Cecilia Bákula
El centralismo y la centralidad
Dos problemas que nos agobian

Recientemente he tenido una creciente sensación de agobio frente al centralismo que se vive, respecto de Lima y hacia el resto del país, y cómo esa centralidad tiende a opacar el conocimiento y la comprensión del todo nacional. El centralismo es cada vez más excluyente y nos aleja precisamente en tiempos en los que pareciera haber más cercanía, más comunicación, globalidad y socialización. Ese centralismo que se vive desde la capital o desde algunas pocas ciudades es tan evidente que, por lo mismo, a veces pasa inadvertido o es parte de lo habitual. Y por lo tanto, esa realidad obliga a verla con ejemplos claros
Inicio con el caso de la sentencia que ha emitido el Tribunal Constitucional (TC) mediante la cual declaró infundada, por mayoría, la demanda para declarar inconstitucional la Primera Disposición Complementaria Final de la Ley 30407 que permite la realización de espectáculos con animales, como las corridas de toros y las peleas de gallos. Al margen de lo que yo pueda opinar personalmente sobre este asunto, me llama la atención que en todo el proceso de planteamiento de la demanda de inconstitucionalidad, se haya mirado el tema solo, o casi solo, desde la perspectiva de Lima. Como lo he mencionado anteriormente, ni Acho ni Lima son referentes nacionales. Y en ese sentido, la clara y respaldada argumentación que brindó la Dra. Delia Muñoz resultó, creo, determinante para la opinión jurídica de la mayoría de los magistrados, pues un exhaustivo estudio la llevó a demostrar que las corridas de toros, lejos de ser un asunto capitalino, están profundamente centradas en cientos de pueblos y ciudades en donde existen cosos, grandes o pequeños, en los que las corridas de toros se asocian a eventos sociales, culturales, tradicionales, en los que se hacen presentes valores locales, rangos sociales, autoridad, prestigio, honor, reconocimiento, transmisión de creencias y otros elementos de singular importancia para quienes viven o participan de esas actividades, al igual que para quienes, lejos de su terruño, las añoran y recuerdan.
En ese sentido, juzgar hechos desde la perspectiva centralista ha sido siempre un error, pues significa menospreciar valores no capitalinos y nos enfrenta a esa perversa centralidad que debe superarse en aras de la mejor construcción del justo desarrollo del país. No obstante, se repite y se repite con recurrencia ese error.
Otra situación que amerita corrección es, por ejemplo, el calendario escolar. En breve empezará el año lectivo y se hará por igual –dando cerrado y estricto cumplimiento formal del calendario– en todo el país. Sin importar que, por ejemplo, en algunas zonas, se vive temporada de lluvia, que hace muy difícil el desplazamiento de los alumnos desde sus caseríos al lugar de la escuela. O que se trata de época de siembra/cosecha, que genera un gran ausentismo pues no se tiene en cuenta que esos ausentes a las aulas son niños que, nos guste o no, son mano de obra indispensable en el campo y en la faena familiar.
Ni qué decir de lo que significa la currícula escolar en la que, desde Lima, se imponen materias que no guardan relación con las necesidades de zonas alejadas de la capital y se insiste en la inadecuada y exorbitante “lista de útiles”, que obliga a los padres a adquirir y aportar materiales ajenos a ciertas realidades geográficas y a necesidades reales de la enseñanza.
Parece que pensar, legislar y sobre todo gobernar sin centralismo y sin centralidad, pero con creatividad, sigue siendo una tarea imposible de asumir o de imaginar. Quizá aún no nos damos cuenta que el Perú, en su diversidad y multiculturalidad, no puede ni debe ser visto como una única realidad cultural, geográfica y social y que lo que es bueno para unos es nocivo, ajeno e incomprensible para otros. Por ello, la posibilidad de desarrollo y crecimiento radica en hacerlo en el respeto a la diversidad.
El interior del país vive situaciones de real aislamiento y precariedad que marcan abismales distancias y diferencias con Lima y con unas otras pocas ciudades. En temas de salud, el abandono es notorio y ello ha de ser visto como una severa injusticia, y exclusión ya que para recibir algo de mejor atención, los ciudadanos deben desplazarse con costos y riesgos altísimos, pues en lugares no centralistas o capitalinos se carece de esa atención. Lo que equivale a decir que si no disfrutas de la centralidad, eres un ciudadano de distinta categoría. Ello es, sin duda, una inmoral corrupción, pues dar a pocos lo que es derecho de muchos debería ser motivo de reflexión por parte de quienes ostentan autoridad para superar la anomia en la que vivimos. Sin que esperemos mucho, ello se va a convertir en una razón de queja, manifestación de real descontento, exigencia altisonante y mayor crisis generalizada, además de mayor migración, creciente frustración, pobreza y debilitamiento del necesario sentimiento de pertenencia e identidad.
Son muchos otros los ejemplos del nocivo centralismo que nos agobia. Pero para muestra, reza el dicho, basta un botón.
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