Miguel Ibarra
¿Renunciamos a la democracia por miedo a las turbas?
En la población no existe consenso sobre el adelanto de eleeciones

La democracia es calificada por diversos teóricos de la ciencia política, como un sistema y forma de gobierno que promueve la participación ciudadana y fortalece –parafraseando a Habermas– el uso público del razonamiento a través de un debate sano de propuestas.
Si bien no es un sistema político perfecto, es el espacio ideal para la libertad de expresión y de pensamiento, más allá de lo acertado, excéntrico o deslucido que pueda ser el discurso de un político. La democracia ha logrado generar su legitimidad sobre la base de derechos y deberes comúnmente aceptados y que se ha fortalecido gracias al pluralismo de ideas y libertades, habiendo reemplazado la violencia anarquista del estado de naturaleza, por los consensos, la tolerancia y el respeto por la libertad.
Pero ¿es posible hablar de democracia y gobernabilidad sin referirnos a la importancia de la representación, su legitimidad y el ejercicio del poder? Eso es imposible. La representación, la legitimidad y el ejercicio del poder, son intrínsecos a la democracia y se interrelacionan entre sí para proteger la estabilidad del sistema. La representación, a través de elecciones, es la forma como la población ejerce el gobierno del estado para satisfacer sus necesidades; la legitimidad es el valor moral y la cuota de poder otorgado por el pueblo a sus representantes para actuar en nombre de ellos; y el ejercicio del poder, es la herramienta para cumplir y hacer cumplir las leyes y defender la sostenibilidad del sistema.
¿Pueden entonces los representantes negarse a ejercer dicha función constitucional de representación y ceder ante las violentas protestas que pretenden subvertir el orden democrático y constitucional? Negarse a defender al sistema democrático y el marco constitucional es literalmente traicionar a los electores y demostrar incompetencia para el cargo para el cual fue postulado. Ni Dina Boluarte ni los Congresistas pueden negarse a gobernar y dejar que las turbas de violentos les pongan la agenda y destruyan la institucionalidad democrática en las narices de los gobernantes de turno. La indiferencia es también una forma de traicionar a la democracia.
Debemos comprender que nada es tan peligroso como la indecisión, pues muchas veces ella nos conduce a la anarquía. Las decisiones políticas no las pueden tomar actores no legítimos. George Washington decía que “cuando un pueblo se ha vuelto incapaz de gobernarse a sí mismo y está en condiciones para someterse a un amo, poco importa de dónde procede éste”.
La presidenta ha demostrado inoperancia y con su pasividad acrecienta el clima de violencia, mientras se sacrifica a nuestra policía y se destruye la propiedad pública. El Congreso de la República por otro lado, aprobó en diciembre del 2022 –con 90 votos y en primera votación–, el adelanto de elecciones para abril del 2024. Pero la presión de la calle, hizo que el presidente de la comisión de Constitución volviera a foja cero todo lo avanzado, para replantear el adelanto de elecciones a fines del 2023. Abrió así innecesariamente el debate de ir hacia una constituyente.
Ya sin consenso los dictámenes en mayoría y minoría fueron rechazados y enviados al archivo. Igual suerte siguió el proyecto de ley del ejecutivo en la Comisión de Constitución. Lo cual motivó la inesperada y absurda renuncia de la congresista Digna Calle a la segunda vicepresidente del Congreso de una manera irresponsable.
Para cerrar la semana el programa “Cuarto Poder” de América Televisión, realizó una encuesta entre su teleaudiencia con la siguiente pregunta “¿Aprueba o desaprueba la decisión del Congreso de haber votado en contra del adelanto de elecciones?” Sobre una base de 22,411 personas que participaron voluntariamente la respuesta fue la siguiente. Aprueba: 61% y Desaprueba: 39%
Es evidente entonces que no existe un consenso en la población de ir a elecciones generales, sino es la demanda de una minoría de personas que realiza un buen trabajo ejerciendo presión en las calles con actos violentos que dañan la propiedad pública y privada. El filósofo y político inglés Edmund Burke decía “para que triunfe el mal, sólo es necesario que los buenos no hagan nada” y ese es al parecer el camino que sigue nuestro país y su democracia.
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