Arturo Valverde
Una bofetada poética
La disciplina escolar de hace algunas décadas
E. H., además de un dedicado profesor y apasionado poeta, era dueño de un certero derechazo capaz de voltearle la cara a cualquiera, vamos a decirlo del modo más claro posible, que lo sacara de quicio.
Recuerdo que una mañana, en que el maestro impartía la clase de Historia del Perú, la geografía era otro de los cursos a su cargo, descendió del pequeño altillo diseñado para vigilar a los estudiantes, luego con sus manos detrás de su espalda caminó entre las carpetas, desfilando su encorvada figura de fila en fila.
Supongo que su expresión, de ojos entrecerrados y finos labios, no se me ocurre otra explicación, se debía al estado de trance con la historia. E. H., de cabello entrecano y crespo, bien peinado, inclinaba por ratos la cabeza hacia adelante para acomodarse sus gafas de gruesa pasta y volvía a la Emancipación del siglo XIX.
En un aula de cuarenta varones, que olían a catorce años, no faltó el imberbe y díscolo que vio la perfecta ocasión para burlarse de él. Así, en el momento en que E. H. le ofrecía la espalda, el granujiento se alzaba de su asiento para hacerle muecas con las manos y mostrarle la lengua.
La escena se repitió dos o tres veces, sin que el granujiento advirtiera que un poeta es susceptible a lo mínimo que le rodea. E. H., que había alcanzado a verle por el rabillo de un ojo, pasó por su lado solo que ahora estaba determinado a ponerle su estate quieto. Cuando el granujiento volvió a mofarse a sus espaldas, el otro giró y le estampó una bofetada en el rostro. «¡Con que usted cree que puede burlarse de su profesor, eh!», dijo, con ese tono agudo, que dolía escuchar, porque era como un quebranto. Y mandó a todos quedarse después de la salida.
Horas más tarde, cuando debíamos haber vuelto a nuestras casas, seguimos sentados en los pupitres. El granujiento se disculpó. Hubo un fuerte apretón de manos. Nunca volvió a ofenderlo, ni nadie más quiso imitarlo. Y, dicho de paso, nadie reclamó, ni hubo padre que amenazara al maestro. Para muchos de los presentes, aun después de muchos años, fue un acto poético y educativo. ¡Salve, poeta!
















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