Carlos Rivera

El músculo poético

Un perfil del poeta arequipeño Oswaldo Chanove

El músculo poético
Carlos Rivera
31 de marzo del 2023


Apuntes sin control  

Oswaldo Chanove parece tener todas las palabras bajo su autoridad, y el poder de someter a las artes (el cine, la pintura o la música) a las conveniencias de su escritura. Pareciera creador de todos los bálsamos, colores, sonidos y de bizarros ángulos del espacio, la memoria o de la historia. Todo se somete a él cuando le da la venerable gana de crear algo (en verso o en prosa). 

El soplo divino de su arte se desplaza cómodamente por la poesía, la novela o la crónica periodística. Es un bendito-maldecido con la belleza del verbo. Un día ensaya un tierno perfil de Julia Pastrana, la mujer mexicana más fea del mundo, y nos adentra en breves  líneas de la aventura de esta dama por el mundo y sus avatares para llegar a su pueblo (Sinaloa, México) aunque sea un puñado de huesos luego de haber sido exhibida en circos y prestigiosas universidades del mundo, ser amada a pesar de hacer negocio con su aparente “monstruosidad”. O aquellas aproximaciones filosóficas del artículo “The Matrix. Instrumentos de navegación” describiéndonos la prestidigitación artística de la saga de los hermanos (hoy hermanas) Wachowski para concebir la estética de un film que no solo cuenta una historia sino, cuestiona la realidad y el tiempo en clave de artes marciales, digitalización y matemática.

Nos dice en registro de cinéfilo y esteta: “Pero el asunto filosófico no se limita al asunto de realidad e imaginación. Está también el importante asunto de que el ingrediente principal del cielo es la ignorancia. O aquella cuestión de que para doblar una cuchara sólo con una mirada ardiente es imprescindible tener la certeza de que la cuchara no existe. En realidad algunos han llegado a afirmar que Matrix es el equivalente a un test de Rorschach, donde los pensadores detectan las ideas de la escuela de su preferencia: existencialismo, marxismo, feminismo, budismo, nihilismo, posmodernismo, etc.” 

Escribe de arte, cine, literatura o se inventa cualquier historia distópica en la cadenciosa batalla con los sustantivos o vocablos. Chanove cocina la palabra como un poseso chef para lograr el perfecto punto de cocción a las circunstancias de una agitación atómica (Motor de combustión interna) o de un delirio sentimental (El héroe y su relación con la heroína) o la ciencia desplegada en diálogos en verso (Plexo solar). Como la carne que siempre debe estar en su punto de sangre y brasa, y no en el exceso del fuego que estropea su sabor y sus jugos fibrosos. Diseña al mejor estilo de un arquitecto las miles de formas de un recuerdo. Puede construir un sabor cuadrado, un aroma rombo, texturas lineales o trazos fastuosos intentando registrar un concepto.

Sibarita, arquitecto, músico, director de cine, pintor y hasta se ha dado tiempo de hacerla de un “capitán de caballería que le canta a su prostituta pelirroja”. No ostenta la multiplicidad de las profesiones sino la intuición de los oficios, el quid de las especialidades para estrictos propósitos del arte. Tiene la mirada del equilibrista sorteando el vértigo con su plástico organismo de poeta ante cualquier síntoma creativo. 

Hace de la palabra una forma de ballet, un homenaje a la danza, una película cuadro por cuadro, un revival estéreo o un hit setentero. Puede sacarla a bailar, hacerle el amor en plena pista de baile y luego de la irrespetuosa performance someterla a una intensa purificación con una balada de Schumann o un buen blues de Hendrix. Cumplida la ardorosa faena la conduce dócilmente a cabriolear una clásica salsa de los Fania All-Stars y va llevándola dormida en sus brazos y agotada, la palabra reposa en sus hombros acurrucadita ante el buen trato de este amante que nunca la lastima ni le levanta falsos. Un amante que solo la coquetea y la resguarda como caballero templario. 

Chanove no es ni sabio ni chamán. Es un outsider, un genio tímido que no asume aún su papel de mito viviente. Tampoco le da la gana. Con sus lentes y su pose de contador público parecen camuflar al virtuoso. Se avergüenza de sentirse aplaudido y querido por sus seguidores (que son muchos) quienes han sucumbido —de puro goce— a su literatura: “La poesía sale cuando tiene que salir, no cuando a uno le dé la gana”.

Su poesía es para leerla en voz alta, a do de pecho, a grito pelado en una montaña, bajo una sábana mientras acariciamos la foto de nuestro codiciado amor, en la triste mesa de una cantina con dos cervezas o un anís najar, bajo un árbol, bajo la cama de puro miedo que venga el fin del mundo. Su poesía instintiva está llena de ciencia y conocimientos complejos. Su intuición es ilustrada y se alimenta de la alquimia como de las ciencias duras o “blandas”. Chanove es capaz de hacer un poemario sobre el Colisionador de Hadrones que está en Ginebra, Suiza. 

El buen salvaje 

Oswaldo Chanove es un arequipeño nacido en 1953, ha vivido casi toda su vida entre Arequipa y El Paso (Texas, Estados Unidos) con algunos intervalos entre Costa Rica y Chile. Tuvo un lapsus en Cusco para escribir su novela Inka Trail. Fue parte de la revista Ómnibus y Macho Cabrío y alguna vez fungió de burócrata en el Centro Cultural Chávez de la Rosa, de la Universidad Nacional de San Agustín en los tiempos de Juan Manuel Guillén Benavides como rector. Allí formó una videoteca y un cineclub. Por el bienestar de una ciudad dormida tuvimos locuras hechas con altura de poetas.

Es cosmopolita y sibarita. Amante de la picantería arequipeña y comensal de buenas viandas. Ama tanto a esta tierra que le ha dedicado soberbios retratos a sus noches y ambientes que revisten de gusto a gentes que posan sus ojos sobre estos párrafos —o versos— perdurables. La quiere con el universal arte de su ciudadanía global. 

Un repaso a su Obra reunida. Poesía y prosa editada por el Gobierno Regional de Arequipa en el 2012 o cualquier rincón de su página web “Crónicas del instante” resulta un itinerario delicioso de la calidad de sus trabajos. No gusta de la mediatización de su imagen y por eso no le vemos acaramelado y posando con sus logros de artista(a pesar de tener muchos reconocimientos).

Cuando tiene algo que decir o mostrar sale de su guarida y va a sortear las multitudes ansiosas de recibir sus ilustradas palabras de zahorí. Se acomoda los lentes, saluda a sus presentadores de la mesa quienes ya hicieron lo suyo; saca un papel y trata de ver de frente al auditorio pero le gana la timidez y va leyendo despacio y casi con vergüenza. De pronto, sus palabras nos atraviesan la piel, vulnera nuestros ojos y las neuronas de nuestro cerebro. El músculo poético se hace verbo. 

“¿Qué es una obra maestra?” Se pregunta el poeta “Tal vez no es otra cosa que un milagro”, se responde a sí mismo, casi como un profeta. Ahora si podemos persignarnos ante el milagro de su obra (ilustre).

Foto:  Hermann Bouroncle

Carlos Rivera
31 de marzo del 2023

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