Davis Figueroa
Bergoglio progresista
El cristianismo “revolucionario” del Papa

«Angustiado estoy por ti, ¡oh Jonatán, hermano
mío! Me eras carísimo. Y tu amor era para mí dulcísimo,
más que el amor de las mujeres.»
Elegía del rey David por Jonatán (2 Sam 1,26).
«La presión ejercida desde la propia jerarquía católica
más la marginación social que todavía estigmatiza al
homosexual hacen que esos sacerdotes se vean forzados a
menudo a buscar su satisfacción erótica abusando de
menores. Éste es un dato que, si bien no exculpa al cura
que abusa de un menor, sí debe servir para entender
mejor los motivos que le llevaron a cometer tal delito; y,
también, para extender la responsabilidad moral de tan
reprobable acto hasta la propia cúpula eclesiástica, que
mantiene a ultranza un sistema represor perjudicial para
todos.»
Pepe Rodríguez – La vida sexual del clero.
La afinidad con el progresismo que exhibe Jorge Mario Bergoglio (alias Francisco) en nuestros días no es ninguna causalidad ni capricho que se le haya ocurrido de la noche a la mañana. Es más bien, diría yo, la tentativa del sumo pontífice de unificar la ideología de izquierdas más abyecta con el catolicismo de nuestros tiempos. Ahora, con Bergoglio en el poder y sus fieles de rodillas, tenemos una pretendida iglesia tolerante y receptiva con la comunidad LGBTIQ+. ¿Será esto cierto?
Bergoglio (alias Francisco) pasó de la Compañía de Jesús (jesuitas) a la orden franciscana para embaucar a su rebaño con el cuento de la pobreza, haciéndole creer que el capitalismo es un sistema perverso y nocivo para el buen cristiano durante su travesía a un reino que no es de este mundo. Como gaucho de pura cepa, siempre se ha decantado por el fútbol y la política de pacotilla, es decir, el peronismo y el kirchnerismo. Fungió de mediador en el año 2014 para el supuesto restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre los Estados Unidos y la dictadura de Cuba. ¿Qué consiguió con ello? La apertura de un local de McDonald’s en la base naval y prisión gringa de Guantánamo, accesible solo para la oligarquía cubana que quiera zamparse una hamburguesa Big Mac. La revista Times lo nombró “hombre del año” y la jauría de la prensa prosternada no dejó de seguirlo en sus reuniones indulgentes con dictadores de la ralea de Nicolás Maduro, Rafael Correa y Evo Morales. Además, reconcilió al Vaticano con la China comunista y con el feminismo progre (si no me cree, pregúntenle a las Católicas por el Derecho a Decidir). Netflix dedicó al “vicario de Cristo de turno” una película que tuvo gran éxito comercial, y este se olvidó convenientemente que “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre al Reino de los Cielos”. Por último, el representante de Dios en la tierra (según los católicos), el 21 de octubre del año en curso, expresó en el documental Francesco -que trata sobre su vida y obra– lo siguiente: “Las personas homosexuales tienen derecho a estar en la familia. Son hijos de Dios, tienen derecho a una familia. No se puede echar de la familia a nadie, ni hacer la vida imposible por eso. Lo que tenemos que hacer es una ley de convivencia civil. Tienen derecho a estar cubiertos legalmente”.
Cabe destacar que estas últimas declaraciones distan mucho de la opinión generalizada que tienen (o tuvieron) sus predecesores pontífices, arzobispos, obispos y sector mayoritario del clero, quienes desde tiempos remotos han anatematizado a las personas homosexuales que hoy en día Bergoglio pretende defender enarbolando la bandera arcoíris de la igualdad y la justicia social.
Me pregunto si acaso Bergoglio recibió con simpatía la epístola que le dirigió Krysztof Charamsa (un sacerdote homosexual expulsado por la Iglesia católica), en la cual manifiesta con justa e inequívoca razón que la Iglesia católica ha convertido "en un infierno" la vida de millones de católicos gay en el mundo; asimismo, se ha referido a la hipocresía de la “Santa Sede” en su intento de proscribir la existencia de sacerdotes homosexuales, cuando todo el mundo sabe a todas luces que el clero está repleto de ellos (entre un 30 y 50% son homosexuales). Y si no me creen por cuestión de fe o cerrazón, les invito a leer las decenas de rigurosos estudios que existen en la actualidad sobre el tema en cuestión. Por ejemplo, La vida sexual del clero, de Pepe Rodríguez.
La historia de la Iglesia Católica da testimonio inmemorial de la persecución de homosexuales, a quienes se les consideraba como pervertidos y réprobos que merecían el escarnio público, la prisión o la muerte. Sin embargo, la tenebrosa empresa, ahora en manos de Bergoglio, siempre ha tenido la desfachatez de juzgar y condenar la conducta sexual de los homosexuales, mas nunca la perversión pederasta perpetrada por miembros del clero en orfanatos, seminarios, escuelas eclesiásticas y demás dependencias que se encuentran bajo su administración. Los miles de casos de violación sexual de menores, cometidos por curas, fueron encubiertos por la “Santa Sede”, en contubernio con la policía, la fiscalía y los tribunales de cada país, por medio de la gracia del todopoderoso dinero, repartido como maná del cielo para eternizar la impunidad.
Razón de más tiene Bergoglio con la intentona de “revolucionar” el Vaticano transponiendo la luz blanca del Espíritu Santo por el espectro luminoso del arcoíris (una gama de colores que es producto de la descomposición, en la que notoriamente resalta el rojo progresista), ya que sus fieles se le escapan hacia las sectas protestantes más literalistas y fanáticas, pues el hombre común tiene la necesidad de darle un “sentido especial” a su vida.
Los individuos homosexuales no necesitan de una comunidad díscola que los represente a través de marchas encabezadas por neuróticos -cual procesión del Señor de los Milagros- y, mucho menos, precisa que se les concedan privilegios y reconocimientos legales fatuos.
La homosexualidad es un fenómeno biológico, psicológico y social que existe con independencia de la opinión sobrevalorada del vulgo y de los hipócritas de cualquier confesión, quienes están acostumbrados a predicar con la mentira y no con el ejemplo, en inobservancia de sus principios más elementales y en detrimento de una sociedad libre y respetuosa de la orientación sexual de nuestros congéneres.
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