Cecilia Bákula
Tenebroso panorama
Que no disuelvan también nuestras esperanzas

Quizá ni el propio señor Vizcarra pudo (¿o quiso?) tomar el pulso a las consecuencias de su arbitraria y apresurada decisión, pues los analistas, de todas las tendencias, nos hacen ver un panorama aterrador en lo político, social y económico. En un interesante artículo titulado “Crónica de una muerte anunciada”, su autor, el economista Jorge Baca Campodónico, nos presenta una visión apocalíptica, aunque realista, de las consecuencias que podría tener el bajo y casi nulo desempeño eficiente del gobierno, incapaz, como él lo percibe, respecto al manejo económico.
Lo que parece, a mi criterio, más alarmante es la sentencia del economista: “Esto forzará al Gobierno a tomar medidas populistas en el corto plazo, como incrementos del sueldo mínimo y mejoras salariales para los empleados públicos. El deterioro de las cuentas públicas se hará evidente, así como el mayor debilitamiento de empresas privadas que cada vez enfrentan mayores retos. En un escenario de desaceleración de la economía mundial, difícilmente se cumplirán las metas de crecimiento planteadas en el presupuesto. El Banco Central tendrá que redoblar sus intervenciones para evitar una depreciación del Sol”.
Si ya el gobierno nos había habituado a tomar medidas populistas, que garantizan la percepción positiva por parte de la población, ¿qué más debemos esperar ahora? Con un crecimiento por debajo de toda expectativa, que como tendencia se ha mantenido en estos nefastos tres años, el desarrollo se nos hace esquivo y el aumento de la pobreza amenaza como una nube que oscurece el porvenir. Y, al margen de toda consideración política, de gustos o preferencias, son miles los peruanos que se ven severamente afectados por esta irresponsabilidad populista que incrementa los índices de miseria, hace lejano el sueño de un bienestar social y material y solo beneficia a una cúpula irresponsable y ajena, sin duda, a la construcción de un mejor futuro para todos.
Grande es el Perú y en la medida en que desperdiciamos esa riqueza, somos actores y gestores de este retroceso. Sin contar la pobre visión que se tiene de nosotros en el extranjero, en donde se nos ve, lastimosamente, como una “república bananera” en la que las leyes no son más que tinta sobre papel, que no comprometen a los ciudadanos y, al parecer, mucho menos a las autoridades.
No podemos dejar de mencionar que los números hablan por sí mismos, y que ellos se convierten en una radiografía de nuestros proceso actual. Y justo en vísperas del Bicentenario, fecha que pasará teñida de incertidumbre, sin que hayamos podido aprovechar esa efeméride para reflexionar, con madurez y altura, sobre el sueño fundacional y sobre la responsabilidad de construir un futuro diferente y con promisoria esperanza para la gran mayoría.
Hoy en día, el propio Vizcarra no alcanza a articular las razones que lo llevaron a una medida tan innecesaria; no expresa cuáles fueron esas acciones que a manera de inmensos rompemuelles le oponía el Congreso. No exhibe un plan de gobierno “alternativo” al que el Legislativo se “oponía”, y no logra articular propuestas de acciones efectivas. Hoy, el Perú tiene capacidad económica, pero carecemos de posibilidades de implementar acciones contundentes en materia de infraestructura vial, hospitalaria, educativa y reconstrucción del norte. Y ya sin tener al Congreso para culparlo de esa inacción y pobre ejercicio, ¿qué tendrá que hacerse para encontrar un “chivo expiatorio” que logre exculpar a Vizcarra de su terrible responsabilidad histórica? Lo que se ha logrado con eficiencia es construir colectivamente una idea de desprecio hacia la clase política —que no en pocos casos merece ese sentimiento— sin medir las consecuencias de ello.
Pero, debemos hacer un voto de confianza en la capacidad del país de recuperar el rumbo. Quizá vale recordar las palabras de Basadre cuando dijo que “el Perú es más grande que sus problemas”, y no dejarnos robar el sueño y la esperanza de un futuro mejor. Toca ahora hacer el esfuerzo para recuperar, en el nuevo y accesitario Congreso, el tiempo perdido y enfrentar las consecuencias de los decretos de urgencia que, bajo la mesa y de manera irresponsable, puedan ser emitidos en estos cuatros meses y dar las leyes sustantivas que están esperando en carpeta; fundamentalmente las que implican inversión importante, como las que requiere el sector energía y minas.
Que no nos roben la esperanza ni el derecho a un buen futuro.
COMENTARIOS