Eduardo Zapata
Y me fui al desfile escolar
Niños y jóvenes escolares marchando y bailando

Era 28 de julio y estaba en casa. Como analista tenía ante mí la opción de seguir un discurso presidencial; previsiblemente irrelevante para alcanzar significación y generar confianza. Entonces la opción por asistir al desfile escolar distrital resultó ganadora.
Desde el 2020 y por razones de pandemia y encierro, no había habido desfile. Era entonces una buena ocasión para leer signos y conductas en la calle y en torno a una celebración patria. Y es que contrariamente a las denuncias que algunos hacen sobre estos desfiles (¡Están militarizando a los jóvenes!, se dice) siempre me ha interesado ver cuánto y cómo estos desfiles constituyen para jóvenes y niños ocasiones de inclusión, pertenencia e identidad. En los tiempos políticos que corre el Perú valía la pena seguir esta pista.
Y bueno, la experiencia de horas valió la pena. No solo eran niños y jóvenes escolares marchando con mucha seriedad, sino que el desfile comprendía bailes y coreografías de distinta naturaleza. Danzas andinas y costeñas, pero también bailes de canciones de fuera. Niños con disfraces de Húsares de Junín, José Olaya, San Martín y de rangers de nuestro actual ejército junto al hombre araña, sioux y comanches y –por allí cómo no por la moda– hasta unas niñitas Barbies.
Eran decenas de escuelas. Desde nidos hasta colegios con primaria y secundaria completas. Eran alumnos con sus profesores de aula y sus instructores pero acompañados por casi todo el cuerpo docente. Y al frente, con orgullo siempre, las y los directores. Todos impecablemente vestidos, todos sonrientes, todos solidarios. Todos incluidos, pertenecientes y orgullosos de su identidad.
Esta vez las bandas de música sonaban más convencidas aún. Y es que muchas –gracias a actividades propiciadas por profesores, padres de familia y los alumnos– habían contratado a dos o tres profesionales adultos para asegurar el sonido de tubas y trompetas. Todo este ensamble de instrumentos iba a saber entonar también -y aparte de lo marcial- música vernacular, marineras, cumbias y más.
Todo se desarrollaba en una plaza principal y a lo largo de un malecón extenso. Y así como el desfile se había desbordado hasta convertirse en un caleidoscopio cultural, era visible la presencia de padres y madres de familia que corrían presurosos a ver a sus hijos en el desfile. La disciplina del acto ya había propiciado que la gente llegase a tiempo, pero aun los retrasados caminaban en orden y sin romper protocolos y disposiciones.
Solo hubo banderas rojas y blancas. Ninguna –ni la de la escuela más humilde– siquiera descolorida; menos por supuesto maltratada por arrugas o por inscripciones. Portar esas banderas parecía ser a la vez afirmación y reclamo de verlas flamear por encima de vicisitudes.
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