El ataque terrorista de Hamás proveniente de la Franja de Gaza ...
Francia ha vuelto a arder. Una movilización supuestamente convocada por el costo de vida, la falta de profesores y el deterioro de las escuelas terminó convertida en una jornada de incendios, saqueos, ataques contra policías y asaltos a edificios públicos. En varias ciudades, grupos violentos destruyeron comercios, incendiaron vehículos y atacaron sedes municipales; incluso inmuebles históricos resultaron dañados por el fuego, una imagen devastadora de la degradación del orden público. Unas 550,000 personas participaron en las protestas del 17 de octubre, según el Gobierno, y alrededor de 1,800 fueron detenidas y más de 500 policías, gendarmes y bomberos resultaron heridos.
El Gobierno francés atribuyó la violencia a núcleos de ultraizquierda y delincuentes que atacaron centros de poder, comercios y fuerzas de seguridad. En París aparecieron encapuchados, consignas antipoliciales y banderas pro-Palestina. La Francia Insumisa, sindicatos y diversas organizaciones radicales respaldaron la movilización.
No se engañe estimado, lector. En Francia existe una convulsión social incuestionable, pero los objetivos de la protesta tienen que ver con una extraña alianza entre grupos marxistas y corrientes islámicas que pretenden la destrucción de las sociedades occidentales y el Estado de derecho en Francia. Este escenario devastador en un país donde se emplaza París, la llamada Ciudad de las Luces, también es una construcción de ese llamado multiculturalismo que alentó el sentimiento de culpa en los franceses por ciertos errores imperiales, mientras se ocultaba todos los logros universales que Francia representó y el valor de Occidente como la civilización donde se han construido los mayores espacios de libertad de la humanidad.
En Francia se permitió una inmigración indiscriminada sin exigir el respeto al Estado de derecho y las leyes nacionales. El resultado es una sociedad crecientemente fragmentada, donde existen estados dentro del estado nacional con sus propias leyes políticas y civiles, sobre todo en algunos sectores islámicos. Las cifras explican la magnitud del desafío. Según el instituto estadístico oficial INSEE, en Francia vivían 7.97 millones de inmigrantes en 2025, equivalentes al 11.6% de la población y cerca de la mitad de la población inmigrante había nacido en África.
El Gobierno de Macron atribuyó la responsabilidad de la revuelta a grupos de extrema izquierda y delincuenciales. Sin embargo, también es evidente que en diversos episodios participaron extranjeros e inmigrantes, una realidad que no debe ocultarse por corrección política ni usarse para estigmatizar a quienes trabajan y respetan la ley. Todo Estado que recibe flujos migratorios numerosos debe controlar sus fronteras, verificar identidades, combatir la irregularidad, expulsar a extranjeros que delinquen y exigir integración efectiva, basada en el respeto a la ley, las instituciones y la cultura cívica nacional. Negar la relación entre seguridad, cohesión social y control migratorio es una irresponsabilidad.
Europa todavía puede corregir el rumbo. Frontex registró cerca de 178,000 cruces irregulares de las fronteras exteriores de la Unión Europea en 2025, 26% menos que el año anterior. La reducción demuestra que el control es posible cuando existe voluntad política.
Fronteras seguras no significan hostilidad contra el extranjero. Significa seleccionar quién entra, expulsar a quien delinque, desarticular las redes de tráfico humano y defender al inmigrante legal que trabaja y respeta las normas. También significa reconocer que ninguna democracia puede sobrevivir si tolera organizaciones que importan conflictos extranjeros, promueven odio contra Occidente o utilizan causas como Palestina para encubrir agendas revolucionarias.
La filosofía dominante en Bruselas ha tratado durante demasiado tiempo la soberanía como una vergüenza, la identidad nacional como un prejuicio y la autoridad como una amenaza. Ese dogma está socavando los cimientos civilizacionales de Europa: el Estado de derecho, la seguridad, la continuidad cultural y la confianza entre ciudadanos. Francia necesita recuperar sus calles, controlar sus fronteras y hacer respetar su ley sin complejos. Una civilización que renuncia a protegerse no se vuelve más humanitaria; simplemente prepara su propia derrota.
















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