Globalización

Reflexiones sobre la violencia en Francia

Un aviso general para las sociedades occidentales

Reflexiones sobre la violencia en Francia
  • 21 de octubre del 2026


Francia, la séptima economía del mundo, la segunda economía de Europa, con un PBI de más de 3.1 billones de dólares; es decir una de las principales potencias del planeta, hoy está azotada por una insurrección que destruye escuelas, locales públicos, negocios y empresas privadas –grandes y pequeñas– y que desarrolla enfrentamientos abiertos con la policía y las fuerzas de seguridad. ¿Cómo explicar que una de las potencias del mundo se derrumbe y desangre por dentro?

Una primera explicación, incuestionablemente, es el estatismo, el clásico socialismo que fracasa en todas partes del planeta y en diversas etapas de la historia, desde que nació como propuesta ideológica. El gasto del Estado de Francia representa más de la mitad de ese PBI de más de 3.1 billones de dólares porque se tiene que pagar pensiones, servicios y todos tipos de asistencias –incluso a los migrantes ilegales– según la naturaleza del llamado Estado de bienestar. El gobierno de Emmanuel Macron ha consolidado este Estado asistencialista, no obstante sus crisis estructurales. Un tipo de Estado que solo puede sobrevivir con impuestos confiscatorios al sector privado y a toda la sociedad.

Sin embargo, ¿acaso solo el estatismo explica la explosión de violencia en Francia? De ninguna manera. En Francia se desarrolla una revolución cultural –sin partido único tal como sucedió en China– desde la revolución de mayo del 68 en el siglo pasado, una revolución cultural que ha convertido la historia y el legado cultural francés en sinónimo de “imperio depredador y sangriento sobre las colonias francesas en África”. 

El neomarxismo, las corrientes posmodernas francesas y los comunistas clásicos han alentado esta especie de sentimiento de culpa de Francia y han construido el “multiculturalismo” como una manera de expiar los pecados imperiales. Bajo la “visión multicultural” se fomentó y premió la inmigración indiscriminada –no la inmigración que construye países y se asimila al Estado de derecho de los países receptores– y desde los países islámicos llegaron olas de inmigrantes que no aceptaron la Constitución, las leyes nacionales y civiles de Francia. La inmigración islámica comenzó a construir estados dentro del Estado francés y las zonas liberadas de la autoridad se multiplicaron de aquí para allá. ¿Cómo entonces no iba a estallar la insurrección actual?

En Francia se ha quebrado el principio de autoridad de la escuela, de la familia, del municipio, de la sociedad y del propio Estado. Francia está en un virtual Estado de anarquía que puede derivar en una irreconocible revolución, pero lo más probable es que sobrevenga una reacción conservadora, como suele suceder en todas las experiencias parecidas. La alianza marxista, comunista e islámica no tiene la capacidad de formar un nuevo poder ni de ganar una elección.

En este contexto, todas las encuestas señalan una ventaja abrumadora para Marine Le Penn, la candidata de la derecha a la que todos los medios progresistas del planeta califican como de “ultraderecha”. Lo único ultra en Francia siempre fue el radicalismo marxista y el fundamentalismo islámico. Una ventaja abrumadora de Le Penn le podría permitir formar un gobierno y restablecer el principio de autoridad hoy pulverizado por la anarquía callejera.

En cualquier caso, los sucesos de Francia representan un claro aviso para todas las sociedades de Occidente, las de Europa y de las Américas, sociedades en donde se controla el poder y florecen las libertades políticas y económicas. Un claro aviso de que este tipo de violencia solo se observa en sociedades donde se disfruta de libertad. No sucede en China ni en las sociedades islámicas. Por ese motivo los sectores que defienden el Estado de derecho deben entender que la prosperidad económica por sí sola –el caso de Francia por ejemplo– no garantiza la libertad, sino que debe existir una intensa, feroz, lucha cultural contra el progresismo y las izquierdas para preservar nuestra historia, nuestras tradiciones y evitar esos discursos corrosivos que pretenden erosionar todas las instituciones básicas que desataron la prosperidad y la libertad en Occidente (propiedad privada, familia, religión, mercados, juicios morales).

Si los amigos liberales e, incluso, socialistas de buena voluntad pretenden tapar el sol con un dedo es otro problema. Francia, el país secular y racionalista por excelencia, la sociedad donde floreció el neomarxismo y las corrientes posmodernas, hoy arde y comienza a convertirse en ruinas porque los franceses renunciaron a la inevitable guerra cultural.

  • 21 de octubre del 2026

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