nuestra propia vulnerabilidad

Tiempo para reflexionar
Cecilia Bákula
22 de marzo del 2020


No cabe duda de que todo tiempo y circunstancia puede y debe permitir un aprendizaje. Aun los momentos de mayor drama y dolor pueden ser fuente de algo positivo en nuestras historias personales y sociales. Quizá haya más de una persona que piense que no es posible; y que períodos como el que nos está tocando vivir, no solo como país, sino como sociedad global, solo pueden ser vistos desde una perspectiva apocalíptica. Lo cierto es que, desde mi perspectiva, se trata no solo de una crisis, sino de una oportunidad.

Luego de este confinamiento obligatorio, que nos ha hecho tomar conciencia de nuestra propia vulnerabilidad, debemos estar seguros de que es ahora, recién, que empieza el siglo XXI: la sociedad, tal como la conocíamos, sufrirá transformaciones abruptas y radicales que obligarán a una nueva mirada sobre la sociedad y los individuos. La historia nos presenta experiencia semejantes de pestes, pueblos asolados, sufrimientos, epidemias y otras catástrofes, de las que el ser humano ha salido triunfador. Y para ello resultará indispensable destronar a los falsos dioses y una mirada de introspección que permita dar a cada cosa su valor real.

De todos esos procesos trágicos que la historia recuerda, quiero hacer mención, entre otros, de los episodios que narra el Antiguo Testamento, en los que los pueblos sufren de manera desgarradora y sobreviven porque vuelven sus ojos a Dios y reconocen que nuestra condición es la de seres creados; es decir, dependientes. Que tenemos el universo y todo lo que contiene a nuestro servicio, pero que debemos usar de él, no solo de mejor manera como lo hemos hecho hasta ahora, sino –me viene a la mente– siguiendo la propuesta de san Ignacio de Loyola: hacer todo “en tanto y cuanto” ello te acerca al fin último del ser humano, que es amar, servir y reverenciar a Dios.

No dudo que pueden ser muchos los que piensan que la mía es una propuesta “fuera de moda, inaplicable u obsoleta”. Simplemente la propongo porque no creo que haya muchos que puedan dudar que el Covid-19 ha derrotado o, cuando menos, puesto en jaque a los falsos dioses a los que hemos adorado y ante los que nos hemos prosternado con sumisión: el dinero, la libertad, la independencia personal, el bullicio, la vida social, entre otros.

Hoy, el Covid-19 nos permite volver la mirada hacia nuestro propio ser interior, sabiendo que allí podemos encontrar refugio y fortaleza. El hogar, tan venido a menos, es ahora nuestra cápsula de protección; la familia, a la que hemos menospreciado, es el único referente. La percepción del mañana la vemos casi solo desde el hoy, la salud, el bien más preciado. La solidaridad la vemos como la única opción de vida colectiva; el control en nuestros pasatiempos es ya una práctica que parecía desaparecida y hoy nos toca nuevamente la puerta. La abstinencia de muchos placeres nos hace pensar en que podemos ser dueños de nuestra voluntad; el control en alimentos y consumo, nos permite entender que habíamos superado todos los límites de lo prudente. Y viendo como la naturaleza agradece este respiro que le damos –mostrándose más feliz, más tranquila, con cielos más despejados, aguas más limpias y animales que vuelven a ser dueños de sus espacios– nosotros también hacemos un alto en nuestro propio camino y aceptar que es el momento para reflexionar, agradecer y reconducir la vida propia y colectiva.

Mucho me he preguntado en ¿qué es lo que haré el primer día del no confinamiento? Creo que lloraré de gratitud a Dios si me permite llegar a ese día. Y abrazaré a mis hijas sabiendo que todo lo pasado ha sido solo un preludio para este ensayo de necesidad mutua, de reflexión, valoración real de lo que somos y tenemos. Y emprenderé, con humildad, una nueva manera de ser para que Dios y el mundo, por su intermedio, no tenga que hacernos pasar una nueva prueba como esta, en la que ponemos a diario en juego la vida de muchos por la irresponsabilidad de otros igualmente muchos, que no valorábamos la labor de quienes ahora nos cuidan, nos sanan, nos permiten tener luz, agua, recojo de basura, alimentos y otros tantos servicios que habíamos considerado como un derecho “natural” que merecíamos porque sí.

Cierro copiando este hermoso poema, que nos hace ver la propia fragilidad y la tremenda dignidad del ser humano.


“Y la gente se quedó en casa. 
Y leyó libros y escuchó.
Y descansó y se ejercitó. 
E hizo arte y jugó.
Y aprendió nuevas formas de ser. 
Y se detuvo.

Y escuchó más profundamente. Alguno meditaba.
Alguno rezaba. 
Alguno bailaba.
Alguno se encontró con su propia sombra.
Y la gente empezó a pensar de forma diferente.

Y la gente se curó.
Y en ausencia de personas que viven de manera ignorante.
Peligrosos. 
Sin sentido y sin corazón.
Incluso la tierra comenzó a sanar.

Y cuando el peligro terminó. 
Y la gente se encontró de nuevo.
Lloraron por los muertos. 
Y tomaron nuevas decisiones.
Y soñaron nuevas visiones. 
Y crearon nuevas formas de vida.
Y sanaron la tierra completamente. 
Tal y como ellos fueron curados”.

(K. O'Meara)

Cecilia Bákula
22 de marzo del 2020

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