Miguel A. Rodriguez Mackay

Taiwán y los equilibrios del poder mundial

Un problema que debería ser evaluado por el gobierno de Beijing

Taiwán y los equilibrios del poder mundial
Miguel A. Rodriguez Mackay
29 de octubre del 2021

 

Hace algo más de un mes en el marco de una conferencia en el Club ONU de San Marcos que reúne a los jóvenes de la cuatricentenaria Casa Superior de estudios –mi alma mater– y de otras universidades del país, dije que una consecuencia de la idea internacional cundida de una completa derrota de los Estados Unidos de América por el retiro de sus tropas de Afganistán luego de veinte años de permanecer en su territorio, y enseguida aprovechando el vacío, el ingreso de la República Popular China, en este complejo país asiático que hoy cuenta a los Talibán otra vez en el poder nacional, era que la Casa Blanca iba a ponerle la puntería al asunto de Taiwán, por ser altamente sensible para Beijing, diría mejor, la completa migraña política para el gobierno comunista del presidente Xi Jinping. 

En verdad que no sería difícil adivinar que este nuevo escenario aparecería. Una razón sustantiva y de fondo está en el hecho de que a la Casa Blanca de Joe Biden no le ha hecho nada bien que, sin haber siquiera cumplido un año su administración, iniciada el pasado 20 de enero, internacionalmente se haya creado la idea dominadora de una derrota de estadounidense por el referido retiro de Kabul. En la política internacional -también pasa en la política nacional de cualquier Estado-, lo que tiene relevancia en el ajedrez del poder mundial es aquello que se visibiliza, es decir, lo que se muestra y crea sensaciones y especulaciones. Lo tácito, por tanto, no es un vector para tener en cuenta como regla, más allá por supuesto de los enormes valores de las estrategias disuasivas. A ninguno de los actores internacionales relevantes como es el caso de EE.UU., China, Rusia, India, etc., le será rentable en términos de poder internacional, reflejar al mundo la idea de debilidad porque es una impresión riesgosa para el sostenimiento de su liderazgo planetario. El Imperio Romano de Teodosio, que lo dividió entre sus hijos Honorio y Arcadio, mostró su debilidad ante los pueblos bárbaros que, una vez tomado nota de esa realidad, encimaron su poder sobre Roma acabando con el famoso y poderoso imperio Romano de Occidente en el 476 d.C. 

Washington ha advertido con madurez y plena conciencia internacional sobre los juegos de poder de aquello que le estaba produciendo su estrepitoso retiro de Afganistán y por eso han reaccionado convencidos sus actores políticos por sus teóricos en relaciones internacionales y sus expertos en el Pentágono de que EE.UU. de ninguna manera podía dejar diseminada la idea de que habían cometido un error al retirarse de Afganistán y de que esa sensación política se había traducido en una derrota para el propio Joe Biden que, con más de tres años de poder político por delante, gobernaría al país más poderoso del mundo, con la referida carga sobre sus hombros, es decir, de una malísima jugada internacional que ha terminado posicionando, de un lado a China, que le saca lustre a la falta de reflejos del presidente estadounidense, mostrándose todopoderosa sobre Taiwán, ordenando el sobrevuelo de aviones de guerra sobre la isla y expresamente sosteniendo la posibilidad de una eventual invasión de Taiwán, a la que considera una provincia rebelde sobre la cual no existe ninguna posibilidad siquiera de sostener mínimamente la independencia política que legítimamente exigen su presidenta y los 23,5 millones de habitantes, y de otro, en el frente interno, a un Donald Trump, que disfruta a carcajadas de los tempranos errores de quien le arrebató un mandato consecutivo en las elecciones de noviembre de 2020. Está claro que a Trump los yerros de Joe Biden lo empoderarán, colocándolo en posición expectante para constituirse en serio candidato para ganar las elecciones en EE.UU. en el 2024. 

Mi posición sobre Taiwán es conocida y la seguiré sosteniendo con la sensatez que el derecho internacional y la ciencia de las relacionales internacionales permiten a un asunto que debería ser evaluado por el gobierno de Beijing. Sin entrar esta vez en su desarrollo, está claro que China en permanente alza en el sistema internacional, no va a sostener aceptar una realidad ineludible porque si algo debe mostrar el gigante asiático al mundo -no puede cometer el error de EE.UU.- es su poder creciente que ahora se expresa en términos de poder militar, esta vez ya no solamente regional, sino el de otras ligas, las planetarias, de las que Washington deberá mirar con discreción. 

