EL MONTONERO | Primer Portal de opinión del país
El chip de la violencia

Columna

El chip de la violencia

15 de Agosto del 2016

¿Cuán violentos, de acto y de palabra, somos los peruanos?

La marcha “Ni una menos” toca una de las aristas problemáticas de la sociedad peruana: la violencia contra la mujer es un fenómeno lamentable y común. Por tal razón, miles nos concentramos con toda justicia e indignación el sábado 13 en las calles de Lima y de otras ciudades para reclamar por la cobarde violencia que muchos hombres ejercen contra ellas. Sin embargo, somos una sociedad signada por la violencia de género, que con la boca niega lo que en el fondo cree. Muchas mujeres permanecen al lado de sus cónyuges porque lo manda la cultura o la necesidad: continuidad, religión, resiliencia y reconciliación hasta el empecinamiento. Muchas mujeres toleran la violencia porque dependen o temen al que la ejerce, y otras hasta rechazan cualquier injerencia exterior. Me ha tocado defender de boca a una mujer contra la violencia verbal incontinente de un hombre para luego salir mal parado: la mujer denigrada defendió su espacio y su pleito (suyo al fin), y la intangibilidad auditiva de su marido agresor. Estamos tan mal adaptados que según una encuesta de Ipsos, bastante reciente, el 76% de entrevistados opina que (en mayor o menor medida) una mujer es culpable de recibir violencia de su marido si la causa es la infidelidad. Pésimo.

No obstante, la violencia es un problema mucho más complejo, general y profundo. Leía un artículo (al día siguiente de la marcha) en el que una periodista se quejaba precisamente del machismo de un hombre (un extraño) que le increpó en la calle por una situación. Ella reaccionó a través de una demostración de fuerza y lo manifestó con orgullo, como si esto no fuera también una forma de violencia (“Te metes conmigo, yo te puedo pegar”). La violencia en general es cotidiana y es común detectarla en el tráfico, cuando dos hombres se encienden en furias idiotas por ganarse espacio en la pista. Una escena bastante común. La violencia lleva a personas insertas en el delito a asesinar por un celular, un auto o por dinero extraído de un cajero automático. Hace veinte o treinta años los asaltos podía concluir en una herida, difícilmente en un disparo gratuito.

Muchos se deleitan con el sufrimiento y la torpeza agónica del toro en los cosos o se regocijan con la violencia de la televisión, que comparten con sus hijos, o ejercen maltrato sobre sus niños. La violencia contra la mujer es uno de los fenómenos visibles más deplorables, pero habría que registrar cuánta violencia resisten los niños sin que ningún colectivo organice una marcha o concientice a los padres sobre la mejor forma de educar.

La violencia está instalada como un chip en las escuelas, coloca a niños rabiosos contra niños tranquilos (bullying), a aquellos contra sus profesores o todos contra sus propios padres. La violencia se multiplica en las redes sociales; estas son casi su centro, donde opinar en minoría es un crimen cuya condena es el ciberbullying, el aplastamiento de la honra, la autoestima o el derecho a pensar. Muchos Facebook star systems apelan a esa violencia, aprovechando su microcosmos, y ganan centenas de likes o comentarios crueles, si se trata de denigrar a un hombre o a una mujer por sus opiniones, sus gustos, sus militancias, su ideología, sus artes, sus disidencias y hasta sus silencios.

¿No somos una sociedad violenta que marcha contra la violencia? ¿Y si comenzamos por analizar aquellas situaciones en todos los ámbitos de nuestras propias vidas en los que la violencia nos ha ganado y nos tornó alguna vez en victimarios o victimarias? ¿No nos viene bien un examen de conciencia? ¿Cuán violento o violenta, de verbo y de acto, es usted? ¿Les pega a sus hijos? ¿Ha practicado el ciberbullying? ¿Ha “lorneado” a alguien, premunido de exquisita maldad? ¿Saliva con la sangre del toro en la arena? ¿Es habitué de los golpes de puño? ¿Injuria en el tráfico? ¿Se desahoga con quien puede? ¿Ha “quemado vivo” a su subalterno?

Estuve en la marcha y la celebré. Pero ¿por qué no la seguimos con una marcha en favor de la paz y el respeto entre todos nosotros?

 

Raúl Mendoza Cánepa