Francisco Swett
El Decálogo Liberal de Bertrand Russell
Principios definen el pensamiento crítico moderno

Bertrand Russell fue un personaje singular, de noble cuna (tercer vizconde Russell), nacido en la Inglaterra Victoriana en 1872. Fue educado en un medio de privilegio, influyente y nada convencional toda vez que sus padres advocaban ya en aquella época el control de la natalidad; tuvo como tutor a John Stuart Mill, exponente del utilitarismo de Jeremy Bentham y de su padre James Mill y, por sus propios medios, filósofo e influyente polímata que avanzó el desarrollo de la economía política y la teoría y fundamentos de las ciencias políticas. Huérfano a muy temprana edad, Bertrand y su hermano fueron criados por su abuela paterna quien no obstante ser observante de la Iglesia Presbiteriana, aceptaba el darwinismo y peticionó que sus nietos sean criados como agnósticos.
En su larga vida adulta Russell fue, por épocas, liberal, socialista “light”, activista anti imperialista y pacifista. Poseedor de un genio polifacético, llegaría, tal como su tutor, a destacarse como un notable filósofo (fundador de la filosofía analítica, e impulsador del estudio de la epistemología); matemático (influyente en el desarrollo de la teoría de conjuntos, la ciencia de la computación y la inteligencia artificial); lógico (autor con A. N. Whitehead de “Principia Mathematica” un tratado que sentó las bases de las matemáticas en la lógica), e historiador. En sus años postreros se distinguió como crítico de los totalitarismos de Hitler y Stalin; fue opositor a la guerra de Vietnam; y peleó contra el armamentismo nuclear. En 1950 recibió el premio Nobel de Literatura “en reconocimiento a sus varios e influyentes escritos, en los que se erigió como campeón de los ideales humanitarios y de la libertad de pensamiento”.
Me he explayado en datos biográficos del personaje para destacar sus credenciales como un intelectual de peso pesado y para incursionar en su Decálogo Liberal, un micro manifiesto publicado en 1951 en el que elabora los principios que deben guiar la formación de la persona. Russell afirma que la mejor respuesta contra el fanatismo reside en el Liberalismo, cuya visión la resume en un decálogo tan influyente para muchos como el original.
Los diez principios abarcan, en su orden:
La duda sistémica, cuyo enunciado es que nada es absolutamente cierto.
La franqueza, que demanda no esconder la evidencia que eventualmente saldrá a la luz.
La apertura a las ideas, pues el cierre de la mente es exitoso en engendrar la ignorancia colectiva.
La argumentación razonable, ya que las victorias sustentadas exclusivamente en la circunstancia de la autoridad son irreales e ilusorias. Y relacionado a ello el desafío a la autoridad, pues la autoridad de hoy es el perseguido de mañana.
La tolerancia de las opiniones contrarias consideradas perniciosas, porque de no hacerlo, tales opiniones le pasarán la cuenta.
La confianza requerida para mantener las opiniones de uno, aun cuando sean consideradas excéntricas toda vez que las opiniones hoy aceptadas fueron excéntricas en su origen.
La preferencia por la disensión inteligente antes que por la aceptación pasiva: para el inteligente la disensión razonada destaca un mayor acuerdo que la pasividad del asentimiento no crítico.
El amor a la verdad aun cuando ésta sea inconveniente, porque será aún más inconveniente cuando se trate de esconderla y sea descubierta.
Y la ausencia de la envidia respecto de quienes habitan en el paraíso de los pérfidos, porque solamente un pérfido es feliz en tal estación.
Tales principios definen el pensamiento crítico, pensamiento que se basa en la confirmación (y no la simple aceptación) de los hechos. El pensamiento crítico destaca la importancia del debate, la necesidad de sopesar todas las hipótesis (y cuestionar inclusive las de uno mismo), el basar los argumentos en la lógica y, en lo posible, poderlos cuantificar en secuencia rigurosa. Finalmente, en escoger siempre la hipótesis más simple entre dos hipótesis competitivas: practicando el principio de la “navaja” de Ockham.
No son enseñanzas a memorizar: es un modo de vida a practicar.
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