Darío Enríquez

Darío Enríquez

Debemos salir en defensa de la Paisana Jacinta

Si acaso el personaje de ficción necesita una defensa

Debemos salir en defensa de la Paisana Jacinta
Darío Enríquez
29 de noviembre del 2017

 

El último gran suceso del cine nacional peruano es la película de la Paisana Jacinta. Su éxito, sin precedentes ni previsión, ha desatado las iras de pretendidos adalides del arte, de ignotos comisarios de la cultura y de frustrados censores del gusto popular, tanto del Perú como de organismos internacionales, donde estos personajes parasitan nuestros impuestos. Para los que ya deben estar salivando improperios realmente racistas contra quienes no compramos la “figurita repetida” de la falsa indignación progresista, aclaro que la mitad de mis ancestros son de origen wanka, y que una de las tantas “chapas” que he lucido en mi agitada vida —por cortesía de buenos amigos— es la de “Al Pacino” (sigan el sonido de la pronunciación, mezcla de alpaca con chino).

Nada menos que el ministro de la Cultura, Salvador del Solar, haciendo gala de una supuesta licencia para opinar de una obra que no ha visto y un personaje que no conoce, ha criticado ácidamente al personaje de ficción y ha desatado sus iras laicas contra quienes osan tener un gusto diferente al suyo, e incluso contra quienes vean la película solo por curiosidad o diversión banal, condenándolos a la hoguera de sus desprecios y sentencias mojigatas, cual Torquemada del siglo XXI: “Nos parece que presenta una imagen denigrante de la mujer andina, que se burla de ella, que la presenta como ignorante y sucia, entre otras cosas. Y eso merece nuestro rechazo y repudio”.

El mencionado funcionario público nos tiene acostumbrados a sus desatinos y a su falta de conocimiento de la realidad peruana, cuando no su desequilibrada escala de valores. Para el citado funcionario, la China Tudela es un personaje satírico que no debe llamarnos a crítica, cuando siguiendo la misma línea discursiva podríamos decir: “Nos presenta una imagen denigrante de la mujer de clase alta limeña; que la presenta como racista, prejuiciosa, ignorante, soez, entre otras cosas. Y eso merece nuestro rechazo y repudio”. Además, lo peor de todo, es que mientras la Paisana Jacinta no tiene mayor pretensión que un entretenimiento cuya calidad sería discutible, pero no va más allá, Rafo León usa al personaje de la China Tudela como arma arrojadiza para adjetivar e insultar a quienes son sujetos de sus fobias políticas, sociales y raciales. Es pertinente la comparación porque hablamos de juicios de valor que emite un funcionario público, con evidente sesgo para favorecer a la “gentita” y lapidar a quienes no son de su grey. Su comportamiento podría calificar desde una falta administrativa hasta un delito en el ejercicio de su función ministerial.

Sucede que gente ideologizada, como el ministro Del Solar, terminan odiando lo que no entienden. Hay en este y otros discursos, como los que propala el ministro Del Solar, evidencia de falso racismo y de una pose culturosa. Es gracioso que Salvador del Solar critique la calidad de la Paisana Jacinta, y que al mismo tiempo él haya sido protagonista de una película mediocre que destrozó una novela de un gran escritor, tanto que la redujo, con morbo y escasa elegancia, a un desfile de mujeres-objeto, que se sintetiza en los bellos senos desnudos de Angie Cepeda —en el papel de una prostituta colombiana— y la inútil competencia de la aguerrida Tatiana Astengo, jugando el rol de una prostituta peruana varios puntos por debajo en el ranking de la cosificación, fieles al terrible prejuicio de los prostibularios sobre la "superioridad colocha” en estos menesteres ¿O no? A propósito, ¿Alguien recuerda la talentosa interpretación de Don Panta en esa película? Yo tampoco.

Las diversas reacciones contrarias del mainstream progresista —cargadas de odio, desprecio y adjetivaciones gratuitas— caen perfectamente en lo que Bertrand de Jouvenel expone brillantemente cuando responde la pregunta: ¿Por qué los intelectuales odian al capitalismo? Aquí un extracto pertinente de su conferencia “Los intelectuales europeos y el capitalismo”, publicada en El capitalismo y los historiadores:

El hombre de negocios ofrece al público “bienes”, definidos como “todo lo que el público desea comprar”; el intelectual trata de enseñar lo que está “bien”, y para él algunos de los bienes que se ofrecen son cosas de ningún valor y el público debería ser disuadidos de dejarlas. El mundo de los negocios es para el intelectual un mundo de valores falsos, de motivos bajos, de recompensas mal dirigidas.

Parafraseando a Jean Paul Sartre cuando hablaba de detectar derechistas: “El que diga que el personaje de la Paisana Jacinta es expresión de racismo, ese es el verdadero racista”. Pero los caballeros cruzados que se levantan contra este personaje, en realidad desconocen que la mujer andina no es ni por asomo lo que representa la Paisana Jacinta. Si acaso algo “representa” es una mezcla ficcionada de caricaturas rurales andinas, y lo que maneja el hilo conductor del humor es cómo esa “ruralidad” se desenvuelve dentro de la “urbanidad”. Otra vez el contraste de lo rural en medio de lo urbano, desata hilaridad. Claro que hay conflictos en ese proceso de inserción social del inmigrante rural que llega a una urbe huyendo del campo empobrecido, acaso la urbe más cercana, acaso la gran urbe regional, acaso la gran capital nacional. El recuerdo de ese proceso duro, complejo y pleno de sinsabores —aunque también de pequeñas victorias cotidianas— construye una reacción positiva frente al humor que recrea el proceso, y nos encuentra hoy disfrutando un mejor nivel de vida luego de superar el reto. Por analogía pasa también con aquellos que migran al exterior.

En todo ese escenario ficcionado por el genial Jorge Benavides, junto a Adolfo Aguilar y Sandro Ventura, hay algo que los non plus ultra de la cultura, la “dignidad” y el buen gusto ni siquiera notan, porque siguen sus prejuicios y dejan de lado el análisis objetivo de lo que critican: la alegoría del triunfo del inmigrante en medio de la hostilidad de la urbe. La gente se divierte y a la vez identifica esos elementos casi sin darse cuenta. La obsesión de los gramscianos por crear conflictos “culturales” donde no los hay está empezando a ser peligrosa. Protejamos la libertad y los gramscianos serán disueltos por implosión, víctimas de sus propios odios e incoherencias. La Paisana Jacinta no necesita que la defiendan, simple y sencillamente porque en la ficción siempre se sale con la suya. Y en la realidad, también.

 

Darío Enríquez
29 de noviembre del 2017

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