César Félix Sánchez
¿Arequipa en expiación?
Una mirada a las elecciones regionales

Los resultados de las últimas elecciones tienen en Arequipa, al menos en lo que respecta al gobierno regional, un cierto sabor a expiación. Me explico: hace cuatro años, la «muy noble y muy leal», según los monarcas católicos, la «heroica ciudad de los libres» y el «departamento de la ley», según Orbegoso, eligió como gobernador al actualmente preso Elmer Cáceres Llica, antiguo alcalde de Caylloma, y figura pantagruélica y primaria si las hay. Este año, sin embargo, parecería una suerte de contraste expiatorio la elección de un antiguo rector de la Universidad de San Agustín (UNSA), Rohel Sánchez Sánchez, contador de origen cajamarquino y representante del movimiento Yo Arequipa.
Otra diferencia interesante es el porcentaje de votos que Sánchez ha obtenido: 31% de votos emitidos, el doble de lo que Cáceres Llica obtuvo en 2018 (14.4 %). Además, los votos nulos, que en 2018 alcanzaron el segundo lugar con 13.91%, se redujeron a 9.27% y al cuarto puesto, lo que significa que, al menos por el momento, la paradójica mezcla de indiferencia y hostilidad respecto a las elecciones locales, que amenazaba con hacerse endémica en Arequipa, se ha reducido.
Como se ha señalado ya, no es la primera vez que un rector de la UNSA alcanza un papel fundamental en la política regional: tenemos el caso de Juan Manuel Guillén, que gobernó por un periodo como alcalde (1998-2002) y por dos como presidente regional (2007-2014). Curiosamente, el más cercano competidor de Rohel Sánchez fue Javier Ísmodes, que representaba al movimiento de Guillén, Arequipa Tradición y Futuro, la más influyente de las fuerzas políticas regionales en los últimos 35 años. Recordemos que Arequipa Tradición y Futuro no solo gobernó durante los periodos de Guillén, sino que fue el que llevó a Yamila Osorio al poder.
Ahora parece que otro movimiento de origen universitario, Yo Arequipa, podría acabar marcando la agenda política regional también para los próximos años. ¿Qué características poseen estos movimientos nacidos al calor de las batallas por rectorados, decanatos y asambleas universitarias? Pues, ante todo, una reproducción del savoir faire político de la UNSA: amplia experiencia en la administración burocrática y patrimonial de presupuestos públicos otorgados desde arriba, una distribución amplia de cargos y paguitas, siempre teniendo en la mira la perpetuación del clan político propio y, finalmente, una general tendencia izquierdizante.
En el caso de Juan Manuel Guillén, de origen aprista y luego velasquista, supo negociar con Patria Roja y otras facciones durante su rectorado, pero siempre con una mirada amplia. Esta última característica la conservó, por lo menos en la primera parte de su periodo como alcalde, lo que lo llevó a concertar con el otrora influyente empresariado local y con la Iglesia. Aunque agnóstico, siempre manifestó una unamuniana nostalgia de infinito y tuvo buenas migas con el episcopado. A partir del Arequipazo (2002), sin embargo, se escoró hacia la izquierda y, años después, su director regional de Salud incluso intentó legalizar, en la práctica, el aborto en la región con una estrategia astuta pero a la larga fallida. De todas formas, su discurso político era, más que todo, regionalista. Finalmente, como no es extraño en estos casos, Juan Manuel Guillén ha sido condenado a prisión suspendida por un delito de negociación incompatible.
El caso de Rohel Sánchez es un poco distinto. A diferencia del filósofo Guillén, buen orador y aceptable escritor, el algo taciturno Sánchez proyecta un aire más tecnocrático que ha sabido contagiar a su movimiento, nacido de la facultad de Ciencias Contables de la UNSA.
Sin embargo, aunque en lo personal siempre se ha mostrado moderado (proviene de una familia adventista, aunque él se confiesa orgullosamente «católico, apostólico y romano»), fue presidente de la Federación Universitaria de Arequipa en los ochenta, de la mano de Izquierda Unida, y es esposo de la hija del difunto senador de UNIR y figura legendaria del SUTEP y de Patria Roja, Horacio Zeballos Gámez, cuya familia, al menos en Arequipa, es una suerte de pequeño clan político. Sin querer queriendo, Nuevo Perú de Verónika Mendoza ha logrado colocar, al menos, a dos personas cercanas como consejero regional y regidor provincial en las listas de Yo Arequipa. También de Yo Arequipa es el alcalde electo de Islay, Richard Ale, el principal dirigente antiminero del Valle de Tambo.
¿Cuál será, entonces, el signo de la gestión de Sánchez? ¿Un gobierno que cumpla con su «finalidad esencial» de «promover el desarrollo y las inversiones en su respectiva región, en armonía con los planes y programas nacionales y locales de desarrollo», según dice la Ley Orgánica de Gobiernos Regionales? ¿O la aparición del enésimo clan político demagógico, que viene a colonizar el aparato público por varios años y a repartir presupuesto, con el consiguiente correlato de corrupción? Esperemos que el exrector Sánchez no acabe compartiendo el destino del exrector Guillén. Su costosísima campaña, la más cara de toda la contienda, no da demasiada tranquilidad.
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