Cecilia Bákula

Cultura: ¿con “c” de cenicienta o con “c” de crecimiento?

El cierre del Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú

Cultura: ¿con “c” de cenicienta o con “c” de crecimiento?
Cecilia Bákula
16 de junio del 2019

 

Con este título escribí hace más de dos años un artículo destinado a llamar la atención sobre la desatención en que se encuentra la cultura a nivel nacional. De él tomo algunas ideas, y con tristeza debo señalar que mi percepción no ha cambiado; se ha agravado más aún, cuando enfrentamos el cierre del Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú.

No dudo que la realidad de la infraestructura del Museo de Pueblo Libre requiere atención, pero no es una situación que se haya suscitado en los últimos meses; es un estado antiguo y vergonzoso, porque se ha carecido históricamente de recursos para atender las necesidades de un lugar emblemático, como es el Museo de Pueblo Libre. Con el agravante de que incluye, como conjunto, la Casa de La Magdalena, donde se vivieron importantes hechos de nuestra historia fundacional.

En tiempos en que nos acercamos a la conmemoración del Bicentenario de la proclamación de la Independencia, no tener un museo de historia y en “ese” lugar, parecería un despropósito. Por ello deseo confiar en que, en dos años, como se ha manifestado, ese Museo abrirá nuevamente sus puertas, íntegramente remozado y con toda la propuesta museográfica que permite hoy la tecnología.

Lo que no comprendo es por qué no se ha previsto una respuesta alternativa para el tiempo de cierre del museo. He escuchado que se propone, y no deja de sorprenderme, dar como “alternativa” a los cientos de escolares que lo visitaban diariamente, los museos de la Cultura Peruana y de Puruchuco que, sin desmerecerlos, no presentan una visión general del pasado cultural de nuestro país. Algo que sí lo hacen, entre otros, el Museo Larco y el Museo del BCRP, siendo este último el único museo gratuito en toda la ciudad.

Pareciera que la administración pública y la obligación del gobernante se tuviera que circunscribir a la acción económica y a la recuperación de niveles aceptables de seguridad ciudadana. Sin duda eso no es poco, pero el Perú y la necesidad de sus habitantes van mucho más allá. Cierto es que enfrentamos una de las peores crisis de valores, de conductas, de desgobierno, de carencia de cultura, de falta de moral, de ruptura de los compromisos y de la palabra empeñada, de desapego a la familia, y de quiebra de la ética e institucionalidad. Y que todo ello genera en los ciudadanos una sensación de abandono, desesperanza y fatalismo.

Pero no puedo entender el futuro, el futuro diferente, el mañana mejor, si no colocamos a la cultura en el sitial que le corresponde. Y si no la entendemos como fuente de identidad, de acción colectiva positiva, de creación estimulante, de orgullo y de posibilidades sociales, económicas y turísticas (asociándola no solo a la indispensable e impostergable protección y gestión de nuestra riqueza patrimonial), sino haciendo de ella una actividad productiva que pueda generar cambios en las estructuras económicas y financieras, y catapultar a grandes sectores de la población hacia formas novedosas de producción, incorporándola a los indicadores que miden –no con poca miopía al no tenerla en cuenta– los niveles de crecimiento. Con criterios imaginativos y realistas, las actividades culturales significarían, además y sin duda, mayores niveles de satisfacción colectiva y personal, mayor identificación con nuestra riqueza, historia y tradición y una necesaria mejora en los niveles de autoestima. Todo ello redundaría en las mejoras sociales y en el éxito de programas de inversión de todo índole.

Soy una convencida de que sin cultura no es posible el desarrollo sostenible; sin cultura, no se puede afianzar la mejora social que con derecho reclamamos, no se puede consolidar la justicia ni la deseada recuperación económica, menos aún el reordenamiento de las conductas sociales, en las que ahora campea la anomia, ya que la gobernabilidad parece que ha sido erradicada del vocabulario y la acción oficial.

Es por ello que hago mías las palabras de Amartya Sen (Bengala, 1933), Premio Nobel de Economía 1998, quien señaló que “la cultura debe ser considerada en grande, no como un simple medio para alcanzar ciertos fines, sino como su misma base social. No podemos entender la llamada dimensión cultural del desarrollo sin tomar nota de cada uno de estos papeles de la cultura”.

Es así como la cultura ha de ser asumida como socia indispensable e indiscutible del desarrollo y del crecimiento de una sociedad. Máxime en una realidad como la peruana, en la que la diversidad, sustento y base de nuestra extraordinaria singularidad, debe significar oportunidades, inclusión, respeto y formas de igualdad y de equidad.

 

Cecilia Bákula
16 de junio del 2019

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