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Lecciones trumpianas para Perú

Columna del director

Lecciones trumpianas para Perú

11 de Noviembre del 2016

Notas para evitar el desborde antisistema

La elección de Donald Trump a la Presidencia de Estados Unidos se produjo sobre la derrota de las élites tradicionales, los partidos políticos, los medios de comunicación, las encuestadoras, y el mundo académico e intelectual de la gran nación del norte. Si valen las comparaciones, Trump se parece demasiado a los típicos outsiders latinoamericanos, algo que parecía impensable en la mayor democracia del planeta. ¿Qué pueden aprender los peruanos de esta experiencia?

El triunfo de Ollanta Humala en el Perú demostró que había una voluntad antisistema que podía convertirse en mayoría en contra de las élites, los medios de comunicación y el espacio intelectual académico. Había una sensibilidad especial ante la amenaza chavista y parecía apropiado hablar de un elenco estable de la política (Keiko, PPK, Alan García, Alejandro Toledo y Luis Castañeda), ante la falta de organizaciones políticas y en contraposición a la alternativa antisistema.

En las elecciones del 2016, el relegamiento de Verónika Mendoza y la encarnizada disputa entre PPK y Keiko Fujimori en la segunda vuelta, poco a poco, quizá sin que los electores seamos conscientes, alineó a la mayoría de las élites, los medios de comunicación y algunos partidos en contra del fujimorismo. La mayoría naranja abrumadora en el Legislativo reforzó este hecho.

Si uno analiza el humor antifujimorista mayoritario en el espacio público y, en general, las aproximaciones de las élites, se podría afirmar que el establishment peruano prefiere a Verónika Mendoza antes que al fujimorismo. Todos sabemos que semejantes emplazamientos no tienen nada que ver con la realidad, porque el pepekausismo y el fujimorismo están matrimoniados: si la administración PPK fracasa se adelgazan las posibilidades fujimoristas en el 2021. Mientras que el Frente Amplio de Mendoza se ha propuesto detener la producción de cobre del Perú para lentificar el crecimiento ( y desencadenar el fracaso de PPK) y fomentar la resurrección estatista en el Bicentenario.

Pero hoy las cosas están como están y las élites parecen dispuestas a fomentar las tensiones entre el pepekausismo y la mayoría legislativa. Las cosas han llegado a ser tan descabelladas que, en la práctica, hubo un abierto respaldo a la estrategia del Frente Amplio de establecer una especie de “veto” en contra de la mayoría legislativa en el caso de la elección de los directores del BCR. El intento se hizo con todo: con respaldo mediático y con voluntad de calentar la calle. Nadie puede pensar un veto contra una mayoría legislativa en democracia, ¿o sí?

La pregunta que deberíamos plantearnos los peruanos de buena voluntad es hacia dónde lleva este tipo de organización de la vida pública. ¿Qué busca la guerra contra una mayoría legislativa? ¿Que renuncie a su condición de mayoría?

Si la administración PPK fracasa en medio de una guerra contra la mayoría naranja el resultado suma cero: la izquierda podrá sostener que el fracaso se debe a la continuidad del modelo neoliberal y al obstruccionismo autoritario del fujimorismo que bloqueó el éxito del gobierno. Un disparo para matar a dos pájaros que el autoproclamado liberal hayekiano llorará; o a lo mejor no, porque cree que antes que a los naranjas es mejor apoyar a Verónika. Locuras netamente nacionales.

Sin embargo la organización de un escenario de “suma cero” no solo puede afectar al pepekausismo y al fujimorismo, sino que —a lo mejor— la representación del antisistema se desplaza hacia una figura más radical de escenario, a un especie de Trump de izquierda que empiece a echar sapos y culebras en contra del establishment de los últimos 25 años. ¿Alarmismo innecesario? ¿Un año atrás alguien acaso creía que Trump iba a barrer a la élite estadounidense?

Cuando la política renuncia a su naturaleza de pacto y cooperación y se inclina por las artes de la guerra semejantes preguntas se justifican plenamente.

 

Víctor Andrés Ponce