La seguridad ha dejado de ser un asunto limitado a policías, fu...
Brasil ya pronunció su primer veredicto. Con casi el 100% de las urnas contabilizadas, Flávio Bolsonaro obtuvo más del 47% de los votos válidos (55.77 millones), mientras Luiz Inácio Lula da Silva alcanzó cerca del 45% (53.14 millones); la diferencia ronda los 2.6 millones de votos. Ambos volverán a enfrentarse el próximo 25 de octubre, pues ninguno alcanzó la mayoría absoluta necesaria para imponerse en primera vuelta. No es un detalle estadístico: es una señal política contundente. La izquierda gobernante llegó con el aparato federal a su favor y terminó detrás de una oposición a la que daba por derrotada.
El resultado representa una derrota política para Lula, aunque todavía no sea definitiva. El mandatario llegó a la elección encabezando buena parte de las encuestas y presentándose como garantía de estabilidad. Sin embargo, Bolsonaro lo superó por más de dos puntos porcentuales. Es la primera vez desde 1998 que Lula queda en segundo lugar en una primera vuelta presidencial en la que participa. El lulismo mantiene una maquinaria territorial inmensa y conserva su fortaleza en el Nordeste, pero ya no puede venderse como la expresión inevitable de “lo popular”. Millones de brasileños votaron contra la continuidad de un modelo que promete protección, pero entrega estancamiento, impuestos y burocracia.
Bolsonaro consiguió algo que parecía improbable: heredó el voto del bolsonarismo (su padre es el expresidente brasileño Jai Bolsonaro), lo mantuvo unido y superó ampliamente las expectativas. El último Datafolha otorgaba 45% de los votos válidos a Lula y 42% a Flávio; las urnas invirtieron ese orden. Más todavía: el candidato del Partido Liberal quedó a menos de tres puntos de una victoria directa. No fue simplemente un pase al balotaje, fue una demostración de que la derecha puede volver al poder con respaldo popular genuino, sin pedir permiso a las élites mediáticas, académicas y burocráticas que durante años anunciaron el final del bolsonarismo.
La economía ayuda a explicar el castigo hacia el oficialismo. Según el Banco Mundial, el PBI de Brasil pasó de crecer 3.4% en 2024 a 2.3% en 2025, y se proyecta una desaceleración a 1.6% en 2026. La inflación cerró 2025 en 4.3%, aún por encima de la meta central de 3%, mientras la inversión y el consumo privado perdían impulso. Brasil no está quebrado; sería absurdo sostenerlo. Pero crece muy por debajo de su potencial, con una deuda pública creciente, crédito caro y una inversión insuficiente para una economía continental. El lulismo ha preferido expandir el gasto, intervenir y distribuir beneficios antes que garantizar una trayectoria fiscal creíble y un entorno propicio para producir, invertir y contratar.
La batalla del segundo round electoral será diferente. Bolsonaro deberá conquistar a quienes votaron por Augusto Cury, Ronaldo Caiado, Renan Santos y las candidaturas menores, cuyos electores pueden inclinar la elección presidencial. También tendrá que hablarle a millones de brasileños que rechazan al Partido de los Trabajadores, actualmente en el gobierno, pero exigen una derecha competente, institucional y capaz de gobernar más allá del apellido Bolsonaro. La oportunidad existe, pero no basta con indignarse contra Lula ni con repetir las consignas del pasado.
El programa del Partido Liberal, el de Flávio Bolsonaro, plantea una dirección correcta: reducir diez ministerios, eliminar cargos políticos, revisar impuestos y gastos, reactivar privatizaciones y declarar narcoterroristas a las principales facciones criminales. Pero en estas tres semanas debe traducir esas ideas en compromisos comprobables: metas fiscales, equipos técnicos, seguridad jurídica, apertura a la inversión y una estrategia nacional contra el crimen organizado. Brasil necesita orden, pero también un Estado eficaz; necesita libertad económica, pero también instituciones capaces de hacer cumplir la ley.
El avance de la centro derecha también llegó al Congreso. El Partido Liberal ha obtenido al menos 16 senadores y, sumados a los nueve que continúan en funciones, contará con un mínimo de 25 de los 81 escaños de la Cámara Alta. No es una mayoría absoluta —se requieren 41 votos—, pero sí la mayor bancada y una plataforma decisiva para construir coaliciones, aprobar reformas y restablecer contrapesos institucionales. El próximo gobierno no podrá ignorar esa nueva correlación de fuerzas.
Lo que Brasil decida trascenderá sus fronteras. Javier Milei, José Antonio Kast, Daniel Noboa y Keiko Fujimori representan, con sus propios matices, una derecha regional que vuelve a poner la seguridad, la propiedad, la responsabilidad fiscal y la cooperación hemisférica en el centro del debate. Una victoria de Bolsonaro incorporaría a la mayor economía sudamericana a esta tendencia y reforzaría la coordinación contra el narcotráfico, el crimen transnacional y las dictaduras de la región.
Brasil tiene ahora dos caminos. Lula representa la continuidad del estatismo, el deterioro fiscal y una diplomacia ambigua frente al autoritarismo regional. Bolsonaro encarna la posibilidad del cambio, pero deberá demostrar que posee la madurez y el equipo para conducirlo. La primera vuelta ya derribó el mito de la invencibilidad del Partido de los Trabajadores El 25 de octubre Brasil puede terminar de derribarlo.
















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