Raúl Mendoza Cánepa

Cambios de paradigma

Cambios de paradigma
Raúl Mendoza Cánepa
02 de enero del 2017

¿Realmente los jóvenes de hoy creen en la democracia?

Alex Gray, en el World Economic Forum (www.weforum.org) —22 de diciembre de 2016—, señaló que va creciendo una generación de millennials en todo el mundo que, a diferencia de sus ancestros, no cree en la democracia. No, no estamos refiriéndonos a países africanos o latinoamericanos específicamente, sino a las democracias más avanzadas del mundo, en Europa y Norteamérica.

Gray cita un estudio de Yascha Mounk, profesor de Harvard, y Roberto Stefan Foa, científico político de la Universidad de Melbourne, recogido por el New York Times. Se lee: “Quienes nacieron en la década de 1930 creen en la democracia mucho más que quienes nacieron en la década de 1980. Aproximadamente 72% de quienes nacieron en Estados Unidos en la década de 1930 creen que la democracia es absolutamente esencial. Lo mismo opina 55% de la misma cohorte en los Países Bajos. En cambio, la Generación del Milenio (las personas nacidas a partir de 1980) se ha tornado mucho más indiferente. Por ejemplo, solo uno de cada tres neerlandeses de la Generación del Milenio opina que la democracia es absolutamente esencial. En Estados Unidos, la cifra es ligeramente inferior: 30%”.

Esta data es ya, de por sí, problemática por evolutiva. Quizás, en los años treinta, el ascenso del nazismo y el fascismo al poder encendió las alarmas y los principios garantistas contra las tiranías se hicieron muy vivos en quienes tenían conciencia de los horrores de un régimen totalitario. El miedo es el factor que engendra el Estado de Derecho. Cuando el miedo se acaba, empieza el vacío. Ese proceso de desaprehensión nos inquieta porque lleva a la concepción weberiana: “Despredimiento de las obligaciones irrelevantes que se interponen en el camino de un cálculo racional de los efectos”. Zygmunt Bauman nos descubrió la modernidad líquida como una volatilización de los vínculos. Vale para la precariedad de las ideas. El problema es que cuando el referente del miedo ha perdido consistencia y el “mundo feliz” de Huxley es el universo que millones de jóvenes (sin tradición, memoria ni aprendizajes de historia) encuentran al nacer, algunos temas dejan de tener relevancia; por ejemplo, la separación de poderes, el Estado de Derecho, el Parlamento….

Observen. A los jóvenes de los países avanzados poco les importa si son regidos por una democracia o por una dictadura. Sus expectativas individuales son las que deben permanecer intactas. De hecho, ignoran el asfixiante efecto que tiene el totalitarismo en la vida personal. Un cuarto de los millennials de Estados Unidos cree que la democracia es una forma “mala” de gobernar. El estudio, presentado por Gray y que releo señala que “43% de los estadounidenses mayores no creen que se deba permitir al ejército tomar el control en el caso de que el gobierno sea incompetente o no haga correctamente su trabajo. Entre los jóvenes, la cifra es mucho menor: 19%” ¿Perciben bien la diferencia? ¿Cuál es la tradición de principios que recibirán los jóvenes del futuro?

Y aquí sí recurro a la misma pregunta de Gray: ¿Por qué están hartos los jóvenes? “De acuerdo con la encuesta Global Shapers del Foro Económico Mundial, lo que frustra a más de la mitad de las personas entre 18 y 35 años sobre los políticos de sus países es el abuso de poder y la corrupción”.

En el Perú, el “espíritu cívico” y algunas formas de manifestar la indignación parecieran ser parte de una pasión democrática. Sin embargo, la indignación tiene muchas veces la forma de tal, pero no es más que la transmutación de rechazos políticos específicos. Conviene preguntarse si es que realmente los jóvenes creen en la democracia (que en teoría defienden) y si las instituciones les parecen hoy esencialmente útiles. Cuando en América Latina (y en el Perú) se desate Odebrecht (¡Feliz Año Nuevo!) y los jóvenes encuentren un vacío de referentes políticos, quizás pasen a un limbo tal que poco importe bajo qué garantías institucionales gobierne quien gobierne. Este es precisamente el tiempo en el que la linterna de Diógenes (hurgando sin esperanza hombres honrados) se torne en un instrumento vital y quijotesco para salvarnos del despeñadero de la incredulidad absoluta o acaso del retorno al péndulo “democracia-autoritarismo” del siglo XX.

Por Raúl Mendoza Cánepa

Raúl Mendoza Cánepa
02 de enero del 2017

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