Miguel Rodriguez Sosa
León XIV, un año de pontificado
Pretende ser un adalid del multiculturalismo y del globalismo
Hace un año el cardenal estadounidense Robert Prevost fue elegido pontífice de la Iglesia Cristiana Católica Romana, como sucesor del argentino Jorge Bergoglio que tuvo el cargo con el nombre de Francisco I. El nuevo papa asumió con el nombre de León XIV y esa característica sugería, en el encuadre de la tradición pontificia, firmeza doctrinal, autoridad intelectual y defensa de la Iglesia frente a crisis políticas o religiosas. El anterior papa con el mismo nombre, León XIII (Vincenzo Gioacchino Pecci), gobernó la Iglesia entre 1878 y 1903, su largo pontificado marcó la transición hacia la modernidad e introdujo la doctrina social católica con la encíclica Rerum Novarum (1891).
Nada marcadamente diferente podía esperarse de León XIV. Sí que conduzca la Iglesia afrontando un ambiente de tensión con disidencias cada vez más manifiestas en temas como abusos sexuales disimulados y protegidos; la reforma que enfrente la deriva de la corrupción en la curia; el papel de la mujer en las jerarquías eclesiásticas; el renacimiento activista de comunidades católicas tradicionalistas en Europa; el crecimiento desbordante de comunidades católicas en Asia y África; el diálogo interreligioso y la que, de manera inevitable, ya es la confrontación con el Islam yihadista crecientemente hostil al cristianismo. Así opiné hace un año en esta columna.
Realmente, cabía esperar que el nuevo pontífice revele su «carisma» pastoral, esa cualidad considerada extraordinaria y atribuida a una persona dotada de condiciones de liderazgo, que ahora es reconocido como el don del discernimiento apostólico en el ejercicio de la fe, en cuanto es organizado por la Iglesia para los servicios y funciones que la comunidad cristiana católica necesita para conducir su vida.
El carisma de León XIV se muestra opaco y débil, a mi parecer entrampado por no abordar la que sea una solución de continuidad para la aporía del cristianismo, expresada en la afamada expresión evangélica «Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César» recogida en los testimonios de Mateo, Marcos y Lucas. La frase establece para la tradición cristiana la diferenciación entre el ámbito del poder religioso y el del poder político; es un aserto que tensiona la relación entre el poder fervoroso y el poder civil, que necesariamente expresa un ejercicio de retórica de la prudencia y en nuestros días configura el tramado de hilos delicados y frágiles que unen ambas esferas en el discurso moral.
Es que, en ningún momento de la historia a partir de cuando emerge el poder político del cristianismo, se ha resuelto desde la Iglesia esa aporía. No aconteció cuando los papas gobernaron los «estados pontificios» (Roma, Lacio, Umbría, Las Marcas y parte de Emilia-Romaña) por casi mil años hasta 1870, ejerciendo el poder político soberano, la administración territorial y la jefatura militar. En ese tiempo el Vicario de Cristo era asimismo soberano político y civil: emisario de Dios y gobernante ejerciendo imperio conforme a la moral religiosa.
Hoy en día, es indisputable que el papa de Roma es tanto el pastor espiritual de los fieles católicos como el jefe del Estado Vaticano (creado en 1929) que a través de la Santa Sede oficia como institución soberana que dirige la Iglesia y mantiene relaciones diplomáticas con otros estados, siendo además observador permanente en la ONU, aunque no es miembro.
León XIV este año 2026 ha acentuado su figuración política revestida de tónica pastoral con su mensaje «por una paz desarmada y desarmante», posición presentada como evangélica y que es una pose de buenismo pacifista desconectado de la realidad mundial que nos muestra el belicismo raigal del Islam como amenaza existencial para el cristianismo. Lo que el papa promueve como «diálogo» de las religiones omite señalar el anti-cristianismo islámico agresivo.
Es muy relevante al respecto la dura actitud pontificia enfilada contra Donald Trump y su silencio tolerante ante el régimen teocrático de Irán, diferencia que ha quedado marcada como disputa ideológica entre el pontífice y la administración estadounidense. El 6 de abril 2026, ante una pregunta de la prensa sobre si creía que Dios apoyaba la actuación de EE.UU. frente a Irán, Trump respondió: «Sí, porque Dios es bueno. Y Dios quiere que la gente esté bien atendida». Una expresión providencialista que fue entendida como que Dios estaría del lado de la causa estadounidense, o que la acción militar contra Irán tendría legitimidad moral religiosa cristiana, como referencia a una «batalla espiritual» enfrentando al islamismo de los ayatolás.
El papa confrontó con una arremetida contra el lenguaje religioso utilizado por los funcionarios estadounidenses para justificar la guerra en Irán. La prensa recogió lo que literalmente León XIV mencionó entonces: «Dios no bendice ningún conflicto», ignorando una añeja tradición católica y papal, y «Quien sea discípulo de Cristo… jamás estará del lado de quienes hoy lanzan bombas». Un episodio conflictivo entre la moral civil revestida de religiosa enarbolada por el presidente de EE.UU. y la moral religiosa con entraña civil enarbolada por el pontífice.
