Cecilia Bákula

Derribar, uno a uno, a los enemigos internos

Corrupción, informalidad, informalidad y populismo

Derribar, uno a uno, a los enemigos internos
Cecilia Bákula
30 de junio del 2019

 

La sabiduría de San Ignacio de Loyola (1491-1556) estriba no solo en su espiritualidad de gigante, en su capacidad de organización y en la profundidad de su pensamiento, destaca también su conocimiento y comprensión profundos de la naturaleza humana. En el camino a la perfección y santidad que proponía a sus seguidores, los exhortaba a entender que las faltas y tendencias, una vez conocidas e identificadas, debían ser erradicadas de raíz y una por una pues, señalaba, el enemigo es muy astuto y no se puede enfrentarlo y pretender cambiar todo a la vez. Indicaba el santo que actuando así, con radicalidad, uno quedaría libre de faltas y trocaría las malas tendencias en buenas actitudes.

Aplicando esa propuesta a nuestro tiempo y a nuestra realidad, pienso que si el Perú tiene más que identificadas algunas de sus nefastas realidades, como constantes tendencias, bien podríamos empezar a trabajar seriamente, como en el camino de ascesis y crecimiento interior, a erradicarlas una por una. Me refiero a cuatro realidades y conductas que todos conocemos como la raíz de muchos otros problemas. Y permanentemente referimos esos cuatro problemas como lo sustantivo para impedir, aletargar o postergar el crecimiento y la mejora en la calidad de vida de todos los peruanos, así como en el ansiado desarrollo que lleve niveles de justicia, convivencia y felicidad a que todos tenemos derecho.

Nos cansamos de mencionar a la corrupción y la cruda y profunda vergüenza que sentimos porque sea esta una conducta común, patéticamente enemiga de todos los ciudadanos. Nos quejamos y detestamos la informalidad que campea por doquier y que no nos permite superar el subdesarrollo, pues nos obliga a vivir en una sociedad en donde las leyes no se respetan, la autoridad no se hace respetar, la justicia es selectiva, la verdad no es un valor y así, seguiríamos con una larga lista de consecuencias de esa conducta informal, malamente llamada “criolla”. Nos ofende el centralismo que condena a las regiones no capitalinas a un estado de postergación e injusticia que ha motivado las grandes migraciones en búsqueda de oportunidades y al crecimiento de las cifras de pobreza en las ciudades y al alarmante abandono del campo. Padecemos también una tendencia histórica hacia la propuesta populista que es sin duda una visión paternalista, que arrastra a “dar pescado, en vez de enseñar a pescar” y motiva en muchos una actitud de mal entendida resignación y de espera, en vez de motivar la acción y la búsqueda; y que hace del Gobierno de turno, un agente de dádivas, por lo que no se le exige una intensa acción de inversión y crecimiento hacia sectores y regiones menos favorecidas.

Si, con madurez y realismo, pudiéramos aceptar que, entre otros, estos son los lastres que nos empujan en el sentido contrario de la historia y del porvenir, deberíamos estar reflexionando, con seriedad, en cómo atacar estas lacras, estas actitudes que nos hunden como si tuviéramos atada al cuello una piedra de molino. Y por muy conocidas, comentadas, repetidas que sean estas cuatro realidades, pareciera que solo las mencionamos, pero no nos ponemos en marcha, con acciones claras y definitivas, para erradicar la corrupción, el paternalismo, el centralismo y la informalidad.

Nada, salvo la muerte, es una irreversible. Por ello, si conocemos la realidad, sabemos cuánto nos afecta y cuesta mantener en la conducta diaria, a nivel gubernamental y particular esas cuatro realidades, deberíamos ya estar iniciando acciones radicales para erradicarlas.

Volviendo al luminoso pensamiento de San Ignacio de Loyola, él proponía y exigía a sus seguidores actuar con una “determinada determinación”; es decir, poner todo lo que se requiere para actuar, doblegar las malas tendencias y conquistar la práctica de la conducta correcta, demostrando que si es posible que el ser humano logre hábitos positivos y deje de lado aquellas conductas que destruyen y perjudican.

Cierto es que estos cambios requieren del liderazgo de un conductor, pero en tiempos de crisis, cuando no se ve a ese líder o a quien funge como tal, dista mucho de serlo, debemos buscar fuerzas en nosotros mismos para imaginar propuestas colectivas que nos motiven la fuerza y determinación hacia el cambio.

 

Cecilia Bákula
30 de junio del 2019

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