Cecilia Bákula
En recuerdo de María Reiche
Una vida motivada por la voluntad de servicio
El mes de mayo nos trae el recuerdo de grandes personajes del Perú, individuos que con su desempeño profesional y, por lo general dotados de una muy especial humildad, aportaron al Perú no solo conocimientos, reflexión sobre el país y acciones destacadas, sino que se han convertido en referentes aunque muchas veces olvidados, han ido construyendo los cimientos de nuestra propia identidad.
Tal es el caso de Maria Reiche, arqueóloga, matemática y gran mujer de ciencias de origen alemán, quien tuvo siempre una clara vocación de servicio lo que le llevó a venir al Perú para dedicarse inicialmente a la enseñanza de las matemáticas, ciencia que era una de sus pasiones. En un primer momento se estableció en el Cusco y luego de un breve retorno a su país, regresó al Perú para hacer de este suelo su patria, de nuestra realidad su amor, de nuestra historia su interés y del Perú su pasión y vocación. Desde sus primeros momentos en el Cusco se afianzó una profunda y respetuosa fascinación por nuestra riqueza cultural lo que resultó ser determinante en las decisiones futuras que tomó.
María había nacido en la ciudad de Dresde, Alemania, el 15 de mayo de 1903 y de manera definitiva, se estableció en el Perú desde 1937 hasta su deceso el 8 de junio de 1998. De regreso a nuestro país, su primer destino fue Lima y de manera circunstancial conoció al antropólogo norteamericano Paul Kosok (1896-1959) quien fuera determinante en la vocación que ya despertaba en María respecto a nuestra riqueza arqueológica y cultural; él la introdujo en la pasión por las Líneas de Nazca, las que él había estudiado desde 1929, llegando a proponer hipótesis de antigüedad y señalando que, en su conjunto, esas líneas eran el calendario de mayor dimensión en el mundo. Fue la pasión de Kosok la que llevó a María a dedicarse, desde 1946 al estudio in situ de esas “huellas” labradas en el desierto y adentrándose en su comprensión, análisis y difusión.
Ya desde 1927, había interés por ese espacio tan enigmático y trabajado sobre las laderas de los montes, en los que destacaban figuras complejas que no podían ser vistas desde el nivel de un caminante. Fue Toribio Mejía Xespe, arqueólogo y discípulo de Julio C. Tello, quien por primera vez se aventuró a intentar un estudio de esa área de imágenes labradas sobre una extensa superficie. María Reiche decidió dedicar la vida a ese espacio y trabajó el conjunto de imágenes al que ella denominaba “El misterio de las pampas”, título que puso a su primera publicación sobre el tema.
La pasión de esta alemana - peruana la llevó a caminar, registrar e investigar las figuras que aparecen en un área muy extensa, de la que ella caminó no menos de 150 km2. La ciencia ha determinado que esas figuras pueden tener una antigüedad de 2.300 años, y tal como se ha señalado, ellas “transformaron un extenso territorio yermo en un paisaje cultural con alta connotación simbólica, ritual y social" y fue gracias al tesón solitario de Reiche que el Perú y el mundo empezaron a tomar conciencia de lo que significaban las huellas que habían sido grabadas en un área de tanta extensión y con técnicas y significado que era necesario conocer.
Con esa difusión, se inició también un creciente interés turístico que, de muchas maneras podía poner en riesgo no solo algunas figuras, sino la pérdida de elementos de información y fue ella, la que se empeñó como nadie en regular las visitas y evitar lo que ahora puede ser un mal grave, el uso de motos y cuatrimotos por esa área, no obstante es una zona que ha sido declarada como intangible, porque se destruyen sectores de algunas imágenes con lo que se quiebra para siempre la posibilidad de estudiar y conocer más el significado de los elementos que aparecen perfectamente definidos y delineados en esas pampas. Su férrea actitud de defensa de esa riqueza llevó a muchas personas a maltratarla y a desatender sus llamados pues la consideraban una persona excéntrica, pero su tenacidad pudo más que las agresiones y ella vivió para hacernos ver que el respeto a la riqueza cultural es indispensable en un país como el nuestro con tanto aporte y creatividad y luchó hasta el final por hacernos ver que éramos privilegiados como país por tener un patrimonio de tanta variedad y riqueza. Su meta, quizá la más importante, era difundir la maravilla que encierran esas líneas y la urgencia de estudiarlas más y protegerlas aún más.
Fue gracias a su trabajo, en mucho solitario y no comprendido que, finalmente, en 1993, el Perú declaró que el área en que se encuentran esos geoglifos fuera declarada como reserva arqueológica y patrimonio cultural de la Nación. Y el 1994 UNESCO se unió a ese esfuerzo y declaró que esas líneas son Patrimonio Cultural de La Humanidad al ser “el grupo de geoglifos más destacado del mundo e incomparables en extensión, magnitud, cantidad, tamaño y diversidad con cualquier otro trabajo similar forman un singular y magnífico logro artístico de la cultura andina". Los años de trabajo en la pampa, a todo sol y en condiciones de mucha precariedad la llevaron a la ceguera que la obligó a dejar sus caminatas por ese territorio que tan bien conocía y amaba.
Si bien el Perú le reconoció su valía pues se le concedió el título de ciudadana honoraria de Perú y otorgándole la ciudadanía definitiva, así como el haberle dado el reconocimiento más alto en el área de educación al entregarle las Palmas Magisteriales en el grado de Amauta y la Orden El Sol del Perú en el grado de Gran Cruz, creo que tenemos aún una deuda pendiente que solo podrá atenuarse en tanto el país, la nación y los peruanos sepamos, más allá de la valía de su trabajo, contagiarnos profundamente de amor propio y sepamos apreciar y defender el patrimonio cultural heredado de nuestros antepasados.
Maria Reiche vivió en austeridad, silencio y trabajo y se ganó el cariño de muchas personas y pudo contar con el apoyo de su hermana Renate quien la acompañó y atendió hasta el final de sus días. Reiche es una persona de la que podemos decir que tuvo una vida motivada por la voluntad de servicio, por la coherencia y pasión por su trabajo y por el amor con que se dedicó a lo nuestro, de lo que podemos aprender y mucho. Al cerrar sus ojos a los 90 años, su vida había sido plena, profundamente vivida y la suya una existencia con sentido de eternidad.
















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