Raúl Mendoza Cánepa
Juegos Panamericanos en Lima
Ninguna fiesta bien planeada es un gasto inútil

Desde luego que suena mal que en una recesión un país se postule a ser sede de algo, pero ese es un punto de vista sin cálculo de impacto. Los Panamericanos de 2019 permitieron tener una infraestructura, incluso una villa, lo que permitiría ahora ahorrar en construcción. Aquel año no se preveía una catástrofe sanitaria como fue la pandemia del año siguiente, que impidió buscar el retorno, apenas les dio a los edificios de la villa panamericana una utilidad imprevista, ser una sede de aislamiento de los contagiados por covid.
La situación ha cambiado y la recesión no será una constante, pues se avizora un tiempo de recuperación. Hay dos factores que alimentan la reactivación, uno es la legislación que impida sorpresas totalitarias en 2026 y una inserción en las festividades regionales (para construir vitrinas del Perú en el mundo).
En este caso, se trata de Lima, de tornar a su centro histórico, de hacerla una joya vista por el mundo, desde la exhibición exterior hasta las revistas de las aerolíneas, ¿quién no quisiera desde un avión visitarla al ver la majestad del interior de sus templos? Lima recibió en 2022, alrededor de dos millones de turistas. Vale decir que, durante el año de los Panamericanos, fueron casi cinco millones y podrían ser más si se anticipa una política de promoción internacional de la ciudad. El tema es que, en 2019, gran parte del turismo a Lima (y en gran proporción) fue interno, lo que llama a poner en valor el centro histórico en el mundo.
La mayoría de turistas extranjeros que llegan a Lima gastan alrededor de mil dólares por una visita corta. Se benefician los productores de artesanías, los hospedajes, los museos, los transportes. En 2019 (Panamericanos) fueron 50,000 turistas y 100,000 de las diversas regiones del Perú y se crearon dos mil puestos de trabajo en las mypes. Si son más de S/ 1,000 millones en consumo que las empresas limeñas podrían percibir directamente del turismo deportivo, sería una inversión.
El tema es que es más fácil centrarse en un núcleo pequeño a desarrollar en tres años para reactivar con turismo en 2027. No se trata de la gran Lima, sino del centro histórico, que es ya un patrimonio cultural (UNESCO). Templos magníficos, museos, casonas históricas, restaurantes, subterráneos y catacumbas, plazas, y cuanto haya más por mejorar y recuperar en sus cuadrantes legendarios, será propiciar el turismo del futuro y la puesta en valor como sede de visitas y eventos, que deberían aumentar exponencialmente de cara a la universalización de la ciudad histórica. Decir zona franca gastronómica criolla sería un exceso o quizás no. Recuperar casonas y pasar a la disciplina de la pintura y el orden, ¡qué mejor!
Ninguna fiesta bien planeada es un gasto inútil, todo depende de cuál es el objetivo y el plan. Que el objeto central de la ciudad sea su corazón, su pequeño centro, tantos años abandonado por las empresas en los ochenta y noventa 90 por la vesania terrorista. Que brille otra vez la joya y se ponga en su máximo valor.
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