¿Las sociedades occidentales deben defender la existenc...
Cualquiera que visite el Estado de Israel desarrollará conclusiones realmente sorprendentes y abrumadoras. Una de ellas tiene que ver con la naturaleza plurinacional del Estado de Israel, a pesar de las narrativas predominantes en la mayoría de las sociedades occidentales, que presentan al Estado judío como una avanzada en contra de la diferencia, la otredad y el mundo árabe en general.
La ciudad histórica de Jerusalén preserva restos del Segundo Templo, en donde se emplaza el Muro de los Lamentos, lugar que los creyentes judíos consideran uno de sus lugares más sagrados. Igualmente, en ese espacio pequeño se emplaza la Mezquita de Al-Aqsa, ubicada en el Monte del Templo. Y para el mundo cristiano las cosas son extremadamente impactantes. El Gólgota donde se produjo la crucifixión de Jesucristo, el Santo Sepulcro, las iglesias en donde se azotó y se coronó con espinas al Nazareno y la Vía Dolorosa que los cristianos sueñan con recorrer antes de morir.
Si la Ciudad Vieja de Jerusalén estuviese bajo control del integrismo islámico, ¿acaso sería posible tanta diversidad cultural en un pequeño espacio de alrededor de 0.9 kilómetros cuadrados? Y si le sumamos que, en ese pequeño espacio, que resume gran parte de la historia universal, se emplazan barrios cristianos, judíos y musulmanes, la conclusión es incuestionable: algo así solo es posible porque en Israel se organiza un estado que tolera y fomenta la plurinacionalidad.
Semejante conclusión se refuerza cuando el Estado de Israel, en los últimos meses, sobre todo luego de la caída del gobierno de Bashar al Ásad en Siria, se ha convertido en protector de las minorías drusas, cristianas y kurdas en territorio sirio, minorías que son brutalmente masacradas por las avanzadas del fundamentalismo islámico sunita. En Israel uno se topa con sinagogas, iglesias cristianas de diverso origen y mezquitas, como una clara expresión de una extendida tolerancia.
¿Cómo así se ha construido este Estado tan tolerante con las minorías? Es incuestionable que en Israel existe un Estado nacional que reconoce sus fundamentos, existencia y tradiciones en la historia y la presencia del pueblo judío. Sobre la base de ese Estado nacional se construye la plurinacionalidad. Por ejemplo, la ciudadanía israelí tiene varias graduaciones. Los ciudadanos israelíes pertenecientes al pueblo judío votan y desarrollan el servicio militar de manera obligatoria. Los musulmanes o árabes israelíes por propia voluntad deciden no votar ni servir en las fuerzas armadas. Muy por el contrario, las minorías drusas y cristianas se consideran ciudadanos israelíes a plenitud y votan y sirven en las fuerzas armadas.
Sin embargo, todos los ciudadanos de la sociedad israelí sí están sujetos al sistema de derechos de propiedad, contratos y mercados que los convierte en una unidad económica y social. El multiculturalismo israelí nace, pues, de la consolidación del Estado nacional; a diferencia del multiculturalismo progresista en Occidente, que pretende destruir los estados nacionales para acabar con el predominio del “hombre blanco, patriarcal y capitalista”. Ese multiculturalismo progresista que erosiona a Occidente solo presagia guerras y enfrentamientos entre civilizaciones.
Ahora bien, sin negar la fragilidad y precariedad de las cosas, se puede sostener que el Estado israelí es uno de los pocos estados plurinacionales del planeta. Un Estado y una sociedad que suma más de 10 millones de ciudadanos, ocho millones de la mayoría judía y dos millones de musulmanes, cristianos y drusos.
¿Por qué se desconoce esta realidad en Occidente? Luego del 7 de octubre del 2023, cuando más de 3,000 terroristas de Hamas invadieron los poblados civiles israelíes asesinando a cerca de 2,000 civiles –entre ellos niños, ancianos y mujeres embarazadas– Israel desató una contraofensiva total para salvar la existencia del Estado israelí. Una contraofensiva que avanzó sobre Hamas en la Franja de Gaza, sobre Hezbollah en la frontera con del Líbano y otros proxies anti-israelíes; hasta que, finalmente, todo derivó en el bombardeo de Irán y la eliminación de la élite militar y nuclear iraní.
Semejante contraofensiva de un pueblo que ha sufrido varios holocaustos y genocidios (entre ellos el de Roma y el de los nazis) nacía de la terrible disyuntiva entre desaparecer o sobrevivir. El nuevo Holocausto del 3 de octubre fue ocultado por la prensa y las narrativas progresistas en Occidente que agitaron un antisemitismo que evoca los peores momentos antes de la Segunda Guerra Mundial.
















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