Raúl Mendoza Cánepa
De Gutenberg a Zuckerberg
Se pierde en análisis, se gana en sensaciones

La invención de la imprenta (1445) fue la primera revolución del pensamiento. La lectura propició un cambio en el esquema mental. Pese a que los primeros libros eran escritos desde el scriptorium de los monasterios y la difusión expandió el conocimiento religioso, un nuevo mundo se abrió a los individuos: la opción de cuestionarlo todo y de tornar la tradición en ensayos humanistas. El Renacimiento, desde la mirada de este columnista, tuvo dos factores: la peste negra del siglo XIV y la imprenta. La primera fue la facturación del hombre que se sentía arrojado al mundo y abandonado en él (sin decir que la demanda de mano de obra y el acceso a tierras y propiedades creció exponencialmente). La segunda fue el transmisor del mensaje de una nueva fe: la fe en el individuo.
Desde luego, en aquel nuevo universo los tipos móviles de Gutenberg favorecieron el surgimiento de la prensa. En el siglo XVI aparecen las primeras agencias, que recopilaban las noticias para venderlas. El mejor negocio noticioso era aquel que informaba del comercio, de la llegada y salida de los barcos. Saber de rutas de navegación seguras era más importante que difundir un hecho político que mal le vinieran al Papa y al rey.
En su evolución, prosperaron los diarios y los libros. Nace el periodismo y la literatura se populariza. Esta larga vida gana intensidad en los siglos XIX y XX con las nuevas tecnologías informativas. Sin embargo, el siglo XXI marca nuevas pautas, una de ellas es la síntesis; la otra, la relevancia de lo irrelevante. Nos referimos a la segunda revolución del pensamiento, una que provoca la implosión de la galaxia Gutenberg y la explosión de lo virtual. Podría referirme a Internet, pero en sus albores aquella no produjo los riesgos que habrían de venir luego para la prensa y los libros. Internet fue solo la plataforma. La segunda revolución se produce a partir de las redes sociales. La gente del mundo veloz necesita respuestas veloces, interacción real; saber de un crimen, un terremoto o una muerte en un tiempo que la prensa (aún desprendida del acelerador) no puede proveer.
Se pierde en análisis, se gana en sensaciones. Los internautas obvian el análisis de la prensa, saltan hacia las impresiones de sus contactos y amigos. De pronto, saber lo que un ícono o un cercano siente sobre un hecho importa más que lo que un sesudo periodista explica sobre ese hecho. Fecunda lo visual y lo escueto. Ver se torna en más importante que saber. Trescientos caracteres llaman más que un libro. Decir que se lee impacta más que, efectivamente, leer.
Pasamos del mundo del conocimiento al de la sensación y el menudeo. Desde luego, no es una evolución; pero que no lo sea le importa poco al dueño de un medio impreso que aún no sabe vincular contractualmente su publicidad en el impreso con su medio virtual. También le importa poco al escritor que ve lejana la popularización del Kindle y del e-commerce, cuando no relumbren los nombres y de poco sirvan las editoriales y el papel. Quizás entonces algunos anónimos escritores vivan de sus libros y otros pasen por la tribulación de saberse piezas de un museo. Será la opción del libro objeto como un arte nuevo. Las profecías son especulaciones, así que no se lo tome a mal.
Si los periódicos quieren sobrevivir, deberán vender noticias y también un valor agregado superior al análisis, en la sintonía de un mundo en el que las ilusiones pesan más que el pensamiento. “Cuánto estás dispuesto a pagar por un periódico” es el precio base, el resto es el sorteo, el pozo millonario, el aliciente, el agregado ajeno al periodismo que completa su precio final.
¿Asistimos a la muerte del periodismo impreso? ¿Es el preludio de la muerte del libro y de la razón? ¿Aquella pequeña tecnología de los millones de cibernautas conectados con sus móviles en calles, buses y casas matará a periodistas y escritores? Depende de la visión de los capitanes de la industria periodística salvar al universo Gutenberg de una implosión. “Renovarse o morir”, decía D’Annunzio. Para ellos, renovarse es la manera más visionaria de sobrevivir.
COMENTARIOS