Aldo Llanos
Carta a un político por Navidad
De la candidatura impoluta a la Gracia

Querido político. ¿Qué ha pasado con tu quehacer en nuestra desconcertante patria? ¿Por qué ante el adelanto de elecciones nuevamente se cierne sobre ti la pesada sombra de ser alguien impoluto e inmaculado? ¿Acaso existirá alguno en nuestra clase política nacional?, ¿Cincuenta, cuarenta, treinta, veinte, o con tan sólo diez justos no volveremos a pedir la disolución del Congreso?
Pero sabemos tú y yo que será muy difícil encontrar solo uno perfecto. Por ello, o andan viviendo una doble vida (realizando alocuciones moralizantes mientras en lo secreto su conducta es reprobable), o terminan convirtiéndose en cínicos redomados (bañados en aceite ante críticas y denuncias). Pero no quiero eso. Porque la perfección moral y su consecución es un yugo muy pesado para todo el que pretendiese ser un político “irreprochable”.
Lo que quiero es un político que convierta su corazón a Dios antes que uno que se afane, en primer lugar- en ser impoluto ante el electorado. ¿Y cómo se lleva a cabo ello? Muy sencillo. Teniendo la experiencia personal de que Dios te ama con toda locura y sin condiciones. Y que por más errores y horrores que hayas podido cometer, su amor por ti no ha disminuido un solo milímetro. Y que este además este amor es gratuito y que no depende de tus méritos ni de tus esfuerzos. ¿Serías capaz de aceptar tus errores y horrores y aceptar su amor antes que aceptar las estrategias de tu jefe de campaña?
El electorado sin conversión personal suele ser muy duro. Durísimo. Te exige una valla moral altísima que con mucha seguridad ellos no se lo aplican para sí mismos. Si te dejas llevar por los sondeos de las encuestas, el electorado se convierte en un dios autoritario, amenazante y castigador. Y cuando eso ocurre, te apartas del rostro amoroso del único Dios y te conviertes en un charlatán de promesas morales con tal de saciar la sed de las masas.
Pero tú puedes elegir el otro camino. Conviértete al vivir la experiencia de ese Dios que te ama no “a pesar” de tus errores, sino, precisamente por estos. Porque ese Dios se alegra más por la conversión de los débiles y de las almas pobres que, con sus solas fuerzas (amalgama de sus dramas biográficos y tropiezos), les es muy lejano alcanzar la perfección moral.
Todo es Gracia. El Cielo, así como la mejor performance política, no se reduce a la propia fuerza de voluntad, sino, al desborde de gozo de un corazón contrito y humillado que se hallado amado incondicionalmente. Seas del partido que seas. Este es el Reino de Dios que llega a nuestra patria. Pura gratuidad que sólo se acepta o se rechaza. Es Dios el que nos hace justos y, en consecuencia, actuamos libremente y no por el pesado yugo de la ley moral de las masas. Primero la Gracia, luego las obras y no al revés. Adiós al estéril figuretismo moral y a toda cínica pasividad.
Tenlo en cuenta querido político. De tu ejemplo depende que el Reino llegue a más compatriotas, un reino donde prime el Bien Común y se forje el “nosotros” en comunión de todos los peruanos. Que así sea.
¡Feliz Navidad!
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