Miguel Rodriguez Sosa

Habermas y los tantos (dis)cursos de la razón

Postula la democracia como estado ideal del orden social

Habermas y los tantos (dis)cursos de la razón
Miguel Rodriguez Sosa
23 de marzo del 2026

 

Lo fascinante de un gran filósofo como Jürgen Habermas es que su obra de pensamiento no deja una sino varias huellas; no funda una «escuela filosófica» sino que sus ideas –prolíficas, además– abren discursos diferentes; algunos se entrelazan o siquiera se vinculan, otros se contraponen; y todos, nutridos de una versión propia de la «razón suficiente» que interpretan de la acción producida por el mensch.

El concepto de mensch, individuo humano que es sujeto razonante, es capital en la tradición filosófica alemana. Habermas lo resignifica. Apartándose de Kant, en cuya metafísica abstracta es sujeto racional capaz de darse leyes a sí mismo por su condición de autonomía y por su dignidad regida por la ley moral; y también apartándose de Marx, hegeliano materialista que lo erige como sujeto definido por sus relaciones sociales en el mundo material e histórico. Habermas adopta una idea de mensch de estirpe hegeliana, próxima a Feuerbach, quien lo ideó propiamente antropológico, cuya humanidad existe en la relación con otros seres humanos. Cuando Habermas postula un mensch descrito y caracterizado como sujeto comunicativo está saldando una deuda intelectual con el racionalismo historicista de Hegel en la persona de su discípulo Feuerbach.

El mensch habermasiano es el individuo humano capaz de comunicarse mediante el habla con sus semejantes de la especie porque busca entendimiento; es el que practica la acción comunicativa (kommunikatives handeln) porque posee la facultad de argumentar y con ese recurso intenta construir acuerdos racionales que no son instrumentales (estratégicos, orientados a la satisfacción de sus propias y previas intenciones) sino acuerdos para conciliar un espacio de interés común con pretensiones de validez de lo que se alega, es decir, con veracidad, sindéresis, sinceridad y comprensividad.

Esa capacidad de conseguir que los individuos de una sociedad humana coordinen acciones mediante la edificación de un consenso racional que transita en vía de la argumentación es la idea fundamental de Habermas en su Teoría de la acción comunicativa, que desde su aparición pública en 1981 ha generado perspectivas nuevas en los ámbitos de la filosofía, la sociología y la política.

En el campo político esta teoría de Habermas postula la democracia como estado ideal del orden social; una democracia activa y ampliamente participativa que surge y debe ser preservada por la realización permanente del proceso deliberativo público.

Es sobre este postulado que las ideas de Habermas han producido un amplio debate académico enfrentando críticas, algunas muy sólidas, que señalan los límites del racionalismo (con rastros de positivismo y de formalismo) en el pensamiento del filósofo alemán. Es interesante, al respecto, que la producción académica a nivel mundial sea mayormente indiferente al que puede ser el más importante debate acerca de la razón dialógica propuesta como columna vertebral de su acción comunicativa fundante del orden social democrático; el efectuado el año 2004 entre Habermas y Joseph Ratzinger en la Academia Católica de Baviera y que luego se publicó como libro con el título Dialéctica de la secularización. 

Ratzinger enfrenta a Habermas planteando que su teoría del consenso social para el estado democrático construido sobre la base del diálogo acepta presupuestos cuya existencia no puede garantizar, como el de la responsabilidad moral del individuo ciudadano, y porque omite o subestima que la democracia depende de una fuente, la razón moral, que es preexistente a la dialógica social y por tanto a la vida política. En el debate, que es esencialmente sobre la naturaleza espiritual de la modernidad, con Ratzinger la controversia se centra en si la religión tiene «potenciales semánticos», es decir, dotación de reservas de sentido moral que deben ser incluidas en la razón secular que no produce por sí sola todos los valores necesarios para regir la vida social. Ratzinger apunta que la razón debe estar abierta a la trascendencia moral que es esencialmente religiosa. Habermas desde su laicicismo responde proponiendo que, efectivamente, la religión puede aportar recursos morales a la esfera pública y por ende a la vida política, contribuyendo a forjar en vía del diálogo la coordinación de los actores sociales por entendimiento de los argumentos del otro.

Hay dos cuestiones que quedan pendientes de abordar en ese debate. Una, la de cómo funcionan los valores morales aportados por la religión a la razón dialógica en sociedades donde coexiste la pluralidad de religiones, lo que lleva a considerar en el momento presente las posibilidades –sin duda muy escuetas– de convivencia entre el cristianismo y el islamismo chiíta, por ejemplo. Otra, la de los espacios sociales pertinentes para la celebración de la acción comunicativa, del diálogo para obtener consenso.

