Cecilia Bákula
Andrés Avelino Cáceres, un peruano a carta cabal
En el centenario del fallecimiento del Brujo de los Andes

En el panorama de la historia nacional, podríamos dedicar casi cada día del año a un personaje del que podríamos y deberíamos sentirnos realmente orgullosos. Y no solo de tiempos muy antiguos, sino de quienes sobresalieron en tiempos recientes, por sus virtudes y cumplimiento de su deber. En esta oportunidad nos referimos al gran mariscal Andrés Avelino Cáceres, ayacuchano de nacimiento, pero cuyo tránsito por nuestra historia y los actos destacados por los que lo recordamos lo convierten en un hombre de valor y significado nacionales. Recientemente, el 10 de octubre, debimos recordar el centenario de su fallecimiento, y por su valía debimos haberlo hecho relievando los gestos extraordinarios de su valentía en momentos de grave crisis nacional, gestos de sabiduría andina y de amor a la patria en toda circunstancia.
Siendo joven, lo encontramos ya en la historia patria a partir de un encuentro con Ramón Castilla, en 1854, cuando éste se enfrentaba a las huestes de Echenique. El país vivía sus años iniciales de formación política, y Cáceres quedó entusiasmado con la posibilidad de servir a la Nación en ese proceso de consolidación. Por ello se inscribió en el ejército y, como cadete, formó parte del Batallón Ayacucho, ascendiendo paulatinamente y comprobando que vistiendo el uniforme del ejército nacional, se sentía capaz de servir y realizarse. Es así que se siente a gusto de servir a las órdenes de Castilla, por quien manifestaba especial admiración por sus dotes como militar, como gobernante y por la radicalidad y coherencia de sus acciones como lo había demostrado, como ejemplo, cuando el tarapaqueño supo defender, a pesar de la implacable oposición que había tenido por parte de muchas personas de su gobierno, la decisión de dar la libertad a los esclavos, lo que se hizo realidad al promulgarse ley del 3 de diciembre de 1854.
Cáceres, oriundo de la sierra central y quechuahablante tenía una facilidad especial para entender la problemática de la gente del campo. Quizá por ello comprendió y valoró la abolición de la esclavitud, pues en un país que había proclamado su libertad no cabía que hubiera vidas no manumisas. Cáceres sabía comunicarse con las personas simples del pueblo, y eso le granjeó un reconocimiento especial al interior de las tropas; adicionalmente, ello se convirtió en una herramienta valiosa y una poderosa estrategia durante su extraordinario desempeño en los momentos críticos de la Guerra del Pacífico.
A Cáceres lo recordamos en dos circunstancias muy importantes que podríamos identificar claramente: su acción en guerra y su labor como gobernante. Cuando se declaró la guerra al Perú el 5 de abril de 1879, Cáceres estaba en el Cusco y de inmediato se puso a las órdenes para ser un oficial de primera línea. Lo encontramos participando en importantes enfrentamientos bélicos, como las batallas de Tarapacá, Alto de la Alianza y San Juan de Miraflores en la que fue herido por una bala que le impactó en la pierna derecha. Logró ser rescatado del reducto de defensa y fue trasladado sigilosamente del campo de batalla evadiendo la persecución de los chilenos hasta que pudo refugiarse en el hospital que habían montado los sacerdotes jesuitas en parte del complejo de lo que ahora es la iglesia y convento de san Pedro en el centro de nuestra ciudad.
Recordemos que la Compañía de Jesús había sido proscrita de todos los territorios españoles mediante una bula de Carlos III, promulgada en 1767 y conocida como la “Pragmática sanción”; dicha congregación había retornado al Perú en 1871 y ante la dramática situación por la que atravesaba el país, los sacerdotes no dudaron en habilitar sus instalaciones para dar cobijo y cabida a muchos heridos. Cáceres fue atendido y escondido allí por unos días hasta que debidamente disfrazado y aún convaleciente, burló la vigilancia y la búsqueda de su persona, llegó a su casa y rápidamente emprendió el camino hacia la sierra para asumir la inmortal gesta en la Breña
Luego de producida la humillante y despiadada ocupación de Lima y otras ciudades del país por las tropas invasoras, bajo el mando del desalmado Patricio Lynch, era necesario rescatar lo que se pudiera del honor y el pundonor nacional. Es en esas circunstancias en que aflora la garra de Cáceres que sabe que es el momento de sacar fuerzas de flaquezas y en ese momento de peor crisis, cuando en el panorama solo podíamos ver derrotas militares, derrota en el mar, la muerte de Grau y su gente, la pérdida de vidas y la invasión implacable de nuestro territorio, la rapiña, la descomposición interna por las luchas intestinas entre los que debían defender a la patria y la destrucción del mínimo atisbo de futuro, que Andrés Avelino decide dar la batalla y, como Bolognesi, no dejar de luchar hasta el final de sus propias posibilidades.
Cáceres fue el genio de la Campaña de la Breña, llamada también campaña de la Sierra en donde el ejército estuvo apoyado por grupos nacionales de montoneras que se desplazaban por las zonas de Pucará, Marcavalle hasta Huamachuco; causando desconcierto en las tropas enemigas que no lograban ubicar ni definir bien ni al ejército ni la estrategia de quien lo comandaba, a quien denominaron el “Brujo de los Andes” porque así fue Cáceres; parecía estar en varias partes a la vez y se hacía pasar por un nativo, por un lugareño y mantuvo en alto el espíritu de sus singulares tropas, no obstante la inferioridad respecto al invasor. En Huamachuco, faltaron municiones y de eso se percataron los agresores que llevaron a cabo un ataque sin miramientos; Cáceres logra salvarse gracias a la agilidad de su caballo, llamado “Elegante”.
La guerra no solo había destruido materialmente el país, había generado una severa división entre los peruanos y entre los civiles y militares peruanos que querían poner fin a la guerra. La paz aparecía en el horizonte como un bien lejano y por el que tendría que pagarse un precio altísimo que incluía una rendición en condiciones tristes, así como una sesión de territorio que por muchos y entre ellos Cáceres, fue visto como un acto de traición. Lo cierto es que la resistencia ya no era posible y Miguel Iglesias lanzó el conocido “Grito de Montán” que, de alguna manera, inclinó la balanza hacia la firma de un tratado que pondría fin a la guerra, en condiciones de tremenda severidad y pérdida para el Perú.
No obstante esa realidad, Cáceres reconoce el Tratado de Ancón como lo que fue en su momento, una “realidad consumada” y a partir de entonces, se abocará a trabajar en el campo político por la llamada “Reconstrucción nacional” que implicaba, desde su punto de vista, la recuperación de la dignidad nacional. Llegó a la presidencia de la República ocupando el más alto cargo que la Nación confiere en dos oportunidades, respaldado por la integridad de su conducta y el heroísmo que se le reconocía en todos los actos de sus acciones militares. El Perú empezaba a transitar por las vías de la reconstrucción y la pacificación interna, la recuperación de la confianza entre los peruanos y se vio en Cáceres la figura capaz de enlazar el dolor de lo vivido con los años venideros de esperanza.
El mariscal Andrés Avelino Cáceres Dorregaray murió el 10 de octubre de 1923; para conocer su vida y su actuar es indispensable acercarnos a sus memorias y al registro que nos ha sido legado gracias a la paciente y amorosa labor de su hija Zoila Aurora Cáceres Moreno, mujer de avanzada y de singulares dotes; escritora, luchadora y activista en el campo político que recogió las memorias de su padre como un acto de amor filial y de urgencia y justicia histórica.
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