César Félix Sánchez

¿Fortalecer a los partidos políticos?

Democracia peruana no depende de la fortaleza de los partidos

¿Fortalecer a los partidos políticos?
César Félix Sánchez
04 de marzo del 2020


Hay que tener cuidado con los
apriorismos políticos. Es decir, con las medidas políticas coyunturales que se presentan como indiscutibles –y más aún en nuestro gregario y arrebañado país–, con aquellas que se venden como eslóganes vacíos que tienen que ser repetidos –sin ser necesariamente entendidos– si es que se quiere ser in y nice, y no permanecer en la gehena del fujimontesinismo, de la DBA o cualquier otra etiqueta con la que los bienpensantes bulean a la gente. Pero eso sí, lejos de mí el querer reivindicar un maquiavelismo; eso es, una visión de la política, iuxta propria principia. Es decir, independiente de la moral o de la sabiduría, y que se justifica a sí misma solo en la medida del éxito en obtener y conservar el poder. La política tiene dogmas, claro está, pero dogmas prepolíticos, que encuentran su demostración en el ámbito de lo filosófico y lo teológico. Pero, en materia procedimental y prudencial –plenamente política– no hay ninguno. Es curioso, pero en nuestros lares, casi siempre todos los que se precian de su escepticismo filosófico e iconoclastia religiosa, demuestran ser más integristas en la defensa de sus procedimientos coyunturales inventados y sus eslóganes efímeros inexplicables que un cadí afgano defendiendo la inerrancia de cualquier sura del Corán. En fin: paradojas del caviaraje.

La cuestión que quisiera traer a debate ahora es uno de los lemas más repetidos desde 1992, por lo menos. Es el mantra que dice así: “debemos fortalecer a los partidos políticos”. Y tiene un corolario: “la democracia en el Perú depende de la fortaleza de los partidos políticos”. Claro está que quienes repiten el mantra y su corolario consideran al término “democracia” como sinónimo de bien común. Sea lo que fuere, ¿es en verdad así? ¿Fuera de los partidos no hay salvación?

¿Nos ha ido tan mal con partidos supuestamente débiles como hasta ahora? ¿Nos iba acaso mejor en el maravilloso año, pongamos, 1985, en el que vivíamos en el paraíso de los partidos con un APRA jerárquico y masivo, mayoritario en ambas cámaras, seguido por el superfrente de frentes marxistas Izquierda Unida, que era todo un baúl de tesoros y sorpresas conformado por decenas de partidos, cada uno de los cuales tenía su respectivo secretario general y su politburó, así como sus activas células esparcidas, como la leucemia, a lo largo de todo el Perú, en estricta obediencia a la rigurosa institucionalidad leninista? 

Hagamos un ejercicio de ucronía. Imaginémonos que el malvado villano Fujimori no hubiera destruido el sistema partidario vigente (sabemos que no lo hizo él y que el mismo sistema fue el que se autodestruyó, pero sigámosle la corriente al mito progre). Hubiéramos tenido en 1995 una segunda vuelta entre Henry Pease y Alan García, quizá, y ahora seríamos una suerte de Moldavia sudamericana, con un pequeño San Vicente del Caguán en el VRAEM o donde sea, y con años de rondas de negociaciones interminables con una reducida y aggiornada narcoguerrilla. Porque nadie me podrá convencer de que sin la ley del arrepentimiento, los tribunales sin rostro, la dación de la cadena perpetua, el paso al fuero militar de los casos de terrorismo e incluso la Cofopri –imposibles sin la “quiebra” de 1992– se hubiera logrado volatilizar la amenaza terrorista con la misma rapidez y efectividad con la que se hizo.

Imaginémonos también que el partido nacionalista de Humala hubiera sido una estructura institucionalizada, con sólidos fundamentos doctrinarios, y no una cosa hecha al momento. ¿Creen ustedes que las bases y los cuadros del partido habrían tolerado la Hoja de Ruta y que aquel régimen hubiera evolucionado pacífica y casi instantáneamente del chavismo a la moderación oportunista?

Finalmente, con partidocracias más institucionalizadas –como la de Colombia, donde los testigos de casos de corrupción tienen la mala costumbre de morirse, o la de Argentina, donde personajes como Menem pueden ser prácticamente canonizados en vida y blindados de cualquier intento de investigación(*)–, ¿alguien cree que los procesos de Lava Jato y anexos, con tantos políticos procesados y que tanto orgullo producen a la progresía, se habrían producido? 

Hay que fortalecer a los partidos, dicen. ¿Y quién nos protege de los partidos? ¿Son acaso los únicos medios con los que puede participar la sociedad en las labores del gobierno? El mismo voto preferencial, convertido ahora en el cuco extremo, ¿no es en algo el voto por una persona, antes que por una abstracción jurídica que devora las individualidades y las «disciplina» en base a criterios y «políticas» decididas por lobbies muy pequeños? ¿No es preferible el vientre de alquiler creado por un comerciante informal enriquecido, pero con contacto con la realidad y con una especial debilidad-flexibilidad para adaptarse a los cuerpos intermedios pr-estatales –que son los órganos verdaderos de lo que Vásquez de Mella llamaba «la soberanía social»– a una máquina burocrática financiada por el Estado y liderada por ideólogos autistas y utópicos cebados en oenegés y en chiringuitos infecundos? 

No conozco todavía la respuesta a estas preguntas. Pero creo que hay que hacérnoslas y empezar un debate radical –en el sentido de ir a la raíz– sobre estas cuestiones y no quedarse en la mera repetición de eslóganes vacíos.

* El ejemplo de Menem lo usó Fernando Carvalho en RPP ante un «politólogo» que ponía a Argentina como ejemplo a seguir en institucionalización político-partidaria. Al «politólogo» no le quedó más que callarse y reír mirando al suelo.

César Félix Sánchez
04 de marzo del 2020

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