Francisco Swett
La economía y la felicidad
La felicidad es un bien individual

Las mediciones económicas no reflejan la felicidad o la calidad de vida de las personas. Simón Kuznets, premio Nobel de Economía (1971) y creador de las Cuentas Nacionales expresó, en 1934, que “El bienestar de una nación […].puede difícilmente ser inferido desde las cuentas del ingreso nacional”. Las Cuentas Nacionales no están diseñadas para medir la distribución de la renta, ni para juzgar el bienestar originado en actividades que, teniendo valor contable, contribuyen a deteriorar la calidad de vida. El equipamiento antimotines de la policía y la construcción de más cárceles, por ejemplo, aumentan el tamaño de la economía, pero responden a un deterioro en la calidad de vida; esto es, de la seguridad ciudadana. El ingreso per cápita es una simple división del ingreso para el número de habitantes, pero no revela la distribución y la medida de las oportunidades.
Cabe entonces preguntar: ¿cómo medir la felicidad? O más aún, ¿qué es la felicidad?, y ¿debe ser medida por el estándar de vida o por la calidad de la misma? Daniel Kahneman, otro premio Nobel de Economía (2002) formado como psicólogo, ha expresado al respecto que “existe una necesidad real de distinguir entre vivir una vida plena de satisfacciones y sentirse feliz en un momento dado (v.g. estar de buen humor)”. Kahneman, un neuroeconomista que se especializa en el análisis puntual de los factores que impulsan las motivaciones de las personas, ha diseñado lo que se conoce como el “método de la reconstrucción diaria” (MRD), mediante el cual las personas reconstruyen, paso a paso, los eventos del día anterior y los sentimientos y emociones prevalecientes: paz, estrés, cansancio, pena, alegría. Otra metodología consiste en recaudar información acerca del grado de satisfacción con el que las personas califican sus vidas. Se utilizan cuestionarios sobre diversos temas respecto de los cuales los entrevistados tienen que dar su respuesta basada en medidas de 1 a 10, donde 10 es el grado de mayor satisfacción posible.
Todos estos esfuerzos son notables, pero relativos, para medir la relación entre el bienestar económico y la felicidad individual. La mayor satisfacción de las necesidades materiales aumenta los grados de libertad para alcanzar la felicidad individual. La educación de la persona, por ejemplo, amplía el horizonte de realización individual y aleja al individuo de las limitaciones de tener que vivir una existencia restringida por la rutina y la monotonía. La buena salud es más fácil conservarla si se tiene acceso a mejores estándares de salud pública e higiene. Estar productivamente empleado es siempre mejor, material y mentalmente, que la alternativa de estar desocupado.
En un estudio conjunto llevado a cabo por Amartya Sen (Nobel 1998) y Joseph Stiglitz (2001), ellos concluyeron que se debe dar prelación a la medición del Ingreso Nacional Neto (que incluye la depreciación de los activos fijos, como la infraestructura, la planta y equipos, y las construcciones), y dar más peso a las encuestas de hogares (antes que a los indicadores de desempeño macroeconómico) y a la distribución del consumo y de los ingresos. Es menester explorar las tendencias de la riqueza patrimonial nacional (el ahorro o consumo presente de los ingresos originados en recursos perecibles de capital, como el petróleo); ampliar la medida de actividades no contabilizadas por el mercado, como el ocio disponible (para comparar canastas de consumo contra horas trabajadas); y, finalmente, combinar indicadores de bienestar tales como salud, educación, buen gobierno, permeabilidad social, preservación del ambiente y seguridad ciudadana.
El desarrollo humano no radica en la abundancia de la información, sino en la ejecución de buenas políticas en el tiempo. No hay divorcio entre el crecimiento y el desarrollo, siempre que la política económica apunte a mejorar el funcionamiento del mercado, a incentivar la productividad, a propiciar el desarrollo sustentable y a generar el empleo productivo. La felicidad es un bien individual y el buen vivir forma parte de la cultura, pues uno de los más preciados derechos de la persona radica en lograr que el Estado deje a la gente en paz y se preocupe por cumplir las funciones que el pacto social le ha asignado.
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