El próximo 18 de marzo el gabinete que preside Denisse Miralles...
En todas las encuestas y sondeos publicados en los últimos días los candidatos de la izquierda no despegan, no levantan vuelo. Y por el contrario, los candidatos de la centro derecha se ubican en la segunda vuelta, en el tercer lugar e, incluso, aparecen los outsiders que no tienen nombres y apellidos de izquierda.
Algo más. La estrategia de balcanización del sistema político fue una conspiración artera del progresismo –a través de una serie de reformas del sistema electoral– para destruir el sistema de representación política y las necesarias y urgentes partidocracias que debe tener todo sistema republicano. El objetivo de estas reformas: empoderar a los organismos electorales en los comicios y minimizar el papel de los partidos políticos frente a las llamadas organizaciones de la sociedad civil (oenegés, medios de comunicación y representaciones autoproclamadas de la sociedad).
Sin embargo, la balcanización del sistema político es de tal gravedad –existen 36 candidatos a la presidencia– que la sociedad, los electores, los ciudadanos en general, como un mecanismo de preservación interna frente a la anarquía, comienzan a focalizarse en los candidatos más visibles. Es decir, las encuestas empiezan a señalar que solo cuatro o cinco organizaciones lograrán superar la valla electoral ante la magnitud de la dispersión de las alternativas de representación.
En otras palabras, toda la frivolidad progresista, que se focalizó en cómo hacer las reformas para gobernar sin formar partidos ni ganar elecciones, se podría convertir, como se dice, en un virtual tiro por la culata. Casi todas las organizaciones que superarían la valla electoral, según los últimos sondeos, pertenecerían a la centro derecha.
Ahora bien, las reformas del progresismo se convirtieron en un boomerang letal o estamos ante tendencias más profundas. A nuestro entender la sociedad peruana enfrenta situaciones más hondas que han sido desconocidas, ignoradas, por los medios de comunicación, y el análisis de los opinólogos oficiales. ¿A qué nos referimos? Todos los clásicos de la política siempre han sostenido que en la política de una sociedad existen tendencias de estructura y otras circunstanciales, de coyuntura. Uno de los grandes problemas de la reflexión política hoy en el Perú es que todos se focalizan en la coyuntura, en la circunstancia, en el sondeo de la semana o el humor de ayer. Y de allí extraen sus conclusiones en política. Por ejemplo, luego del golpe fallido de Pedro Castillo, el desgobierno de Dina Boluarte se fraguó con el respaldo de las bancadas legislativas de la centro derecha. Y como el Ejecutivo y el Congreso tenían menos de 10% de respaldo, y el movimiento caviar alentó la vacancia de aquí para allá –con el objetivo de controlar el proceso electoral– la conclusión fue categórica: la derecha estaba enterrada. Era hora nuevamente de la izquierda. Incluso el último populismo ético que promovió la vacancia de José Jerí viene de esa percepción errada.
Sin embargo, por encima y por debajo de esa tendencia circunstancial existe una tendencia estructural que atraviesa a toda la sociedad, a todos los actores e instituciones. ¿A qué nos referimos? Al trauma nacional que representó elegir a Pedro Castillo, el peor candidato de la historia republicana, el menos preparado y que anunciaba todos los despropósitos habidos y por haber de la izquierda comunista. De alguna manera la sociedad peruana identifica el declive nacional con la llegada de Castillo y la violencia que desató para imponer su asamblea constituyente, más allá de que la involución empezara con el gobierno de Humala. En otras palabras, al margen de la falta de una verbalización, la izquierda está en el banquillo de los acusados.
En el sur, por ejemplo, la gente sabe que la violencia de Castillo derrumbó el PBI de Cusco y Puno en alrededor de 30% con la recesión del 2023. La gente se moría de hambre. En el sur nunca se volvió a marchar con la izquierda y, más allá de las encuestas, no sería extraño que un candidato de la centro derecha avance en esas provincias.
Pedro Castillo entonces es el trauma nacional, único en las últimas décadas, que los analistas, algunas encuestadoras y los actores públicos pretenden relativizar señalando que tiene un 25% de respaldo (¿y los dos tercios restantes del país acaso no está traumatizado?). E igualmente se mencionan las pasadas encuestas sobre la desaprobación de Boluarte y el Congreso.
Si Castillo es un trauma nacional entonces es bien difícil que la gente vuelva a votar con los pies dos veces seguidas. ¿O no? Por eso lo más probable es que si hay un outsider no venga de la izquierda sino de otra geografía.
En cualquier caso, las izquierdas en todas sus versiones –la chavista, la comunista y la progresista caviar– ya llegaron al poder cuatro veces en la última década (Humala, Vizcarra, Sagasti y Castillo). Es la hora entonces de quienes no han estado el poder.
















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