César Félix Sánchez

La gran derrota progre

Y el triunfo de tres nacionalismos diferentes

La gran derrota progre
César Félix Sánchez
02 de febrero del 2020


Es inevitable sentir una
schadenfreude (alegría malévola) por los resultados de las elecciones del 26 de enero. La progresía, encarnada por Alberto de Belaunde, celebraba inicialmente que los supuestos «retrógrados» del congreso anterior (Bartra y compañía) hubieran sido desdeñados electoralmente por la población: pero, en castigo bíblico, el Destino les envío a personajes vestidos como judíos del siglo XII a. C. También hubo alegría por la derrota de la imaginaria «oposición obstruccionista» (Fuerza Popular y APRA); pero ahora, el dueño del partido que arrasó en el sur del país (UPP) declara que no descarta fusilar al presidente. Hemos pasado de la «oposición obstruccionista» a la «oposición fusilacionista» y de «congresistas con ideas medievales» (i. e.: Arimborgo) a congresistas de la Edad de Bronce. ¡Bien ahí, Vizcarra!

Los grandes derrotados no son ni el APRA –que, si sumamos los porcentajes separados de esta agrupación con los del PPC, queda con poco más del 6% que consiguió la alianza de ambos partidos en 2016– ni el fujimorismo, que luego del arrasamiento de sus oficinas, la persecución y desmantelamiento de su liderazgo y la demolición mediática sistemática, mantiene una bancada de alrededor de 13 curules, y que en un contexto de fragmentación general decuplicará su valor. El gran derrotado es el progresismo, tanto de izquierdas (Juntos por el Perú), como de derechas (Partido Morado). Este último ha quedado sepultado como la octava fuerza en reparto de curules (9) y la quinta fuerza en porcentaje de votos (7.5%), casi empatado con el supuestamente muerto fujimorismo. Nada bien para un partido que contaba con la bendición de las oligarquías mediáticas limeñas y que se veía a sí mismo contradictoriamente como la gran alternativa de renovación y a la vez el partido cortesano de Vizcarra. Una confirmación más de la ceguera estructural de los bienpensantes miraflo-sanisidrinos con respecto a un país que tiende a repudiarlos. 

En lo que respecta a la izquierda progre (JP), su imposibilidad de pasar la valla nos ha privado de figuras de increíble lucidez como Arbizu o «Gahela» Cari. Una pena. Pero lo que más llama la atención es la cantidad ínfima de votos que ha conseguido en sus antiguos bastiones de Cusco –tierra natal de Verónika Mendoza– y Arequipa. ¿Será que Verónika, como ha sentenciado la inmisericorde memecracia, es la Lourdes Flores de la izquierda?

Pero, más allá de la alegría de ver que los sueños caviares se pincharon, ¿qué nos dice este resultado sobre el Perú en 2020? Llama poderosamente la atención que las tres fuerzas que han destacado –Acción Popular, FREPAP y UPP– sean, cada una a su manera, nacionalistas. AP reivindica al «Perú como doctrina» y aún hoy dice ser un partido «nacionalista, democrático y revolucionario». De UPP, ni se diga; su figura estrella, Antauro Humala, es, para todos los efectos prácticos, lo más cercano a un nacional-socialista vernáculo: milicias con polos negros y lábaros con símbolos völkisch. E incluso el Frepap, con su himno Perú privilegiado y su creencia tawantinsuyana en nuestro país como el Nuevo Israel, manifiesta un intenso nacionalismo, teocrático en su caso.

Cada una de estas fuerzas representa un tipo histórico de nacionalismo: nacionalismo romántico del siglo XIX, en el caso de AP; nacionalismo totalitario del siglo XX, en el caso de UPP y nacionalismo sectario-teocrático, quizá del siglo XXI, en el caso del FREPAP. ¿No será que la ola identitaria, del Make America great again, del Brexit y de los populismos nacionalistas ha llegado a nuestras costas, bastante peruanizada, claro está?

Incluso Urresti, el congresista más votado de esta elección con casi medio millón de votos, parece estar calentado en la banca para ser el Duterte peruano del 2021 (no el Bolsonaro, porque Bolsonaro tiene por lo menos algunas ideas).

Finalmente, estas elecciones demuestran también la bancarrota teórica de muchos «analistas políticos» y la necesidad de contemplar la realidad peruana sapiencialmente. No en base a «clivajes» seudoestadísticos sesgados, sino de la mano de la filosofía, la historia e incluso la teología.

César Félix Sánchez
02 de febrero del 2020

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