Francisco Swett
El camino de la servidumbre
Cuando el poder es detentado por el más audaz y falto de escrúpulos

A menudo nos preguntamos ¿por qué el quehacer político atrae a tanta gente que de otra forma no sabría qué hacer con su vida?, ¿cuáles son las causas de los liderazgos ostentados por personajes que no pasarían un examen sicológico de estabilidad mental?, ¿a qué se debe que los pueblos prefieran el caudillismo a las instituciones?, ¿cómo emergen las tiranías?
Podría postularse que la selección de los políticos es exactamente el revés de la selección natural de las especies de Darwin, donde domina la norma de “la supervivencia del más apto”; en el proceso político la selección se rige por el principio de “la notoriedad del más audaz y falto de escrúpulos”. Pero esa es solamente la mitad de la explicación. Puede alternativamente argumentarse, con probabilidades de estar en lo correcto, que la naturaleza hace su labor de selección mucho mejor que la sociedad humana pues, al final del día, son los electorados y la gente los que escogen o aceptan los liderazgos disfuncionales que constituyen la norma, y no la excepción, en todas las latitudes del planeta.
Existe, adicionalmente, una clara disyuntiva entre el ejercicio de la libertad económica y la concentración del poder político. En la medida en que el mercado, el foro escogido por los humanos para el libre intercambio (que es la razón de ser de la economía) es reemplazado por la planificación, el dirigismo y los compromisos políticos, la sociedad se enrumba por el camino de la servidumbre. El ejercicio de la política por parte del caudillo o líder supremo y sus cuarteles burocráticos no se rige por la racionalidad económica, a la cual normalmente la considera un estorbo. La “razón de Estado” es un estribillo que se utiliza para justificar cualquier abuso. La majestad del poder es auto arrogada y confunde el mandato de servir con el de controlar. El Estado es el soberano, lo que automáticamente pone a los ciudadanos en la posición de peones. Los impuestos se justifican para redistribuir la renta, pero los contribuyentes terminan entregando el fruto de su trabajo a gobiernos corruptos y depredadores.
Traídos al presente algunos de los argumentos propuestos en un libro de Friedrich von Hayek (El camino de la servidumbre, 1944), y con el fin de interpretar nuestra realidad local y regional, podemos afirmar que son los caudillos los que, imbuidos de mesianismo o impulsados por su megalomanía, reúnen en su derredor a seguidores y a masas cautivas con el fin de conquistar el poder; y si son de la persuasión socialista del siglo XXI o castro-chavismo, jamás dejarlo. Con Hayek hallo que el ejercicio político que contraría la libertad económica prospera con mayor fuerza en la medida en que existe falta de iniciativa y educación entre los seguidores de los caudillos y el electorado.
La disensión y la argumentación violan las normas de obediencia, obsecuencia y fe ciega. A diferencia de la selección natural que se nutre de la diversidad genética, la selección política busca la homogeneidad del pensamiento; los valores inculcados se sustentan en estribillos viralizados por el Estado de propaganda, y es la masa la que impone la oclocracia de los menos originales y más dependientes. Finalmente, la fuerza política se construye enfatizando lo negativo y destructivo antes que lo constructivo y positivo; sembrando el pánico y afianzando el dominio sobre la sociedad se recurre al uso de la violencia nihilista, como quedó demostrado hasta la saciedad el año pasado en Santiago y Quito.
No es democracia, y no refleja el Espíritu de las Leyes. La meta del camino de la servidumbre es la supremacía del caudillo y de sus secuaces. Es la antítesis del Estado de bienestar y de la práctica de la libertad. Da como resultado el máximo común denominador de la mediocridad, de la tiranía y de la corrupción absoluta del poder absoluto.
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