No ha sido el único episodio. El papa aumentó su presencia política en el escenario mundial respecto de Irán, cuyo régimen opresor en ningún momento del actual pontificado ha sido objeto de denuncia o acusación pública desde El Vaticano, mostrando lo que quiere aparecer como talante apaciguador, pero que piadosamente puede ser entendido como carencia de lucidez ante la criminalidad del gobierno de Teherán sobre la población del propio país, sobre todo cuando se pronuncia el 7 de abril antagonizando a Trump que había deslizado, fiel a su estilo provocador, la amenaza de aniquilar la civilización iraní. Replicó el pontífice: «Hoy, como todos sabemos, también se lanzó esta amenaza contra todo el pueblo de Irán, y esto es verdaderamente inaceptable», negándose a entender la retórica estratégica del presidente para ese momento y omitiendo diferenciar al despotismo de los ayatolás de la población iraní que ellos reprimen con crueldad manifiesta.
El papa se ha cerrado en su mirada parcializada e insustancial del conflicto en el oriente medio generado por Irán, no de ahora sino desde hace cinco decenios, desenfocando, por ejemplo, el problema real en Líbano, a donde viajó a finales del 2025 y allí dijo: «Una de las grandes lecciones que Líbano puede enseñar al mundo es mostrar una tierra donde tanto el islam como el cristianismo son respetados, y donde existe la posibilidad de convivir y ser amigos». Lo que es el ocultamiento de la violenta islamización de Líbano, impulsada desde Teherán con su instrumento Hezboláh.
También el papa ha adoptado una visión sesgada acerca de la persecución de cristianos, por musulmanes, en Nigeria y en Sudán. Porque, si bien ha condenado «los asesinatos de sacerdotes, fieles y aldeas cristianas (que) no pueden relativizarse» actuados por terrorismo yihadista como Boko Haram y facciones de ISIS (Estado Islámico), evita en todo momento señalar la existencia de una «guerra religiosa» genocida que es inocultable en esos países.
León XIV este año ha reiterado su llamado a «la comprensión mutua y el respeto hacia los seguidores de otras religiones». Además, respecto de Europa ha manifestado: «…hay muchas veces temores generados por personas que están en contra de la inmigración…» en referencia al masivo arribo de migrantes especialmente musulmanes a tierras europeas. Si bien, aparentemente, su posición es apropiadamente contraria al nacionalismo identitario, ese candor humanista suyo pretende negar que desde el Islam se fomenta la creación de comunidades religiosas crecientemente empoderadas con pretensión de imponer la Sharia, como acontece en Gran Bretaña. Las reacciones de temor en europeos no son sólo miedo cultural o xenofobia sino preocupación por la pérdida de espacios para la preservación de la civilización occidental y cristiana frente a proyectos de islamización que no pueden ser negados, aunque la Roma pontificia sea ciega a ello.
Ante esta situación cabe cuestionar si el papa trata de posicionarse como adalid del multiculturalismo y del globalismo desfallecientes en Europa y a nivel mundial. Sus pronunciamientos con ese rumbo parecen incluso querer sobreponerse a la ONU y a su tinglado institucional decaído. Eso sugiere incorporar en el análisis el escenario potencial de la aparición del pontificado postulándose como un nuevo centro de poder político basado en la influencia, tratando de arbitrar entre los poderes imperiales actuales (EE.UU., Rusia y China), la ruinosa secuela del post-colonialismo europeo y el confuso vínculo norte-sur.
Cualquiera que sea la dirección de la gestión de León XIV es notorio que pone en gran tensión la aporía hasta ahora irresuelta de la relación entre poder terrenal y poder espiritual sin parar mientes en que constantemente actúa con palabra y obra como un líder político.
Es por esto que su carisma es opaco y débil, porque sus mensajes de bienvenida a los migrantes musulmanes en Europa y de minimizar los temores al Islam con recursos retóricos quieren negar el fracaso mayoritario de la integración cultural de esos migrantes, así como omiten el potencial de su voluntad de dominación social. Sus mensajes se desenvuelven sumergidos en la turbidez de un discurso «desde la gracia» etérea, exento de realismo y apegado al globalismo progresista agonizante, y si bien la influencia papal es poderosa sobre más de un billón y medio de creyentes en la fe cristiano católica que existen en el mundo, carece de las herramientas materiales para jugar ese poder en el escenario político del mundo actual donde imperan la razón de la fuerza y los trasiegos de lealtades y de coaliciones geoestratégicas. León XIV carece del sentido estratégico que le permitiría edificar poder efectivo y, en este sentido, dista mucho de ser una versión nueva de Julio II, de Inocencio III o de Juan Pablo II.
Su carisma sin los atributos constitutivos que debiera personificar de manera propia y distintiva la figura del pontífice católico para el mundo de hoy, no alcanza a impulsar el fenómeno socio-político de una cristiandad floreciente.
















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