Jorge Morelli
Prisionero del dilema
El Presidente Castillo y la asamblea constituyente

El punto de quiebre de las posiciones en conflicto al interior del gobierno es el cambio constitucional. Como ya sabemos todos, eso se hace solamente por medios del Congreso. Hacerlo mediante una asamblea constituyente está fuera de los límites del Estado de Derecho y la democracia.
Pero este ha sido el dilema fundamental para el presidente Castillo y sus ministros en Washington y Nueva York. El mandatario ha dicho en discurso que el Perú debe tener una nueva constitución. No obstante, se ha abstenido una vez más de mencionar a la constituyente como el medio para conseguirla. Tampoco se pronuncia explícitamente en contra. Es el precio de su cada vez más inestable equilibrio con el partido. Castillo aún sigue prisionero del dilema. Tendrá que escapar de él.
Castillo sabe que la constituyente minaría la legitimidad de su gobierno irremediablemente y lo condenaría a un estado de fragilidad política permanente. Sobrevivir en ese clima hostil solo es posible con el control de la prensa, de la administración de justicia y de la fuerza armada. Y eso no está a su alcance.
El partido de gobierno, sin embargo, cree que tiene la sartén por el mango y se lanza a recoger firmas en la creencia errada de que, de alguna manera, podrá voltear con subsidio masivo a una mayoría de la opinión pública del interior en su favor. Y que esto, entonces, hará posible la constituyente.
Por esto es que la corrupción del subsidio a los medios de comunicación con avisaje del Estado no ha cesado, solo ha cambiado de dirección. Ya no irá, en buena hora, a los medios masivos impresos ni a la señal abierta o el cable de televisión de Lima. Irá a las radios y las redes de provincias.
La narrativa es instrumentar la acusación de centralismo contra la capital para conseguir la constituyente. Es un diagnóstico equivocado, sin embargo. Uno que en 20 años y hasta la fecha solo ha producido remedios errados. La prueba es que la corrupción masiva atacó a la mayoría de los gobiernos regionales a los que se transfirió años atrás la mayor parte del presupuesto. Hasta hoy la administración de justicia fracasa también en separar la paja del trigo.
Es hora de reconocer que la regionalización ha sido un fracaso monumental y que la descentralización necesita ser rediseñada totalmente. Es una tarea que el Perú tiene aún por delante. Una que el gobierno debería emprender si quiere actuar seriamente.
Utilizar los prejuicios centralistas para fines políticos inmediatos es, en cambio, algo irrealizable. Los medios reflejan la opinión pública, no la generan. No de la manera que el partido de gobierno cree. Es, por lo tanto, un experimento fracasado de antemano y un grave error político. Uno que dará paso nuevamente a la corrupción en una escala mayor que la que hemos conocido. Esto es lo que el partido de gobierno no sospecha.
El dilema que aprisiona al presidente no existe en la realidad. Es puramente mental. Como diría Mao, no es sino un tigre de papel.
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