César Félix Sánchez
Miserias de la inducción en tiempos posmodernos
Un ejercicio epistemológico

Conviene de cuando en cuando dejar la actualidad política, a veces tan chata y grotesca en nuestro pobre país de «metal y melancolía», en palabras de García Lorca, para realizar algún ejercicio epistemológico. La epistemología, como sabemos, es la disciplina filosófica encargada de estudiar la naturaleza, causas, formas y límites del conocimiento. Aunque no es la prima philosophia, como pretendieron los modernos, la epistemología es una disciplina que reviste una importancia fundamental para desmontar muchos prejuicios que impiden la contemplación de la verdad en nuestra confusa época relativista.
En esta ocasión nos ocuparemos de la inducción, esa ley que consiste en partir de casos particulares hacia una ley general. Es el corazón del llamado método científico; o mejor dicho, del método galileo-newtoniano (que no es más que la matematización de la observación de la naturaleza a través de modelos experimentales no directamente reales). Aunque ha servido grandemente para las ciencias particulares, últimamente la inducción, especialmente en la vulgata mediática y en las redes sociales, se ha desquiciado y hasta convertido en una especie de mito irracional.
Hará cerca de ocho años, empezó a circular en las redes sociales una nota periodística sobre un estudio realizado por Francesca Borgonovi y María Huerta de la London School of Economics. El título que Roger Dobson le puso a la versión de The Telegraph –fuente original del resto de notas de la prensa internacional– era bastante elocuente: «Cleverest women are the heaviest drinkers» (2010) [Las mujeres más inteligentes son las mayores bebedoras de alcohol]. Allí se sostenía, entre otras cosas, que «[w]omen who went to university consume more alcohol than their less-highly-educated counterparts, a major study has found. Those with degrees are almost twice as likely to drink daily and they are also more likely to admit to having a drinking problem» [Un estudio mayor ha encontrado que las mujeres que fueron a la universidad consumen más alcohol que sus contrapartes menos educadas. Aquellas con grados universitarios tienen casi el doble de probabilidades de beber alcohol a diario y están más prontas a admitir que tienen un problema de alcohol].
El estudio se había realizado en base a una muestra de las personas nacidas en Gran Bretaña en una semana de 1970 y consistía en un seguimiento de largo plazo en sus conductas. Como era de esperarse, tanto en el estudio como en la nota periodística se deja entrever que «una de las razones» por las que estas mujeres «inteligentes» caerían con más frecuencia en el consumo de alcohol es por el mayor grado de estrés por ocupar puestos de importancia y por su condición de solteras, vinculada también a sus múltiples ocupaciones.
Más allá del absurdo periodístico de generalizar las conclusiones de un estudio acotado a un universo cultural, social y etario específico (mujeres de cuarenta años nacidas en Gran Bretaña durante la llamada «revolución sexual») y de asumir que las mujeres con mayores grados académicos son necesariamente las «más inteligentes», queda claro para cualquier intérprete medianamente racional que no es que las «mujeres más inteligentes» sean las que tomen más, sino que son las mujeres más estresadas las que corren mayor riesgo de caer en el abuso del alcohol, lo que es una perogrullada de dimensiones tan monumentales que hace superfluo el estudio.
Más certero sería un titular basado en una constatación moral espontánea que afirme, considerando las consecuencias ruinosas del consumo de alcohol, que «[the] “Cleverest” women are the dumbest», pues bajo ningún caso puede considerarse como inteligente desde el punto de vista práctico entregarse a tales excesos.
No fue para nada sorprendente, sin embargo, que la noticia se «viralice» y que muchas aspirantes a inteligentes la compartiesen con entusiasmo, sosteniendo que, por fin, la «ciencia» había comprendido la razón y eminente dignidad de sus aficiones de fin de semana más queridas. La primacía de la inducción supuestamente científica por sobre la constatación espontánea en el mundo de internet –no solo difundida entre el vulgo virtual sino también en algunos medios profesionales o académicos– llevó a algún anónimo a labrar el siguiente chascarrillo: «No tome agua: está comprobado que todas las personas que han muerto alguna vez la tomaron».
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