Humberto Abanto
Contra la épica del heraldo del populismo
¿En el Perú impera la lógica provinciana?

I
Una curiosa tesis ha sido lanzada recientemente. Según ella, el presidente accidental sería “el heraldo de la lógica política que imperará en el país en los siguientes lustros” porque, poco más o menos, “se vienen los tiempos del crecimiento y eventual predominio de la lógica provinciana en el país” debido al surgimiento de una “clase política fuera de Lima que aspira a gobernar el Perú sin tutelas centralistas”.
Tan provocadora tesis invita a recordar que hay tres clases de análisis político. El primero, y obviamente válido, es el científico, que se funda en datos objetivos. El segundo es aquel que va impregnado de una fuerte carga ideológica, y que pugna por adecuar la realidad a la ideología propugnada. El tercero es el que parte del simple deseo de halagar al poderoso; es decir, el oportunismo puro y duro.
La clasificación que corresponda a esta tesis dependerá de los fundamentos que sustenten su postulación. Si encuentra respaldo en los hechos, estaremos ante una tesis plausible. Si reposa en criterios ideológicos será discutible. Pero si se afinca en el oportunismo, no merecerá respeto intelectual alguno.
II
Así, en primer lugar, corresponde señalar que analizaremos los argumentos de la tesis de atrás para adelante. Es decir, verificaremos si, en ese orden, realmente ha surgido esa “clase política fuera de Lima que aspira a gobernar el Perú sin tutelas centralistas”; si dicha “clase política” ha nacido como producto del proceso de regionalización; y si el presidente accidental es su heraldo.
Surge, entonces, la primera gran deficiencia de la tesis bajo análisis: además de un enunciado general y vago, no nos dice quiénes formarían parte de la “clase política fuera de Lima que aspira a gobernar el Perú sin tutelas centralistas”. Uno puede preguntarse si se refiere a Gregorio Santos, Walter Aduviri, Elmer Cáceres, Clever Meléndez o Vladimir Cerrón, representantes de los gobiernos regionales de izquierda marxista o promarxista, que hoy afrontan graves problemas judiciales. O, en su defecto, a Tito Acurio, César Villanueva, Félix Moreno, César Álvarez o cualquiera de los otros gobernantes regionales no marxistas que también enfrentan serios problemas judiciales. Al fin y al cabo, el presidente accidental no es ajeno tampoco a los cuestionamientos en sede judicial.
Peor aún, después de que el Congreso de la República, con la bendición del Tribunal Constitucional, fulminó la reelección inmediata de gobernadores regionales y alcaldes provinciales y distritales, se hace más complicado identificar a los miembros de esta “clase política fuera de Lima que aspira a gobernar el Perú sin tutelas centralistas”. ¿Quiénes la integran? ¿Dónde se los puede encontrar? Un misterio envuelto en un enigma encerrado en un acertijo.
III
Ahora bien, la tesis identifica la lógica provinciana con el populismo político, a partir de afirmar que en “la atmósfera provinciana (…) no es posible hacer política sin tener el radar prendido respecto de los humores populares” porque “la calle es omnipresente”. Obviamente, de ello se deduce que “el populismo político, visto así, es una buena estrategia para remediar o compensar décadas de silenciamiento o soslayo de las legítimas y democráticas expectativas populares respecto del quehacer político”.
El problema es que la tesis vuelve a presentar otro déficit de data objetiva. No nos especifica dónde, cuándo y cómo es que se ha producido ese imperio de la calle en las regiones. Ni por qué es que los anhelos provincianos no pueden encauzarse por las vías constitucionales, sino que exigen romperlas y crear un modelo en el que, lejos de que el derecho someta al poder, este somete a aquél.
A decir verdad, resulta bastante más que inexplicable saludar el traslado del fracaso de los gobiernos regionales —con las honrosas excepciones que, de seguro, nunca faltan, pero no conozco— al gobierno nacional. Si, a partir de esa lógica provinciana que tiene el radar prendido respecto de los humores populares, las regiones —que en su momento contaron con ingentes fondos provenientes del canon minero o aduanero— hubieran dado un salto al desarrollo, en lugar de hundirse en la corrupción o la ineficiencia, todos tendríamos que aplaudir el advenimiento que se anuncia, el cielo se abriría y los ángeles cantarían música celestial. Lamentablemente, no es así.
IV
El populismo político es una corriente que, en estos conturbados tiempos, viene levantándose contra la democracia liberal y que pretende romper los límites impuestos por los derechos fundamentales. Se funda, principalmente, en la exageración de un problema real hasta crear una atmósfera de pánico moral que haga aceptables alguna recetas aparentemente simples y que pasan, necesariamente, por la destrucción de la democracia liberal.
El mecanismo comunicativo que usualmente emplea el populismo político es la división entre buenos y malos, cuidándose de colocar al líder populista del momento como capitán de las fuerzas del bien. Todo ello sin descuidar la satanización de los competidores o adversarios políticos, quienes son motejados de corruptos o antipatriotas, según convenga.
El mecanismo institucional es la reforma del sistema democrático liberal para instaurar unas reglas que propendan a la concentración del poder en manos del líder populista de turno. Así, lenta y progresivamente, se va excluyendo a todo aquel que se oponga a los designios populistas, empleando para ello, de ser necesario, los instrumentos de la persecución penal. Por ejemplo, levantar contra ellos los más sucios y viles cargos, siempre que sirvan para desacreditarlos.
Conclusión
Sostener que la oleada populista que golpea nuestras costas es algo que debe celebrarse porque, supuestamente, proviene de las entrañas provincianas del país, cuando se carece de datos empíricos que den fundamento a la conclusión separa la tesis del análisis político científico. Comprobar que el autor no es, ni por asomo, un partidario acérrimo del populismo, nos aparta del análisis ideológico. Que ante el hundimiento de la dicotomía corrupción-decencia, por el fracaso del acuerdo Lava Odebrecht y el escándalo de Chinchero, se pretenda levantar la antinomia provincianismo-centralismo, es una obscena muestra de oportunismo político.
Se quiere crear una épica del populismo político que encarna el presidente accidental para esconder que en los casi dieciocho meses que ejerce la primera magistratura, únicamente ha logrado agravar los problemas que ya nos aquejaban. Hasta la concentración mediática que le hacía el coro irresponsablemente comienza a darse cuenta de que no vemos más que la punta del iceberg de un programa que tiende a la liquidación de los espacios democráticos y la instalación de una oclocracia impía. Luchar contra ello no es una pose centralista ni un ademán de limeño, es la necesaria reacción de quien desee legarle un sistema de libertades a sus hijos.
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