César Félix Sánchez
Instrucciones para aguantar (espiritualmente) la cuarentena
Para evitar la tristeza y la parálisis espiritual

Quien escribe estas líneas ha pasado una cuarentena, dentro de todo, bastante agradable y fructífera. Ha empezado su largamente postergado estudio sistemático del griego koiné con el simpático manual de Clarence Hale, ha inventado un nuevo juego de mesa de estrategia militar (denominado provisionalmente Batalla de Zarumilla) y, por sobre todo, ha pasado un bonito tiempo de contemplación, juegos, lecturas y oración con su familia, como no lo hacía desde mucho tiempo. Ha practicado, en resumen, la virtud de la eutrapelia, que según Aristóteles y santo Tomás, es la que regula la práctica de la diversión y el ingenio, y es el justo medio entre los vicios del aburrimiento y de la bufonería.
Claro está que decirlo en este momento puede parecer “ofensivo” para ciertas sensibilidades 2.0 que son amigas de estallar en gimoteos y lamentos en las redes sociales para ser observadas y consideradas así como muy solidarias a los ojos del mundo. Pero que no se me malinterprete: la gran cantidad de peruanos que, debido a esta emergencia, están sufriendo mucho deben estar presentes en nuestra caridad concreta mediante obras de misericordia espirituales y corporales. Y esa caridad concreta no significa que uno deba privarse de contemplar la verdad y practicar el bien, incluso si estos actos conllevan una cierta fruitio o alegría sensible. Lo demás es fariseísmo 2.0.
Sin embargo, algunos parientes y amigos no han podido soportar muy bien estos días. Incluso desde antes de que se generalice el teletrabajo o la teleeducación (esas verdaderas torturas, según me cuentan muchos de los que se han visto obligados a practicarlas). Y no era solamente la natural angustia por la incertidumbre o las turbulencias de los primeros días a la hora de crear una rutina para los hijos confinados. Era una suerte de tristeza y parálisis espiritual. Acedia, le llamarían los autores espirituales. O demonio del mediodía, como diría Evagrio Póntico.
Pero ¿qué puede hacerse para evitar esta circunstancia? Ofreceré, en las siguientes líneas, algunos consejos eutrapélicos para hacer más llevadero o incluso disfrutar sanamente este periodo.
1.- Atenerse al briefing. Como dice el libro de Job, la vida es milicia. Un buen soldado se atiene a sus instrucciones y punto. Debemos conocer lo que nos corresponde hacer desde nuestro deber de estado, ya sea, en primer lugar, mantener las medidas de salubridad, teletrabajar, etc..., y poco más.
Volverse un verdadero yonqui de noticias e incluso permanecer leyendo teorías, noticias, rumores alarmantes –o peor aún polemizar con otros expertos hechos en casa o hacer solemnes proclamas de Twitter– incluso en las horas que deberían estar consagradas al sueño es la mejor forma de infiernarse la cuarentena y perder el tiempo monstruosamente.
Quien escribe estas líneas no tiene ni smartphone ni Whatsapp ni Facebook ni Twitter, gracias a Dios, y eso ha sido providencial para aprovechar este tiempo. Idiotizarse con el celular a toda hora era ya degradante antes de la emergencia, ahora puede acabar siendo hasta peligroso.
De ahí la importancia de mantener horarios y hábitos sanos, como acostarse y levantarse temprano y a horarios fijos. Y ayunar de las cataratas de imágenes y ruidos.
2.- Amar la contemplación. En las situaciones críticas se sabe quién es quién muy pronto. El que no se soporta a sí mismo y, por ende, no soporta a los demás y es, en sí mismo, insoportable, podía distraerse antes de la emergencia con millones de estímulos sensibles y efímeros. Ahora, sin embargo, está obligado a tener que pasar muchas horas confrontado consigo mismo. Y puede ser que eso no le resulte agradable.
Cuántas veces no nos hemos encontrado con individuos tales –de todas las tendencias ideológicas y religiosas y de todos los oficios, ¡incluidos los intelectuales!– que siempre, por su naturaleza narcisista y, por ende, materialista, denostaban el cultivo de la metafísica, de la teología y de las artes liberales, por considerarlas “poco útiles” o “fugas” o “estafas” practicadas solo por algunos excéntricos, fracasados en el arte de la transa o del arribismo, las supremas actividades humanas, según su parecer. Pero las situaciones críticas demuestran cómo el cultivo recto de estas disciplinas permite tener una vida interior, más o menos rica, pero que es fundamental a la hora de sobrellevar los vaivenes de lo contingente. Y mirarlos sub specie aeternitatis.
Para Aristóteles, el fin supremo del hombre es la vida teórica; es decir, la contemplación de la Verdad. Y si alguno, durante la cuarentena, ha descubierto la imposibilidad de practicar esta vida teórica –que se ejerce en la oración, en la lectura, en el aprendizaje y práctica de las ciencias y las artes e incluso en una buena conversación inteligente y virtuosa (no de chismografía)– , pues que tome nota de cuán vacío y superficial es. Todavía está a tiempo de enmendarse.
3.- Confiar en Dios. Si por ahí hay algún lector ateo, de los que se ofenden con la sola mención del Objeto Metafísico por excelencia, del Acto Puro, del Motor Inmóvil, del Noes Noeiseos, del Ipsum Esse Subsistens, puede saltarse estas líneas. Eso sí, no le pediré ninguna disculpa.
El creyente, sin embargo, sabe que en verdad no existe en esta tierra ningún problema irresoluble y que todos los cabellos de su cabeza están contados (Mt, 10:30). Por eso puede enfrentarse a la incertidumbre y a la muerte con alegría. Y que la oración es su permanente sostén. Esa es la verdadera esperanza. Aun con las iglesias cerradas.
Antes de que estalle la emergencia, parecía que la humanidad ya no daba más. Nos recordaba la atmósfera viciada de una cabina de Internet urbano-marginal, llena de individuos cansados y podridos de tedio, sobreestimulados con imágenes superficiales o incluso obscenas. Pero quizá esta crisis sea una oportunidad para un renacimiento espiritual de Occidente. O no.
Sea lo que fuere, me gustaría terminar con un fragmento del hermosísimo Acto de Confianza de san Claudio de Colombière y ofrecérsela a todos los que sufren, con o sin culpa suya, en estos momentos:
Los hombres pueden despojarme de los bienes y de la reputación; las enfermedades pueden quitarme las fuerzas y los medios de serviros; yo mismo puedo perder vuestra gracia por el pecado; pero no perderé mi esperanza; la conservaré hasta el último instante de mi vida y serán inútiles todos los esfuerzos de los demonios del infierno para arrancármela. Dormiré y descansaré en paz. Que otros esperen su felicidad de su riqueza o de sus talentos; que se apoyen sobre la inocencia de su vida, o sobre el rigor de su penitencia, o sobre el número de sus buenas obras, o sobre el fervor de sus oraciones. En cuanto a mí, Señor, toda mi confianza es mi confianza misma. Porque Tú, Señor, solo Tú, has asegurado mi esperanza. (…) Bien conozco ¡ah! Demasiado lo conozco, que soy frágil e inconstante; sé cuánto pueden las tentaciones contra la virtud más firme; he visto caer los astros del cielo y las columnas del firmamento; pero nada de esto puede aterrarme. Mientras mantenga firme mi esperanza, me conservaré a cubierto de todas las calamidades; y estoy seguro de esperar siempre, porque espero igualmente esta invariable esperanza.
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