Mariana de los Ríos
Memoria y humor: la travesía de “Un dolor real”
Reseña de la película por la que Kieran Culkin obtuvo un Oscar

El conocido actor Jesse Eisenberg (Nueva York, 1983) hace su segundo trabajo como director en Un dolor real (A Real Pain, 2024), que combina el road movie con una exploración de la memoria histórica y el trauma intergeneracional. Con un guion que él mismo ha escrito y protagoniza, la película sigue a dos primos judío-estadounidenses, David (Eisenberg) y Benji (interpretado por Kieran Culkin), en un viaje a Polonia para honrar la memoria de su abuela, sobreviviente del Holocausto. Lo que comienza como un relato de confrontación entre dos personalidades contrastantes se transforma en una reflexión sobre el dolor heredado, la identidad y el modo en que el pasado influye en el presente.
La película se construye sobre una premisa ambiciosa: ¿cómo mostrar el dolor histórico de una tragedia monumental a través de los problemas cotidianos y personales de quienes la recuerdan de manera indirecta? Eisenberg evita la solemnidad absoluta al poner en su relato humor y agudeza, pero en ocasiones esta estrategia parece desdibujar el peso de la historia que aborda. Su estilo narrativo, ágil y sarcástico, evita caer en sentimentalismos fáciles, pero también corre el riesgo de trivializar ciertos aspectos de la memoria colectiva.
Uno de los mayores aciertos del filme es el desarrollo de sus personajes. David y Benji no son meros arquetipos de la clásica pareja dispareja de road movie; sus diferencias son genuinas y su relación es convincente. David, meticuloso y neurótico, contrasta con la impulsividad y desenfado de Benji, cuya aparente despreocupación esconde una profunda angustia. Kieran Culkin (Nueva York, 1982), en particular, entrega una actuación matizada que logra equilibrar lo cómico con lo trágico, y su trabajo ha sido justamente reconocido con premios como el Globo de Oro y el Oscar a Mejor Actor de Reparto. Su interpretación hace que Benji no sea simplemente un “hermano mayor caótico”, sino un hombre con un vacío emocional que se hace más evidente a medida que avanza la historia.
En términos de puesta en escena, Eisenberg opta por una dirección sobria pero efectiva. El uso de la música de Chopin, interpretada por el pianista Tzvi Erez, añade una capa de elegancia y melancolía al viaje, contrastando con el dinamismo de los diálogos. La cinematografía de Michal Dymek, que captura tanto la modernidad de Varsovia como la solemnidad de los sitios históricos que visitan, refuerza el choque entre lo contemporáneo y la historia. Esta interacción entre pasado y presente se convierte en una de las reflexiones más interesantes de la película: cómo las nuevas generaciones enfrentan el legado de tragedias que no vivieron directamente.
Sin embargo, Un dolor real no está exenta de problemas. Su estructura dramática depende en gran medida del carisma y las interacciones entre sus protagonistas, dejando sin desarrollo a los personajes secundarios. El grupo de turistas con los que los primos comparten el recorrido es variado pero funcionan más como un espejo de las tensiones entre David y Benji que como individuos con peso propio. El guía británico James (Will Sharpe) y la viajera Marcia (Jennifer Grey) tienen momentos interesantes, pero la película no les da suficiente espacio para crecer más allá de su rol de acompañantes en la travesía de los protagonistas.
Otro punto discutible es el tono de la película. Si bien Eisenberg logra equilibrar la comedia con el drama en varias secuencias, hay momentos en los que la ligereza del humor choca con la gravedad de los temas abordados. Eisenberg introduce ideas interesantes sobre el consumo de la memoria histórica, como el contraste entre la frivolidad del viaje organizado y el impacto emocional real en quienes lo viven, pero algunas de estas reflexiones se quedan a medias. En este sentido, la película corre el riesgo de caer en lo que critica: la reducción de la historia a un producto empaquetado para el consumo contemporáneo.
No obstante, la película redime sus carencias con un desenlace contundente. Sin recurrir a explicaciones obvias ni a una resolución demasiado ordenada, Eisenberg nos deja con una última imagen que resuena en su dolor y su humanidad. Es aquí donde Un dolor real alcanza su mayor potencia: en la expresión del vacío, la pérdida y la forma en que el pasado sigue pesando sobre el presente de maneras inesperadas. No es una película redonda, pero sí una que deja huella, precisamente por su capacidad de capturar la complejidad del dolor y de la memoria histórica.
Un dolor real ese puede ver en Disney+
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