Rocío Valverde

El dentista: cazador de golosos

Sobre las inevitables visitas al consultorio de este especialista

El dentista: cazador de golosos
Rocío Valverde
06 de marzo del 2017

Sobre las inevitables visitas al consultorio de este especialista

El día sábado desperté sabiendo que tenía una cita con el dentista. Debía hacerme una limpieza y un chequeo dental para poder entrar en un plan dental que te permite no tener que vender un riñón y empeñar los anillos para poder pagar el empaste de una muela. Nunca he sido fan del dentista porque mi niñez estuvo llena de fines de semana yendo religiosamente con mi padre a Essalud, donde todo eran agujas, extracciones y ese infernal e inconfundible sonido del taladro, que de solo pensarlo me hace salivar.

El sábado, al entrar, me dieron un formulario que debía responder para que el dentista pueda tener una idea de mis antecedentes médicos. Había un recuadro final que preguntaba si sufría de ansiedad dental, honestamente pensé que me estaban preguntando que si sentía ansiedad sobre lo que le podía ocurrir a mis dientes. Es decir, pensaba que me estaban preguntando que si soñaba que perdía los incisivos en un accidente de tráfico, si fantaseaba que mis coronas se caían dejando desnudos los clavos que están fijados en mi mandíbula, o que el esmalte de los dientes se disolvía al tomar una gaseosa. Llena ahora sí de ansiedad fui a preguntarle a la recepcionista exactamente a qué se refería.

La recepcionista soltó una carcajada cuando le conté las pesadillas que habitaban mi mente. “No, querida. Queremos saber si tienes una fobia o si te produce ansiedad visitar al dentista, así podemos inyectarte un sedante”. ¿Un sedante? ¡Qué maravilla es la sanidad privada! Me lo pensé un rato, pero acabé rechazando la oferta porque estoy curada de espanto de las reacciones adversas que producen las drogas. Un chute de valium y acabo en Youtube cantando "Un mundo ideal" de Aladdin.

Entré al consultorio y un dentista, que olía a plata, comenzó a tomar radiografías de mis dientes. Luego de la segunda radiografía me preguntó: ¿Eres golosa? Ya me jodí, esto había sido una trampa. Esto debía de ser una intervención de mis compañeros de trabajo al ver la colección de envoltorios de chocolatinas en mi bolso. Los judas debían de haber venido antes que yo. Pero van a ver el lunes- “Rocío, te gustan los dulces verdad? ¿En qué forma comes dulces? ¿Chocolate, caramelos, galletas?”. Por planear mis venganzas personales no había respondido la pregunta. Sí, me gustan los dulces, pero sobre todo me encantan los chocolates. “¿Te puedo convencer de que reduzcas a cero tu consumo?”, me dijo mientras me mostraba su gigantesca sonrisa de oreja a oreja.

¿Reducir mi consumo a cero? Giré la cabeza mientras me acariciaba el mentón. ¿Yo? ¿A mis veintipocos quieres que deje de comer chocolate? No bebo, no fumo, no tomo gaseosas, no como carne, raramente pido deliverys, camino en lugar de tomar el tren, compro maquillaje no testado en animales, doy a los pobres, dono mi ropa todos los años, ahorro agua, he cambiado todas mis bombillas a LED. Mi única debilidad es el chocolate. Además siempre pienso en los orangutanes y compro chocolate libre de aceite de palma; es decir ni KitKat ni Ferrero Rocher ni M&M. ¿Y tienes la cara de pedirme que lo deje? ¿Pero esto qué es? ¿Es que acaso la vida no toma en cuanta mis buenas acciones? ¡Esto es una estafa! Le pediré explicaciones a mi monje.

Claro, todo esto se me pasó por la cabeza, pero por la boca solo respondí, mostrando mis aperlados dientes, que la verdad no pensaba dejar de comer chocolate. El dentista me dijo que al menos era sincera, pero debía instarme a reducir la cantidad y sobre todo dejar de comer el chocolate que sabe he estado comiendo todos los días. Y además quería saber el nombre del culpable de mi única caries. Canté como un canario y le di la lista de los culpables para poder irme.

Si supiera que me he bajado cincuenta tejas de azúcar entre agosto y enero me mandaría la cura del sueño. En fin, fui a pagar por la limpieza dental y la próxima consulta de la caries y me clavaron una daga envenenada directa a la billetera. Trescientas quince libras, S/. 1,300 por una caries y una limpieza dental. Ya veo el porqué del estereotipo de que los británicos tienen feos dientes.

Hasta siempre chocolate. Arrivederci tiramisú. Tejas de Ica nos vemos en diciembre. Billetera mata galán.

Rocío Valverde

 
Rocío Valverde
06 de marzo del 2017

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