Aquí ingresa otra dimensión de las críticas a Habermas desde posturas disidentes de la modernidad racionalista, que en buena cuenta objetan la existencia histórica de esos espacios sociales para el diálogo por el consenso. Es el caso de Pierre Bourdieu, quien sostiene que el consenso no es resultante de una previa igualdad de los actores en la argumentación, porque esos actores tienen una desigual capacidad de participar en el diálogo, siempre condicionado por relaciones de poder –que son asimétricas– donde predomina lo que llama el «capital cultural» del interlocutor más ilustrado. También es el caso de Michel Foucault planteando que el diálogo argumentativo existe como parte de un dispositivo de poder que ha erigido un régimen de vigilancia disciplinaria y define, por sí y para todos los integrantes de la sociedad, qué se debe aceptar como verdad, sindéresis, y sinceridad; y que la democracia es esencialmente una fantasía generada desde el poder de quienes (gobernantes, tecnócratas) definen lo que debe ser aceptado como «el discurso legítimo».

Lo que se cuestiona desde estas críticas es que Habermas erige en la vida política al sujeto de la acción comunicativa como una entidad que puede sobreponerse, en la toma de decisiones sobre los asuntos públicos, a las estructuras de poder preexistentes y en las que está inmerso. Bourdieu y Foucault revelan las fracturas de esa tesis ante la realidad innegable de los flujos de influencia o de coerción desde el poder sobre los individuos de la sociedad. Por su parte, Niklas Luhmann ha criticado a Habermas mencionando que en una sociedad real el consenso no existe porque cada subsistema social (económico, político, etc.) opera conforme a un código propio que no es compartido necesariamente por otro subsistema, por lo cual la sociedad no funciona por resultado de la deliberación y el consenso sino porque cada uno de sus subsistemas aporta una diferenciación funcional que, precisamente, la hacen y la mantienen posible. Posteriormente, hay autores (Larry Bartels et.al.) argumentando que el ciudadano informado y deliberante actor del consenso, ideado por Habermas, es una elite marginal en las sociedades actuales.

Ninguna de esas críticas afecta destructivamente la teoría habermasiana de la acción comunicativa aplicada al ámbito político. Más bien, los críticos, al señalar lo que consideran sus elusiones en el registro histórico de la modernidad abren nuevas perspectivas de análisis que enriquecen su desarrollo. Específicamente aparece el desafío de discutir la naturaleza de los espacios sociales pertinentes para la celebración de la acción comunicativa en pro de la deliberación y el consenso. Habrá que considerar si la acción dialógica puede ser una garantía de ciudadanía y cómo eso se relaciona con el principio de representación política que está a la base de la idea de República. La argumentación en un ambiente de masas suele ser infecunda y hasta es peligrosa. No olvidemos que es la masa la que, reiteradamente, ha conducido la filosofía a su muerte, desde que ocurriera con Sócrates obligado por la Polis a envenenarse.

Pero hay ahora quienes, siendo nada menos que profesores universitarios de filosofía, afirman muy sueltos de huesos que Habermas desarrolló una teoría radical y participativa de la democracia en la cual todos los afectados por las decisiones deben tener el derecho a participar en la discusión y en última instancia en la decisión, sustrayendo valor a la vigencia del principio de representación (que implica la delegación parcial de la soberanía individual), alegando que la participación política no se agota en votar a  representantes cada tantos años y que una democracia verdaderamente legítima necesita de una ciudadanía activa, informada y con capacidad de esgrimir argumentos en una «esfera pública no institucional» de movimientos y organizaciones sociales.

Van así las ideas de Habermas enarboladas a guisa de enseña de una «política que se hace en las calles» (o en tertulias de cafés, en el streaming o en las redes sociales). La idea es, pues, la del abandono del principio de representación, que no sólo es un imposible en este momento de la historia de las sociedades hiper-informadas, que lo son hasta el agobio, como si en ese ambiente las pláticas presuntamente decisionales de cualesquiera pudiesen reclamar relevancia política. Porque cabe señalar la cuestión: ¿Cuál es ese sujeto actor «en las calles» diferente de la entidad atomizada en la búsqueda de satisfacción de sus propios intereses que Ortega y Gasset denominó «masa», diametralmente lo contrario de ciudadanía?

Naturalmente, ese sujeto actor callejero no existe; es una presencia embozada de activismos con capacidades gregarias propias de los enjambres que se han apropiado del nombre de la sociedad civil y es realmente expresiva de una red de oenegés y los llamados colectivos que hacen de la influencia coercitiva –cultura de la cancelación– un sustituto de la representación ciudadana tras haber abandonado a su ruina el sistema de los partidos políticos. La sustitución de la deliberación razonante por el clamor vocinglero de multitudes es, propiamente, una traición a las ideas de Jürgen Habermas operada por quienes se presentan como sus exégetas. Definitivamente, la reluciente lumbre del gran filósofo produce distintos discursos, algunos desdeñables.

Miguel Rodriguez Sosa
23 de marzo del 2026

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