César Félix Sánchez

Huachaferías violentas

Reacciones de los progresistas peruanos ante el caso Floyd

Huachaferías violentas
César Félix Sánchez
08 de junio del 2020


Como no podía ser de otra forma, nuestros bienpensantes han reaccionado a la muerte de George Floyd con el consabido alboroto ante cualquier
trending topic viralizado en las redes sociales de origen extranjero. Por puro instinto mimético, como siempre.

Incluso Martín Vizcarra gastó tiempo en su mensaje del 4 de junio para sumarse a las condenas, calificando el asunto de una «muestra de racismo y discriminación». Como si no fuera suficiente el desastre en el que estamos, tenemos a nuestro presidente de opinador internacional sobre asuntos que le conciernen bastante poco y que probablemente tampoco comprenda. Habría que ver si se le ocurrió condenar también la violencia de la represión china en las protestas de Hong Kong del 2019 o el tráfico de órganos de prisioneros perseguidos por su religión, por parte de la dictadura china, probado el año pasado por un tribunal independiente inglés. O cualesquiera otras injusticias que ocurren en el mundo, mucho más graves que la lamentable muerte de Floyd, por el número de víctimas, por la vesania y crueldad con la que se realizan y, principalmente, por ser acciones sistemáticas perpetradas por estados; antes que actos muy condenables, pero realmente aislados y en un contexto policial, en un país cuyo récord en respeto a los derechos humanos y a las garantías civiles es muchísimo más alto que el maravilloso Perú de Vizcarra. 

Los verdaderos genocidios, las verdaderas crueldades nacidas de discriminaciones reales, caen en el silencio más elocuente. Alguien podrá decir que sería absurdo que el presidente tenga que pronunciarse por todas las injusticias que ocurren en el mundo. Por supuesto: por eso lo mejor es que, en lugar de accionar sus órganos fonadores para hablar sinsentidos que cree que podrían hacerlo más popular en los ámbitos de la burguesía tuitera, debería procurar remediar las injusticias que tiene a mano. Por ejemplo, la práctica pérdida del año escolar por estudiantes de colegios en provincias y distritos del interior del país donde no hay Covid-19, pero que siguen bajo la extraña cuarentena. O preocuparse de cuidar a sus propios funcionarios de la enfermedad, como el doctor Óscar Ugarte, exministro del odiado gobierno fujiaprista de García; pero que, a diferencia de los epidemiólogos de salón o de otros expertos cultores del arte de la pseudoconferencia de prensa, sí fue a la línea de batalla en Loreto y comprobó en carne propia el maltrato y desatención del Estado hacia el personal de salud. 

Salvo, claro está, que el presidente Vizcarra tenga una imperiosa necesidad de referirse al caso Floyd para congraciarse con sus nuevos amos pekineses o para tratar de conseguir posicionarse como un Trudeau andino «sensible» ante los hipsters locales. En ambos casos sería una repugnante instrumentalización política de una tragedia humana. Nada que nos sorprenda en la richardswingcracia actual

Sin embargo, ninguna de las huachaferías progres se compara a la descomunal catarata de idiocias vertidas por el publicista y escritor Gustavo Rodríguez en su columna Mejor dicho, cállate (6/6/2020). Allí critica la opinión de un amigo suyo (R.), quien afirma: «¡¿Cómo se va a protestar contra la violencia usando la violencia?!» ante las manifestaciones violentas, que incluyen asesinatos, saqueos e incendios de los «antifa» norteamericanos. Luego relata una anécdota de infancia, cuando fue al cine con este amigo, quien se congratuló con una escena de la película en que un niño agredido se defiende de un abusivo con un palo. Y en este punto Rodríguez hace uso de una lógica insuperable: «¿Por qué R. se solidarizó con la respuesta violenta del chico en la película y no ahora con la respuesta violenta en las protestas?». ¿No será porque la escena de la película reflejaba un acto específico de legítima defensa, mientras que la violencia de los manifestantes de Estados Unidos se dirige no contra Derek Chauvin o cualquier agresor en el momento de cometer alguna injusticia, sino contra la propiedad pública, la privada e incluso contra la vida misma de otros afroamericanos que no tienen nada que ver con el asunto? 

Para nada, puesto que la lógica superior de Rodríguez nos revela la verdadera respuesta: «Pero, tal vez, el verdadero motivo tras su publicación es que, para los estándares peruanos, mi amigo es blanco». Y pasa a enumerar un montón de circunstancias de «injusticia racial» por las que su amigo no ha pasado –pues los «ancestros de R. llegaron a este continente a esclavizar, no a ser esclavos»– y que evidentemente le quitan el derecho a opinar sobre este asunto. 

Estamos, señoras y señores, ante una nueva versión, mucho más primitiva, del viejo rollo maoísta de que la violencia del «oprimido» se justifica, y que es una suerte de reacción no solo natural y deseable contra «injusticias estructurales» indemostrables o patentemente irreales en los Estados Unidos actuales. La ley, la propiedad ajena y la vida serían entonces totalmente violables si es que se hace en el contexto de un movimiento histórico positivo. Y que cualquiera que no pertenezca a los «oprimidos» no solo no puede opinar, sino que tampoco puede ver la realidad. En el caso de Rodríguez la cosa es aún más peligrosa, porque esa ceguera se expresa por causa de la supuesta pertenencia de su amigo a una raza. ¡Hemos vuelto al Mito del siglo XX!

Claro está que hay una gran diferencia entre los viejos bolcheviques y los viejos nazis, más sinceros y rotundos en sus afirmaciones, y las constantes apelaciones al sentimiento y al ad hominem, a veces francamente ridículas, en las que cae Rodríguez. Pero una sola cosa, que sepan sus amigos y empleadores «blancos» con los que convive y trabaja: este señor está más que dispuesto a quitarles el derecho a opinar en favor de la paz y el respeto a los demás, solo por sus orígenes raciales, y a romantizar y relativizar la violencia y la violación a la ley. Lo curioso es que Rodríguez no es precisamente un afrodescendiente, un indígena o un oprimido. ¿No estarán también sus puntos de vista viciados por su condición privilegiada, siguiendo su misma lógica? 

Pero no pidamos coherencia al progrerío. Para El Comercio, los manifestantes pacíficos y legales contra la «nueva normalidad» en Alemania eran «extremistas» que ponían en peligro la salud pública, mientras que los violentos antifa de Estados Unidos que saquean e incendian sin siquiera usar barbijos son simples «manifestantes» a secas. Finalmente, cabe señalar que George Floyd fue despedido de su trabajo, por razón de la cuarentena, tan amada por los fascioprogres. Que en paz descanse, lejos de las violencias y huachaferías que se cometen en su nombre.

César Félix Sánchez
08 de junio del 2020

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