Víctor Andrés Ponce

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Dinastía y política en el Perú

¿Una expresión de la fragilidad democrática?

Dinastía y política en el Perú
Víctor Andrés Ponce
28 de mayo del 2018

 

Luis Castañeda, alcalde de Lima, acaba de anunciar que su hijo será candidato a la alcaldía de Lima. Unos meses atrás, cuando la guerra Ejecutivo versus Legislativo —durante la pasada administración PPK— se desataba con gran intensidad, en su afán de arrinconar al keikismo, el antifujimorismo levantó a Kenji Fujimori hasta alturas inimaginables. Detrás del inflador a favor del menor de los Fujimori estaba la clara voluntad dinástica del propio Alberto —en alianza con la administración PPK— de fracturar a Fuerza Popular y determinar quién era el sucesor en el llamado fujimorismo. Y si se trata de mencionar otros antecedentes no deberíamos olvidar el proyecto de reelección conyugal con el que alguna vez soñaron Ollanta Humala y Nadine Heredia.

Las dinastías en la vida pública no parecen formar parte de las grandes tradiciones en la historia política peruana. Los Pardo y los Prado son ejemplos de padres e hijos que llegaron al poder y, por el lado de la provincias, más allá de los hermanos Cáceres Velásquez en Puno, no parece haber protagonismos de familias en política.

Si se recuerda las dinastías de los Kennedy en Estados Unidos y de los Frei en Chile, por ejemplo, es evidente que el papel de determinadas familias en la política no necesariamente significa tradiciones antidemocráticas. No obstante, la democracia como sistema nació para acabar con las sucesiones dinásticas de las noblezas. La idea de un ciudadano un voto inevitablemente llevó a forjar al príncipe moderno: el partido político. Las cosas siguen así hasta hoy, no obstante la sociedad de redes que comienza a surgir con la revolución digital. Todavía no se inventa una manera efectiva de reemplazar a los partidos.

Algo más. Sorprendentemente los marxismos y los comunismos, que se reclamaban los proyectos más ilustrados de la historia, envueltos de la plena soberanía popular expresada en el papel de la clase obrera, han terminado creando dinastías que harían que el viejo Marx, si resucitara, se sumergiera en depresión terminal. Allí están los herederos de Kim Il Sung en Corea del Norte, los hermanos Castro en Cuba, la familia Ortega en Nicaragua y otros. Cualquier intento de reemplazar a la democracia como manera de organizar la vida pública, finalmente, es un viaje al pasado, a las dinastías que imperaban en los absolutismos.

En este contexto, vale preguntarse qué significa la débil reaparición de algunas imágenes dinásticas en la política peruana. La primera impresión es que este tipo de conductas políticas revela que la institucionalidad sigue siendo una palabra muy extraña en la realidad peruana. Quizá, simplificando las cosas, se podría decir que en nuestro país no hay instituciones porque no hay instituciones partidarias. Otra aproximación nos podría señalar que cualquier reacción dinástica, de una u otra manera, también avanza contra la historia política vinculada a instituciones y los débiles esfuerzos por construir organizaciones estables.

Por ejemplo, el siglo XX conoció esfuerzos partidarios como los del aprismo y del acciopopulismo —sobre todo el gran partido de Haya de la Torre— que intentaron desterrar las relaciones entre ADN y política y vida pública. La patética apuesta del albertismo en levantar a Kenji también avanza en sentido contrario de la institucionalización del keikismo, más allá de que el daño causado revele que Fuerza Popular todavía está a distancias siderales de la idea de un partido institucionalizado.

 

Víctor Andrés Ponce
28 de mayo del 2018

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