César Félix Sánchez

Hugo Blanco en tiempos de pandemia

Ni el fin ni los medios de Blanco eran justos, morales o pacíficos

Hugo Blanco en tiempos de pandemia
César Félix Sánchez
22 de junio del 2020


Los a veces adormilados defensores de las instituciones fundamentales de nuestro país reaccionaron de manera bastante saludable a las noticias de una financiación pública, a guisa de premio (solo un poco menor al «regalito» a Richard Swing), para la distribución de un filme documental consagrado a ensalzar la figura de Hugo Blanco. Más vale tarde que nunca.

El año pasado fue verdaderamente un annus horribilis en lo que respecta a la batalla cultural librada contra el «modelo» y contra la sociedad peruana tradicional por parte de los operadores culturales izquierdistas. El Festival de Cine de la PUCP del 2109 fue una escandalosa muestra de revisionismo chic y de ensalzamiento de figuras como Velasco, Javier Heraud y Hugo Blanco. Incluso, hasta Abimael Guzmán tuvo su lugarcito en medio de esa pasarela, por intermedio de su sobrina. También, claro está, hubo su ración de filmes sobre transgéneros y LGTBIPQ+. Revolucionarios antiguos y modernos para todos los gustos. Era gracioso observar cómo atildados hipsters, señoras distinguidas y otros especímenes de la fauna culturosa limeña atendían con fascinación real o fingida espectáculos que exaltaban frívolamente a individuos que, de haber triunfado, los habrían colgado de los postes, convertido en pioneritos de uniforme único y ración de 250 calorías al día o exiliado en Arica, Guayaquil o Miami. 

Vi el filme de marras y se me hizo monstruosamente largo. Y eso que uno está curtido en documentales larguísimos como La hora de los hornos o Le chagrin et la pitié. Quizá la visión descafeinada y posmoderna de Blanco para uso de adolescentes incultos pero sentimentales, o el comentario ingenuo y cansino de la directora que acompaña todo el documental o la fotografía chapucera contribuyeron a hacerlo anestésico hasta el extremo. Pero lo curioso es que las localidades estaban agotadas y solo pude ver el filme en un tercer intento. 

Mi primer recuerdo de este personaje se lo debo a mi difunta abuela doña Olga Paredes y Paredes, para quien la decadencia de la república del Perú llegó a su culminación cuando Hugo Blanco entró a la Constituyente de 1978 con una soga por correa. Pero ¿cuál es la valoración real que podemos hacer de Blanco y su gesta? ¿Será, como dice Sigrid Bazán, un dirigente que ha luchado toda su vida por causas justas al que la derecha maldita «insulta de la peor forma»? 

Lo cierto es que Hugo Blanco era un trotskista; es decir, un opositor de izquierda a Stalin que quiso convertir al Perú en un estado totalitario modelado, según el ejemplo del comunismo de guerra leninista y cuyo maestro y líder era nada más ni nada menos que Liev Davidovich Bronstein, el creador de esa máquina de filantropía sistemática llamada Ejército Rojo y cuya actuación durante la guerra civil rusa fue una de las manifestaciones más grandes de violencia que Eurasia haya visto desde los tiempos de Gengis Kan. Ese era su fin. Sus medios fueron la radicalización y militarización de los sindicatos campesinos de La Convención y Lares, con una actuación tan errática y violenta que incluso el mismo Partido Comunista oficial cusqueño pidió al Gobierno que lo capture (Jan Lust, Lucha revolucionaria. Perú, 1958-1967, RBA Libros, Lima, Barcelona, p. 87). Finalmente, luego de la reforma agraria decretada en esas comarcas por la Junta Militar de 1962 (realizada según designios «privatistas» y «capitalistas» que Blanco abominaba), los mismos campesinos lo abandonaron y acabó siendo capturado por la fuerza pública. 

En conclusión: ni el fin ni los medios de Blanco eran justos, morales, pacíficos o siquiera racionales. Eran medios violentos e injustos para fines aún más violentos e injustos. Y de la misma manera, figuras quizá más simpáticas, pero más peligrosas, como el poeta Javier Heraud o el aristocrático Luis de la Puente Uceda utilizaron medios injustos para un fin que no era «ayudar a los pobres» o «protestar contra las injusticias» sino establecer un estado totalitario como la Cuba de Castro o la China de Mao, entusiastas y generosas promotoras del ELN y del MIR, respectivamente. 

Blanco fue el primero en romantizar y practicar la violencia política con fines totalitarios en el Perú. De esos vientos salieron las tempestades de 1980 a 1992. Es indignante que el gobierno utilice nuestro dinero para promover su imagen: nos están haciendo pagar a todos la soga con la que nos quieren ahorcar.

César Félix Sánchez
22 de junio del 2020

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