Eduardo Zapata

Eduardo Zapata

Keiko, Kenji y la posverdad

Sobre cómo se deificó al supuesto líder de los Avengers

Keiko, Kenji y la posverdad
Eduardo Zapata
26 de abril del 2018

 

Durante meses, una gran mayoría de los llamados líderes de opinión y los poderes mediáticos predominantes no tuvieron el menor recato para convertir al señor Kenji Fujimori en una suerte de Joss Whedon, en referencia al talentoso director que hizo la adaptación al cine de las historietas cómicas de los Avengers.

Repentinamente, el hasta hacía poco personaje del perro Puñete y de sus “travesuras” con el tío Vladi, aquel congresista que concitaba simpatías entre los suyos solo por ser hijo de su “api”, aparecía como el honesto y valiente personaje capaz de enfrentar a la corrupción simbolizada —símbolo alimentado por esos mismos personajes y medios— en la señora Keiko.

¡Antes los chilenos que Piérola! fue una expresión que caló hondo en el imaginario de ciertos sectores del país hacia finales del siglo XIX. Y perduró por su carácter extrapolable para expresar esencialmente antipatías. ¡Primero el “muñeco de ventrílocuo” Kenji en vez de la fría y distante “china”, rezaba la nueva palabra de orden mediática. Con tal de golpear a la señora y fragmentar a su partido, esta manifestación de la hoy llamada posverdad, consistente en convertir a uno en un héroe hasta brillante (sin pruebas o documentación sustentatoria) y a la otra en una hija desleal (por eso el subrayado de “fría y distante”), no se tuvieron remilgos.

Hasta distinguidos intelectuales, conductores de programas de TV y aun asiduos asistentes a estos —enemigos declarados del fujimorismo— lo sostenían públicamente sin rubor. Aun cuando supiesen algunos quién o quiénes eran los manejadores del muñeco, cuáles sus limitaciones y cuáles las intenciones subyacentes. Como decían las viejas abuelas: ¡Ya se les veía hasta el fustán! Pero no importaba.

Decimos esto porque ciertamente la posverdad —alimentada por la liviandad de las redes sociales— tiene poder en la formación de opinión pública. Pero llamaba la atención que hasta los críticos de la posverdad (o mentira disfrazada, según algunos) contribuyesen a deificar al ahora hasta talentoso jefe de los avengers.

Lamentablemente para los hacedores del hechizo, los sucesos terminaron por dañar irremediablemente al personaje criollo del Joss Whedon nuestro. Dañó sí a su hermana y generó una “fuga de talentos” en la bancada de Fuerza Popular, pero el daño no fue suficiente y más bien fortaleció el liderazgo de la señora en el seno de su partido.

Los fans “espontáneos” de Kenji no eran otra cosa —en lo sustancial— que los antifujimoristas de siempre; y jamás iban a votar por él o su partido. Claro está que algún buen número de electores que añoran a “su chino” —eso estará aún por verse— tal vez deserten. ¿Pero hacia dónde? ¿Hacia todos esos grupos que ya detestaban y detestan todo lo que huela a “bacalao”?

No era este el final de Whedon para los avengers. Tampoco un previsible final de Stan Lee y Jack Kirby en las historietas originales. Pero es que ni los libretistas analizaron lo suficiente las ulterioridades del hechizo ni el personaje prefabricado daba para un final político feliz.

Peligrosa la posverdad. Útil, no lo niego, en manos diestras en estos quehaceres. Burda e inútil en manos de quien busca construir personajes sólidos a partir de la nada; pensando solo en destruir a otros.

Recordemos que hasta en el mundo de lo imaginario los héroes deben ser realmente capaces de serlo.

Finalmente, ¿No serán los llamados “antisistema” los triunfadores de esta historieta?

 

Eduardo Zapata
26 de abril del 2018

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