También tengo bastante claro de que China sigue enloqueciendo a la Casa Blanca con su creciente dominio de espacios de influencia valido de la denominada Ruta de la Seda, el mejor y legítimo pretexto, por supuesto, para llegar a todos los rincones del planeta en la idea de ganar geopolíticamente para su molino la mayor cantidad de recursos minerales sin los cuales jamás podrá alcanzar y sobrepasar a EE.UU. dado que la hegemonía mundial en el siglo XXI, está determinada por el imperio de las tecnologías y esto último no se consigue solamente con discursos o retóricas. 

También está claro de que EE.UU., más allá de los errores del gobierno demócrata, jamás se va a quedar de brazos cruzados ante este escenario que se ha venido configurando en favor de China, por lo que las declaraciones de Joe Biden en el sentido de que defenderán a Taiwán en caso Beijing quiera llevar adelante una invasión y tomar por la fuerza el control de toda la isla, no resulta descabellada. La razón central: el equilibrio del poder mundial. Pero ¿Acaso es racionalmente aceptable en el análisis de que el mayor hegemón del mundo pueda estar moviendo sus fichas por el equilibrio de poder, si lo tiene más que todos los Estados poderosos del globo, juntos?. La respuesta es que sí y no porque así lo quiera, sino porque es la manera de frenar a un Estado que solo sabe crecer internacionalmente como es el caso de la China continental. Bajarle la llanta a Beijing, entonces, no será una novedad, ya lo hicieron con la denominada guerra comercial queriendo precipitar a los chinos, con pandemia incluida, con el asunto de los aranceles dada la explosiva dimensión económica de Beijing. EE.UU., a diferencia del pasado, en que sostuvo su apoyo a Taipei por su indiscutido poder en las relaciones internacionales, ahora se valdrá del derecho internacional para justificar su apoyo a Taiwán, forzando la figura de la denominada desigualdad compensatoria que asiste a Taiwán en posición de diezmada por la amenaza de China, aunque ya sabemos que, con el pragmatismo de la política internacional estadounidense de siempre, a la Casa Blanca, le basta y sobra. Lo único cierto es que Afganistán y Taiwán son vectores de los que se valen los actores relevantes del sistema internacional para determinar sus juegos de poder mundial.

La reciente declaración del presidente de los EE.UU., Joe Biden, de que defenderían a Taiwán ante una eventual invasión militar china, tensionando a Washington con Beijing, se parece a la llamada telefónica que recibió el expresidente Donald Trump, de la presidenta de Taiwán, Tsai Ing-wen, provocado que China exprese su protesta por el significado derivado de esa conversación. Es una reacción de la Casa Blanca ante una China que se involucra en la Afganistán que acaban de abandonar. Pero la cuestión de Taiwán es para China innegociable.

¿Cuál es el problema? Veamos. El 1 de octubre de 1949, el pueblo chino con Mao Tse-tung a la cabeza, logró el triunfo de la revolución comunista, estableciendo en el país la denominada República Popular China, que hoy cuenta con más de 1,402 millones de habitantes. En aquel año el grupo dominante del Guomindang se retiró a la provincia de Taiwán de China –una pequeña isla ubicada frente a la inmensa China continental– y, con el apoyo de fuerzas extranjeras, EE.UU, por supuesto, desde esa posición geopolítica, se enfrentó al gobierno central.

La política de Estado de China ha sido siempre la unidad de una sola China donde la cuestión de considerar a Taiwán fuera de su territorio es inimaginable. Creo que no es realista y debería ser abordado con sensatez y con la misma prudencia que hoy China exige de EE.UU. Desde el mismo día de la revolución, China brega por la completa solución de Taiwán, incluso aceptando en 1979 la idea de “un país dos sistemas” es decir que Taiwán pudiera mantener el sistema económico capitalista impulsado por la influencia de occidente. En los años 90 el líder taiwanés Li Denghui, sorprendió a Pekín con la visión separatista encaminada a la creación de dos Chinas que Beijing consideró un completo despropósito, lo que supone incluso una amenaza a la paz en la región.

El mundo se mantiene a la expectativa. El Perú cuida muchísimo la relación bilateral, de allí que contemos con una embajada en Beijing ante la República Popular China y una Oficina Comercial en Taipei ante las autoridades de Taiwán. Es tiempo de comenzar a considerar el realismo político y social sobre Taiwán de hoy, cuya población de 23,57 millones, es en su mayoría joven, y no se siente China, como la del pasado.

Miguel A. Rodriguez Mackay
29 de octubre del 2021

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