Francisco Swett

Fascismo bolchevique: siglo XXI

Los aparentes reductos ideológicos de los extremos se juntan

Fascismo bolchevique: siglo XXI
Francisco Swett
03 de junio del 2019

 

Timothy Snyder —profesor en la Universidad de Yale y autoridad en la historia de Europa Central y Oriental, y del Holocausto— escribió años atrás (febrero 2013) un artículo en el que sugestivamente argumenta que la geopolítica de Putin se sustenta en el renacimiento del fascismo disfrazado con el membrete de “nacional bolchevismo”. Las ofensivas rusas en Ucrania y anexión de Crimea, la invasión de Georgia y ocupación de Ingusetia, la intervención en Siria, la irrupción en el proceso electoral americano y el apoyo a Maduro son todas muestras de un agresivo juego de poder; y en el caso de la anexión de Crimea, es una copia carbón, en el tiempo, de la  Anschluss de Austria al Tercer Reich por los nazis (1938).

Pretendiendo encasillar a los oponentes bajo la categoría de fascistas, los verdaderos promotores de la doctrina son, precisamente, los que vociferan y dan lecciones de falsa historia. Refiriéndose a la Unión Euroasiática, Snyder afirma que es el enemigo de la Unión Europea, no solamente estratégica sino ideológicamente. El pacto de la Unión Europea, sustentado en la libertad de los mercados y personas, y en la vigencia del estado de bienestar, propone evitar la recurrencia de ideologías falsas y peligrosas como el nacional socialismo y el estalinismo, que derivaron en las guerras del siglo XX. La premisa del eurasianismo, por el contrario, es la antítesis de la democracia liberal; su ideólogo, Aleksandr Dugin, un politólogo ruso, propone que los políticos del siglo XXI deben escoger los elementos más útiles de las descartadas doctrinas totalitarias, tal como lo expresa en su libro Los fundamentos de la Geopolítica, texto que es fiel al pensamiento de Carl Schmitt, el teórico del nazismo.

El líder del movimiento, Sergei Glazyev, economista y fundador de un partido de extrema derecha denominado Rodina (La Patria), ha concebido una plataforma política que se basa en estrafalarias teorías de conspiraciones propiciadas por los intereses protervos de Occidente, llegando a utilizar propaganda violentamente antigay (“…. hay que cortarles el corazón e incinerarlos”) para argumentar que la razón de los europeos para atraer a Ucrania hacia su órbita es “legalizar los matrimonios gay”. El nazismo y el estalinismo tienen en común el odio visceral a los judíos, situación que —para resolverse— exige la solución de segregación, discriminación, confiscación, prisión y asesinato. La purificación étnica del neocomunismo, concluye Snyder, guía la lógica del nacional bolchevismo, ideología que constituye la columna vertebral de la Unión Euroasiática.

¿Quién puede entonces tomar en serio a estos supuestos antifascistas? Históricamente no pueden reclamar para sí la derrota del nazismo, derrota que la infringió el ejército soviético, y no el ruso, cuyas filas estaban desproporcionadamente representadas por ucranianos. En el frente occidental la victoria fue de los Aliados, quienes cometieron el grave error de ignorar las advertencias de Churchill y permitir que se extienda la Cortina de Hierro. No fueron tampoco los rusos, cuyo territorio fue invadido en tan solo un 5%, los que más sufrieron directamente los horrores de la Guerra, pues las víctimas hay que hallarlas entre judíos, ucranianos y bielorrusos. ¿Es que acaso no firmaron el pacto de paz Stalin y Hitler para repartirse Europa? ¿Y es que acaso también las tácticas y plataformas gemelas no revelan su genética común como los verdaderos herederos del fascismo?

Es en circunstancias como estas cuando muchos de los miembros de las Naciones Unidas, incluyendo estados clientelares o fallidos —como Bolivia, Cuba, Nicaragua, Corea del Norte, Zimbabue y Siria— sacan a relucir su bagaje de ignorancia e ideología antidemocrática y muestran sus colores como fieles adeptos del fascismo bolchevique del siglo XXI. Los aparentes reductos ideológicos de los extremos se juntan en el singular propósito de falsear la historia e imponer el totalitarismo.

 

Francisco Swett
03 de junio del 2019

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